Son los primeros días de calor en Madrid los que reciben a la joven escritora Tamara Silva Bernaschina (Minas, Uruguay, 2000). Ella, a su vez, me recibe junto a sus editores en una de las casas más antiguas de Madrid, un piso encantador de techos altos y baldosas hidráulicas, con café, magdalenas y dátiles. Hace pocas semanas, su editor me envió un mail irresistible, con el convencimiento de quien está viendo y leyendo antes que el resto algo que está llamado a ser importante, y yo apoyo su opinión, creo en su sabiduría y deseo que así sea. Tamara es ya una de las voces más frescas y prometedoras de la literatura latinoamericana. Su primer libro de cuentos, Desastres naturales (Estuario editora, 2023), no solo la catapultó a la escena literaria sino que también le valió dos prestigiosos Premios Bartolomé Hidalgo (en las categorías de Narrativa y Revelación), además del Premio Nacional de Literatura en 2024 en la categoría Ópera Prima. A este éxito se suma Temporada de ballenas (Estuario editora, 2024), su novela, que recibió una mención de honor en el reconocido concurso literario Juan Carlos Onetti.
Ahora, con Larvas (Páginas de Espuma, 2025), Bernaschina nos invita a una danza entre lo real y lo fantástico, entre el espanto y la belleza de lo sutil, adentrándonos en un universo donde los cuerpos se transforman y las realidades se resquebrajan. En esta conversación, Tamara nos desvela los hilos invisibles que tejen sus historias, la potencia de los márgenes y la libertad de una voz que sabe que el entusiasmo es el verdadero motor de la creación. Un viaje íntimo que nos acerca a la mente de una de las autoras más interesantes de la literatura actual, una joven promesa que, desde Montevideo, donde actualmente reside, sigue construyendo su propio y fascinante camino literario.
¿Qué fue primero, la larva o el espanto? ¿De dónde nacen tus cuentos? ¿De una imagen, del miedo, de una frase…?
Me gusta la pregunta. Yo creo que primero está la larva, pensándola como un cuerpo, como primero está el cuerpo y la materia y después está lo que ese cuerpo y esa materia generan. Lo que había antes de los cuentos eran las personas, la yegua, los piojos… había algo como ese universo armándose. Y yo creo que se armó desde lugares muy, muy chiquitos, como de apariciones casi, y de imágenes que iban surgiendo de a poco. Este libro tuvo un proceso creativo muy distinto al de mi libro de cuentos anterior, porque acá terminaba un cuento y ya tenía en la cabeza en la cabeza el siguiente; entonces quedaron como una suerte de encabalgamiento medio poético entre uno y otro. Creo que por eso están tan vinculados y forman una unidad que a mí me cuesta a veces pensar por separado. Entonces, creo que primero vino la larva, pero muy rápido vino también el espanto, o el espanto se empezó también a gestar con las larvas.
Tendemos a pensar que los cuentos son una sucesión de historias independientes, pero esta recopilación forma parte de un concepto más grande, como cuando los discos eran conceptos, y era importante que cada canción estuviese detrás de la otra, y no vendiéndose solo como singles.
Yo sentía que era como esos libros infantiles que están impresos en acetato y se van poniendo una página sobre la otra, y se va generando un nuevo significado. Así me lo imaginaba. Y el último cuento está ahí porque yo quería que todos los anteriores fuesen una especie de antesala y que fuese un lugar de reunión para los personajes, los animales… todo lo que había aparecido antes.
Los personajes de tus historias se mueven en realidades que se están resquebrajando por dentro, como si hubiera una grieta constante en la realidad. ¿Qué lugar ocupa lo fantástico en tu escritura? ¿Cómo miras al mundo?
Lo fantástico es el mejor lugar para mirar al mundo. Puede ser justo lo que es menos mimético y lo que menos se parece a nuestra realidad, pero a la vez refleja reacciones o cosas que nos hacen estar más ahí que en cualquier otro sitio. Para mí, lo fantástico, en lugar de alejarme, me acerca mucho más como lectora, siempre. Yo quería que pasara eso también acá, que en estas irrupciones, en estas grietas que vos mencionás —me gusta eso de grietas porque siento que todo está bien hasta que de repente algo muy chiquito empieza a estar mal—, eso es como una piedra en un vidrio que de repente se va abriendo en muchas direcciones con ese sonido, además.
¿Cómo piensas el cuerpo cuando escribes? ¿Como una presencia que se impone, como un territorio que tienes que desentrañar?
A mí los cuerpos en este libro se me aparecían como una cosa muy fluida, muy permeable y muy en fuga, también. Hay en los cuerpos grietas y cosas que están comenzando a pasar y dejando de pasar. Existe una materialidad que se mete en un cuerpo y sale de otro, como que están atravesados por una cosa que no es tangible. Me parece que sucede más bien en el plano de lo sutil, pero sí que hay algo que los atraviesa a todos, como si fuese una flecha que los mata a todos y los deja colgados de la misma manera, pero sin matarlos y sin dejarlos colgados. Tal vez una imagen más amable sea una aguja y un hilo, cosiéndolos a todos juntos, pero muy flojito. No es un hilo tenso que los deja en el mismo lugar ni en la misma línea, pero sí que los conecta de alguna forma y también los hiere un poquito. Me parece que los cuerpos de este libro, los personajes, los animales y todo lo que está vivo está conectado, pero porque está abierto de alguna manera. Entonces, permite que las cosas entren y que las cosas también salgan.
Ya has publicado en varios países latinoamericanos. Ahora llegas a España y publicas con Páginas de Espuma, que es una editorial referente en cuento y relato. ¿Cómo vives esta proyección?
Había publicado en Uruguay un libro de cuentos y una novela, y el primer libro de cuentos en México con una editorial que se llama Paraíso Perdido. Y que haya aparecido con Páginas de Espuma ahora es como increíble.
Este libro también traía desde antes esta sensación de “es una muestra”. A mí me pasa que me encuentro con autores que no he leído nunca y ese libro con el que me encuentro es su chance de estar en mi biblioteca para siempre o no. Suena muy contundente, pero a veces es así. Me acerco a un libro y, si no me gusta, no me vuelvo a acercar a ese autor o autora, y si me encanta, quiero seguir. Entonces, yo tenía mucho interés en que los textos funcionaran y que fuesen fieles a lo que me gusta contar y a la manera en la que me gusta contar. Estoy muy ilusionada.
Hablas mucho de infancia, de familia, de márgenes. De márgenes emocionales, incluso geográficos o simbólicos. ¿Qué te interesa de los márgenes?
Antes, cuando hablaba del cuerpo, yo creo que los límites del cuerpo también son una suerte de margen, o estos cuerpos están insertos en un margen. Y en los márgenes y en lo que podemos pensar como fronteras o límites también hay fugas. Es cierto que aparecen muchos niños y muchos adolescentes, y las infancias a mí me cuesta pensarlas en otro lugar que no sea el margen. También los adolescentes, quizás en un margen más cercano, pero sobre todo la infancia está como en un lugar de incomprensión total. A veces no, pero popularmente sí. Esas voces a mí me interesan mucho, también una perspectiva más animal o más vegetal que también está en ese margen. Hay algo que, si lo viviera como en un mapa de papel, sería, no como mirar desde adentro hacia afuera, sino desde afuera hacia adentro. Creo que ahí está la atención puesta en ese cambiar la mirada de sitio.
¿Qué diferencias encuentras entre escribir relato y novela?
A veces se habla del relato como la forma más complicada o al revés de la novela. A mí no me parece complicada ninguna de las dos. Me pasa que cuando un texto me cuesta muchísimo, no solo arrancarlo, sino continuarlo, siento que hay algo con ese texto que no funciona, sea un cuento o sea una novela. Yo termino cuando algo me gusta, me entusiasma y estoy ahí con el texto. Me cuesta pensar en esto del sufrimiento y del esfuerzo; hay algo que fluye mucho y que yo me doy cuenta de que no pasa con otros textos. Para mí, escribir una novela que me entusiasma muchísimo y un relato que me entusiasma muchísimo es indiferente. Aunque sí es cierto que la novela lleva una concentración y un tiempo extra que a veces no tienes. Incluso la novela que publiqué es una novela fragmentaria; no tiene una continuidad así muy de capítulos, por pensarlo de una manera. Pero a mí me parece que están más o menos en el territorio del entusiasmo las dos formas.
¿Qué conversaciones, qué lecturas, qué música o qué imágenes te han acompañado en la escritura de Larvas?
Hay una que es muy evidente porque está en el epígrafe del comienzo, que es Dillom, un artista argentino, y su álbum Por cesárea, que reescuché en mi primer avión yendo a México. Era mi primer avión de la vida y solo me había descargado eso, pero no me había dado cuenta de que mis canciones de Spotify no se habían descargado. Entonces, ahí me entré en un universo de oscuridad tremenda que me encantó y terminó por contaminar parte del libro. Me cuesta mucho —creo que por estar escribiendo desde Uruguay— salir de los paisajes de Lucrecia Martel. Me encantan sus películas y siempre hay algo que termina por vincularse. Hay una película que miré y me quedó como «yo sé que esto va a influenciar muchas cosas»; sentí una conmoción profunda y yo sé que eso, después, va a terminar en algún lugar. Es una película que se llama Lamb, de Valdimar Johannsson.
También había mucho de música y de otras lecturas cercanas, pero a veces me cuesta identificarlas porque, cuando estoy escribiendo, no estoy leyendo ni estoy mirando muchas cosas. Mientras escribía este libro, por ejemplo, miré una telenovela que nada tiene que ver con la escritura; es una novela argentina que yo miraba de adolescente y que volví a mirar con mi hermana como algo nuestro y de chiste, pero que al final ha terminado apareciendo en el libro. Hay mucho del ambiente que, capaz que yo no me doy cuenta, pero que termina en el texto de alguna manera.
¿Tienes algún ritual a la hora de escribir?
Este libro lo escribí tirada en el sillón en la peor posición de espalda posible, con la computadora en la falda. Era invierno, así que no me molestaba mucho que se sobrecalentara y que empezara a sonar como avión que está despegando. Hay algo que me gusta mucho, que es tener el tiempo para escribir de noche y después poder dormir en la mañana. Escribir hasta muy tarde y, más tarde, poder levantarme y recuperarlo. Hay algo que tiene la noche que yo creo que es la quietud de la ciudad. Yo vivo en Montevideo y en una calle muy transitada, entonces de noche, si bien hay ruidos, hay menos. Y me gusta escribir con música también, hay algo de la elección de la música y del momento de la noche que me hace muy bien.

Larvas es un salto hacia lo insólito donde todo parece ser lo que no es: animales de compañía se convierten en testigos y en verdugos, voces de aparecidos lo inundan todo, larvas surgen de lo más íntimo de nuestro cuerpo. Las historias de Tamara Silva Bernaschina son una deriva al territorio de lo inusual, porque quizá es ahí precisamente donde nuestra realidad tiene su explicación y sus últimas consecuencias. La voz más novedosa de la literatura uruguaya actual, que empieza a ser reconocida en todo el continente, es dueña de una escritura vibrante y de un universo lleno de claroscuros que nacen con el deseo. Cualquier tipo de deseo.






