JEAN BAPTISTE DEL AMO Y LOS MÁRGENES DEL MIEDO

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No hace falta que un libro sea cómodo para ser necesario. A veces, precisamente, ocurre lo contrario. Jean-Baptiste del Amo (Toulouse, 1981) ha construido una obra que se adentra en esas zonas donde la normalidad se resquebraja y deja ver lo que sostiene —o lo que falla— por debajo. Es el autor de novelas como Pornografía, La sal, Una educación libertina (novela con la que ganó el Premio Goncourt a la Primera Novela), Animalia (finalista del Premio Goncourt, el Premio Femina, el Premio Médicis y el Premio Wepler) y El hijo del hombre (Seix Barral, 2022), con la que ganó el Premio Fnac y fue finalista del Premio Femina. En La noche devastada (Seix Barral, 2026), su última novela, su mirada incisiva  y la densidad sensorial de su escritura se desplazan hacia un escenario en apariencia anodino: un barrio residencial de las afueras. Allí, entre casas casi idénticas y familias que responden a un mismo modelo, se despliega una historia de adolescencia marcada por la vulnerabilidad, el deseo y la sensación de un futuro ya escrito. Pero esa superficie pronto empieza a agrietarse. Lo cotidiano se enrarece, la amenaza se filtra y el espacio doméstico —una casa abandonada que es casi un organismo con vida propia— se convierte en el epicentro de una inquietud que crece.

La noche devastada recoge y reinterpreta códigos del terror y de la ciencia ficción —el cine de serie B, la casa encantada, la figura del monstruo— para hablar de algo más cercano: los miedos que atraviesan la construcción de la identidad, la herencia emocional que se transmite sin palabras y los límites de lo que creemos posible para nosotros mismos. En esta conversación, el autor francés habla de los márgenes que sostienen su novela: el barrio residencial, la violencia latente de la casa y esa juventud noventera que ya intuía el reparto de cartas del futuro.

La noche devastada no es un libro complaciente; en muchos sentidos, es terrorífico. Me ha costado mucho leerlo, me ha resultado duro. No es solo una historia de terror, sino una historia de márgenes. La elección de un barrio residencial, por ejemplo, es un margen, al igual que la adolescencia o la ciencia ficción. 

Como lector, me han tocado especialmente los libros que me han hecho sentir cosas incómodas. Para mí, un libro tiene que confrontarme, enfrentarme a algo; tiene que desplazar mi mirada, hacerme dudar de mis certezas. Siempre he buscado libros que fueran experiencias de vértigo. Así que me alegra que una lectora me diga que la lectura del libro ha sido una prueba.

Hablando del territorio, creo que el barrio de las afueras está muy poco representado en la literatura francesa. Durante mucho tiempo, la literatura francesa ha sido una práctica elitista, escrita por intelectuales y polarizada entre las grandes ciudades —especialmente París— y, por otro lado,  en los pueblos profundos, en el campo —una literatura que celebra la tierra y la naturaleza—. Pero las zonas residenciales de provincia se han considerado desde hace mucho tiempo territorios donde las historias no suceden. Yo he crecido en uno de esos territorios. Ha conformado en cierta medida mi imaginario y mi sensibilidad. Cuando era adolescente, apenas encontraba representación de esos lugares más allá del cine estadounidense y, en particular, del cine de terror. Los guionistas y directores estadounidenses comprendieron muy pronto que los suburbios eran un territorio muy interesante sobre el que proyectar los miedos de la sociedad y denunciar el American way of life. En el cine de terror encontré representaciones de ese territorio que yo había habitado y también de los miedos que atravesaron mi adolescencia. Mi primer deseo fue representar en literatura el barrio de las afueras.

 

Una fuerza ominosa obró en secreto, sin que fuera posible precisar el origen —puede que existiera desde tiempos inmemoriales, como esos manantiales profundos que a veces surgen de entrañas freáticas, de limos primordiales—, un veneno lento inoculado a las calles, avenidas, callejones y urbanizaciones, una de esas enfermedades silenciosas que te roen por dentro mucho antes de que notes los primeros síntomas y ya sea demasiado tarde, algo que se afanaba en destruir lo que habían construido a costa de innumerables sacrificios, las casas que habían levantado de la nada pero también las familias que habían concebido allí.

Es un barrio que, además, no es solo un barrio: bajo él se desliza como una especie de maldición. Eso empieza a notarse muy pronto. Ese párrafo del “veneno lento inoculado a las calles” fue el primer escalofrío que tuve, o uno de los primeros. Creo que ahí está la clave de todo lo que recorre el libro.

Sí, porque estas zonas periurbanas se construyeron en los años setenta con un ideal de vida en común. Hablamos de casas casi idénticas, destinadas a acoger familias modelo: parejas heterosexuales con dos hijos, un perro y un coche, como encarnación del acceso a la propiedad. La generación de mis padres fue, quizá, la primera en la historia familiar que pudo comprar una casa, construir su propia casa. Eso daba una sensación de logro social. Pero en esos territorios también había una cierta uniformización de la población,porque estaban pensados para una parte muy concreta de la sociedad: familias blancas, con poca presencia de inmigración, con un nivel económico bastante homogéneo, coexistiendo y criando a sus hijos en el mismo espacio. Muy pronto, sin embargo, otra realidad se desvela, y normalmente lo hace a través de dramas familiares, de la manera en que esos territorios compartidos se van dividiendo en pequeñas parcelas extremadamente protegidas de la mirada de los otros. Yo sentí que, desde un punto de vista literario y narrativo, había algo muy potente que decir sobre esos territorios.

¿Y qué te atrajo sobre la adolescencia como territorio narrativo? En esta novela dibujas a varios adolescentes muy desprotegidos y poco idealizados. Son personas muy vulnerables, aunque su entorno pueda presumir de protector.

La literatura siempre ha contado historias de adolescentes, historias de ese paso a la edad adulta, lo que se llama coming of age. La literatura estadounidense está llena de esos libros. Lo que me parece menos representado en la literatura francesa es la adolescencia de los años noventa, especialmente en las provincias. Yo viví esa adolescencia y sabía muy íntimamente lo que habíamos atravesado: la melancolía, el anhelo y la languidez propios de los años noventa; la incomunicación con la generación de nuestros padres; la dificultad para soñar con otras cosas. Hay que recordar que en Francia, en los años setenta, la generación de mis padres vivió una gran revolución social, una apertura enorme de mentalidad. Después, ellos quedaron atrapados por la banalidad de la vida y por los factores económicos, y entraron en una especie de normalidad. Tengo la sensación de que ellos tuvieron derecho a soñar, pero que nuestra generación no tenía esa posibilidad, porque estábamos destinados a reproducir la vida que nuestros padres habían tenido. Cuando creces en una clase media, no puedes aspirar a hacer otras cosas ni a ejercer otro tipo de trabajo. Para nosotros, el futuro era como si ya estuviera decidido. Quería hablar de eso a través de este libro, de forma íntima, porque yo no soy ensayista. Quería hablar de deseos y de miedos que atravesaron la historia de mi generación.

A veces, cuando haces una entrevista, sucede que hay preguntas que se responden antes de ser formuladas. Quería saber si para esos adolescentes ya estaba escrito todo; si, en esos lugares, con esa herencia y con esos padres, había margen para ellos, pero creo que ya me has respondido.

Me gustaría añadir algo: éramos niños capaces de soñar. Queríamos ser periodistas, reporteros, actores de cine. Soñábamos con devorar el mundo, pero sabíamos que la realidad nos iba a atrapar de nuevo y que acabaríamos siendo obreros, trabajadores como nuestros padres, secretarias, empleados de supermercado. Y luego, a través del instituto, era el momento de rehacer la elección de lo que queríamos ser; ahí nos golpeábamos contra un muro y estábamos destinados a repetir la historia.

La casa encantada es un personaje más. Al hilo de lo que decías sobre los sueños y los anhelos, en lo que sucede en esa casa surge la pregunta que recorre la historia: hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir determinadas cosas, nuestros deseos, nuestros anhelos, y cómo, a veces, parece que ya no hay marcha atrás.

El motivo de la casa encantada está en la literatura desde el inicio de los tiempos. Muchas veces ha sido un castillo, una casa exótica; más recientemente, después de la modernidad, han aparecido espacios de ficción como los hospitales psiquiátricos. Cuando decidí escribir esta novela, elegí como contrapunto una casa normal, corriente, y tuve que reflexionar sobre cómo revisitar los códigos de la mitología de la casa encantada. Me gustó mucho la idea de que, desde el principio, esa casa fuese un personaje en sí: un espacio orgánico que se nutre, como un organismo biológico, de los miedos y los sueños de los personajes. Quería que esa realidad alternativa en la que uno penetra fuera como un espejo en el que se proyectan los miedos y los deseos. También fue una manera de dar una significación al aspecto terrorífico de la novela. Respeto totalmente las películas o libros de terror que solo quieren asustar; a mí me gusta también el lado generoso que puede tener ese cine. Pero las obras que más me han marcado suelen ser las que dicen algo de nuestra humanidad, de nuestros deseos, de nuestra adolescencia. Eso es lo que me interesaba en La noche devastada: que el terror pudiera ser una metáfora de algo más profundo.

Entremos en el otro margen: el cine de terror, las películas de serie B. ¿Cuál es tu relación con este tipo de cine?

Desde muy pronto me fascinó el terror. Primero, porque había algo prohibido: yo no tenía derecho a ver esas películas ni a leer esos libros. Y enfrentarse a lo prohibido, cruzarlo, para un adolescente es también una experiencia de libertad, una forma de decir: sí, tengo derecho a entrar en eso, tengo derecho a no respetar el orden impuesto. Quería acceder a una literatura y a un cine que me estaban vedados. Creo que para mí fue una forma de ejercer mi libre albedrío y también de desafiar la autoridad de mis padres. Muy pronto tuve la sensación de que en ese cine encontré formas que encarnaban los miedos que me atravesaban cuando era niño. Yo soy homosexual, he crecido en la provincia en los años noventa, y me construí en el secreto, en las mentiras, en el miedo a ser rechazado por mis propios padres. Crecí con una sensación de monstruosidad; así era como el mundo mostraba mi diferencia, porque no vivía en una ciudad y no tenía acceso a modelos positivos de identificación. Crecí con la sensación de mi propia extrañeza. En el cine de género encontré, al mismo tiempo, una representación de mis propios miedos y un imaginario de contracultura: un espacio de libertad donde todo podía decirse, todo podía representarse, incluso a contracorriente de la norma estética, social, intelectual y cultural. Para mí, era un espacio de libertad imaginaria.

¿Cómo escribes? ¿Tienes algún ritual?

Cambia de un libro a otro. Muchas veces he sentido que el proyecto, la relación con el texto, define la manera en que debo adaptarme físicamente para escribirlo. Algunos libros me piden mucha investigación; por ejemplo, Reino Animal es un texto que me exige investigar antes de empezar. Con La noche devastada me di cuenta enseguida de que ese libro lo llevaba dentro desde hacía muchísimo tiempo. Conocía los códigos narrativos, conocía la materia imaginativa y la escritura se deslizó casi de mí. Fue algo muy entusiasta, muy alegre. También es un libro en el que hay mucho humor. Yo mismo me he reído al escribirlo, porque era consciente de lo grotesco de algunas escenas y del humor negro de otras. Por ejemplo, los gemelos Cazala me hacían tirarme por el suelo de risa, porque son personajes que conocí de adolescente; revisito con mi mirada adulta cosas que he vivido, sentido y percibido. Es un libro de terror escrito con una alegría inmensa. Hoy me consagro básicamente a la escritura y tengo la suerte enorme de poder vivir de ella.

La única regla que me impongo es intentar trabajar con la mayor regularidad posible, porque si me interrumpo, pierdo una conexión muy física con el texto. Necesito mantener ese vínculo de pensar en el libro, de soñar con el libro. Por eso explico en La noche devastada que este libro se ha escrito también mientras dormía: en ese momento justo antes de quedarme dormido, cuando siento que el libro impregna ese punto del inconsciente, sé que ahí hay algo. Es una relación muy frágil, que puede dañarse muy rápido, así que intento ser muy regular. Vivo en el campo la mayor parte del tiempo, rodeado de mis perros y de mis animales, y tengo pocas distracciones. Trabajo por las mañanas durante muchas horas. No idealizo ni santifico el momento de escribir: escribo normalmente en la cocina, en la mesa, rodeado de mis perros, que salen y entran, a los que acaricio, que quieren comer. Estoy rodeado de una vida muy familiar, muy animal. Por las tardes hago deporte; es el momento en que descomprimo, me libero, el cuerpo importa más que el intelecto, puedo estirar la espalda y las cervicales, pensar en otras cosas y tener una especie de intento de vida social, porque me cruzo con otros seres humanos. Ese es, más o menos, mi único ritual de escritura. Y leer: es indispensable en la vida de cualquier escritor.

 

 

En el extrarradio de Saint-Auch, a las afueras de Toulouse, un grupo de adolescentes despierta poco a poco a la vida adulta: son los años noventa y pasan el tiempo deambulando en moto, escuchando a Nirvana y viendo cine de terror. Alex, Mehdi, Max, Thomas y Lena se enfrentan al deseo, a la injusticia social y al extraño poder de atracción que ejerce sobre ellos la inquietante casa abandonada del pueblo, sin saber que al traspasar su puerta los acabará envolviendo en una pesadilla interminable.

Con todas las señas de identidad de uno de los autores más celebrados de Francia, La noche devastada es una audaz novela con ecos de Stephen King, Lovecraft o David Cronenberg que esconde un homenaje impecable al género del terror y resulta una lectura tan compulsiva como estremecedora, revestida de una asombrosa inventiva visual, que explora los sueños y desilusiones de una época y evoca sus demonios.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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