Natalia Castro Picón, ganadora del Premio Anagrama de Ensayo con La fiesta del fin del mundo, muestra el carácter revolucionario de la imaginación como motor de cambio tras las crisis vividas en España entre 2008 y 2023.
Una poética subversiva, una provocación a la escucha, a la imaginación, a poner en práctica el revolucionario sentido común. Una narración sobre hechos que hemos atravesado en la última década y que nos han dejado con la sensación de que el apocalipsis de las películas está cerca. Mucha ironía, pero sobre todo una pregunta al aire, una invitación al cuestionamiento y a la movilización intelectual, cultural y sobre todo de base.
Castro Picón analiza de una manera concienzuda las últimas crisis (ambientales, políticas y económicas) y te sumerge para ello en un ambiente festivo. La autora explica las causas y efectos detalladamente a través de películas, libros, memes y tuits, en un lenguaje tan evocador y cercano que se asemeja a estar sentada con ella escuchándola con una cerveza en la mano en una plaza. Y esto, a juicio de la escritora, sería un acto ya de desobediencia y de apropiación porque, según Natalia, las plazas se han convertido en «descampados en los que los ciudadanos no podemos solo esquivar a otros consumidores». «A nadie se le ocurre ponerse jugar a la pelota en la plaza de Sol. La mera disposición de la plaza con su policía, sin árboles ni bancos es disuasoria emocionalmente para habitarlas».
Lugares y no lugares
A estos lugares, las nuevas plazas de cemento a las que el monstruo del capitalismo y sus títeres les han sacado los árboles y negocios de toda la vida, Natalia las denomina no-lugar o, lo que es lo mismo, un lugar imposible. Este concepto es una de las acepciones de la utopía, nos explica la autora, mientras que otra acepción podría ser un buen lugar. Aquí, dice, la crítica no se pone de acuerdo entre si la utopía debe ser un lugar que permanezca en la imaginación o si debe ser algo que se puede superar gracias a la imaginación. En cualquier caso, dice, «una de las paradojas de la utopía es que, si bien nunca ha logrado desprenderse de su reputación quimérica, desde la temprana modernidad no han cejado los empeños por materializarla».
Uno de estos empeños lo protagonizó el magnate Sheldon Adelson quien quiso erigir Eurovegas en Alcorcón, un macrocasino que prometía generar miles de puestos de trabajo como solución a la crisis de 2008. Hubo protestas diarias que alertaban de que esta intervención redentora «pretendía curar la enfermedad de la crisis inoculando el mismo veneno que la generaba: ladrillo, recalificaciones del suelo, especulación, precariedad y, para el público general, una cultura de la competición propia de los juegos de azar en la que lo único inapelable es que la banca siempre gana».
Natalia se sitúa al lado de los activistas, los escucha y argumenta a su favor. «El capitalismo, en su desarrollo, parece haber escindido a la humanidad en dos grupos que la cultura de la crisis asocia simbólicamente a dos espacios contrapuestos: la intemperie y el búnker». Y el peligro de esto, según nos alerta la autora, es que los poderosos siguen colonizando los espacios naturales desde sus fortalezas, mientras los ciudadanos de a pie no nos queda otra que asumir “esa política de hechos consumados”.
Un proyecto que sí que traspasó la imaginación fue Madrid Río, «la obra faraónica al arbitrio de los deseos de su gran artífice, Alberto Ruiz Gallardón». Al margen de endeudar a la ciudad o de problemas ambientales, lo injusto de este proyecto es que, si bien los vecinos soportaron las obras por ese supuesto bien común que era un futuro de árboles y pájaros (lo que Natalia compara con la ciudad santa tras la destrucción de Babilonia), el resultado fue la expulsión del vecino de clase trabajadora que ya no podía pagar su casa, pues los precios inmobiliarios habían vuelto a subir.
Crisis sanitaria
La crisis sanitaria es otro de los hitos que han marcado esta última década y que desde luego nos situó en esos escenarios apocalípticos que dieron lugar a narraciones más propias de la ficción que la realidad. Así pudimos escuchar como desde la tribuna de políticos conservadores y racistas señalaban a determinados grupos de personas como sospechosos de ser portadores (inmigrantes) o responsables de la aparición del virus (acordémonos que Vox lo llamaba virus chino).
También estuvo sobrevolando la idea de que la vacuna la habían hecho los millonarios para controlarnos. Aquí recuerda Natalia un tuit que con ironía recogía «no como ahora que lo hacen los instaladores de calderas» (expresión acuñada en Twiter por @rocebalnc el 22 de enero de 2021).
De las Mareas ciudadanas al tsunami feminista
El agua sirve a Natalia para erigir uno de sus capítulos más brillantes: «Va a subir la marea». Siguiendo la influencia de Deleuze y Guattari, explica cómo los procesos revolucionarios replican la conducta del agua. «Si bien suele dirigirse disciplinadamente por los canales que les impone el poder, en ocasiones adquiere la potencia para desbordarlos e incluso echarlos abajo». En este sentido, nos habla del 15M y cómo la lluvia fue uno de los elementos que ayudaron a ocupar esa plaza la noche del 18 de mayo de 2011, la jornada de reflexión electoral, motivo por el cual la Junta Electoral había declarado ilegal las protestas y la tensión estaba más latente. Lejos de ser un elemento disuasorio, la lluvia alimentó la creatividad de los manifestantes que, tomando prestadas lonas de construcción de obras cercanas unieron con cuerdas a las farolas y otras estructuras del mobiliario urbano, para generar una estructura que los amparase. La “jaima de plásticos” que se generó en esos días y que dio lugar a la acampada fue en parte, dice Natalia, gracias a la lluvia.
Otro ejemplo en torno al agua como espacio semántico, detalla Castro Picón, son las Mareas del cambio y las posteriores Mareas Blanca (sanidad), Roja (contra el desempleo), Verde (educación) o la Marea Ciudadana, que aúna a trabajadores y afectados por los recortes y privatizaciones de los servicios públicos. Entre muchos otros ejemplos nos recuerda también la cuarta ola feminista que se está dando entre nuestros días. En este sentido, está convencida de que «la imagen permite entender que cada ola de demandas y protesta se nutre y toma fuerza de las anteriores, ampliando su enfoque y conquistando nuevos objetivos».
Castro Picón no solo usa componentes históricos, sino que enriquece el relato y el ensayo con muchísimas referencias culturales que nos ayudan a ir navegando por la última década. Es más, la autora es una creyente practicante de la ficción. Habla de esta como «un espacio privilegiado para ensayar los distintos diseños de otros mundos posibles, de cómo poner la escritura creativa al servicio de la imaginación política». En este sentido, Natalia nos interpela, nos pregunta. ¿Cómo imaginar un fin del mundo alternativo que, además, pueda pensarse, debatirse y llevarse a cabo colectivamente y democráticamente?

«Vota a Godzilla», reclamaba uno de los carteles de las protestas ciudadanas de 2011, «puestos a mandar todo al carajo, ¡hagámoslo a lo grande!».
Este libro aborda la historia reciente de España atendiendo a las muchas crisis que han brotado entre 2008 y la pandemia: la de la democracia, la ecológica, la extinción del derecho a la ciudad, el resurgimiento del fascismo, el racismo y la guerra contra las mujeres…
En ese contexto, el imaginario apocalíptico lo contagia todo: los medios de comunicación, la literatura, el cine, la música y las artes escénicas y gráficas. Entre el espanto paralizante y la rabia insurgente, entre la euforia escapista y la provocación lúdica, la autora se pregunta de qué hablamos cuando hablamos de fin del mundo.
¿Solo nos queda el desahogo nihilista o estas proclamas abren la puerta a la revuelta por otro mundo posible? Alejado de las tesis colapsistas y a la contra del «sálvese quien pueda», este ensayo reivindica el carácter político de la imaginación y ofrece un testimonio del uso del apocalipsis como una poética de ambición revolucionaria.






