MIA OBERLÄNDER Y LOS CUERPOS QUE NO CABEN

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Hay cuerpos que no caben. Cuerpos que incomodan solo por existir. Cuerpos que desbordan, que arrastran una genealogía de rareza, una herencia de exceso. Anna (Salamandra Graphics, 2025), la novela gráfica de Mia Oberländer, es la historia de tres mujeres —abuela, madre e hija— unidas por un nombre, una altura desmesurada y un paisaje emocional que no se puede reducir a la talla de una vida “normal”. Desde la primera página, Anna nos coloca en una geografía precisa y simbólica: un pueblo pequeño, entre montañas, donde cada centímetro de diferencia se convierte en extranjería. Las tres Annas, con sus casi dos metros de altura, son cuerpos que interrumpen la armonía esperada. Son hijas de la desmesura, extranjeras incluso en su propia piel.

Pero Anna no es una fábula grotesca ni una sátira del “ser diferente”. Es un ejercicio de memoria corporal y emocional, una autopsia poética de lo que significa crecer sin espacio para crecer. Cada Anna arrastra las marcas de su época, pero todas comparten una misma imposibilidad: la de encajar, la de ser miradas sin ser leídas como amenaza o error. En una sociedad que prefiere los cuerpos que se pliegan, ellas son demasiado. Lo fascinante del libro es cómo Oberländer convierte el trazo y el color en lenguaje simbólico. Cada generación tiene su paleta, su textura emocional. El dibujo nunca busca la perfección: se permite el temblor, la torpeza, la línea que se resiste. Es una estética deliberada que rehúye el virtuosismo para abrazar la vulnerabilidad.

Anna también es una historia de maternidades truncadas, de silencios que se heredan, de vínculos que no siempre salvan. La madre de la protagonista está atrapada en una estructura que la asfixia; la abuela sobrevive a fuerza de negar lo que duele. La Anna más joven—la que narra—no ha sido madre, pero ha sido hija de esas madres, y eso basta para arrastrar toda una cartografía del daño. La novela no busca redención, ni ofrece finales dulces: en lugar de eso, propone una forma de mirar el pasado con ojos nuevos, y quizá también, de dibujarlo para hacerlo respirable. En ese sentido, Anna es un acto de resistencia íntima. Al dibujar la herida, la dignidad vuelve a lo que el mundo quiso esconder: una historia de mujeres que ocuparon más espacio del permitido y que, aun así, siguieron caminando. De eso hablamos con la autora en esta emotiva entrevista.

¿Cuál es el origen de Anna? ¿En qué momento sentiste que esta historia tenía que convertirse en un libro?

Anna es una historia autoficticia. Durante mucho tiempo pensé que era una mujer monstruosamente alta (mido 1,75), aunque mi madre, que es incluso más alta que yo, hizo todo lo posible para evitarlo cuando era joven. Quería que mi hermana y yo tuviéramos una mejor relación con nuestros cuerpos que ella. En el pequeño pueblo donde creció en los años sesenta, todo el mundo le decía que estaba muy equivocada como mujer: demasiado delgada, demasiado alta. Pero si hablas mucho de un tema, igual te das cuenta de que algo va mal. Sin embargo, durante diez años tuve la sensación de ser la mujer más alta del mundo, hasta que me mudé a Hamburgo —donde la gente suele ser un poco más alta que en el sur de Alemania— y un amigo me dijo que no entendía por qué hablaba todo el tiempo de mi estatura. En algún momento me di cuenta de lo distorsionada que estaba mi propia autoimagen. Me pareció fascinante que pudieras verte a ti mismo a través de unos ojos tan absurdos, moldeados por lo que oyes cada día, y quise hacer un cómic sobre ello.

¿Qué vino antes: el cuerpo desbordado de Anna o la genealogía de mujeres?

El origen de la historia es mi propia experiencia. Buscaba una forma de describir esta sensación física de sentirme constantemente demasiado visible, de querer agacharme. Gráficamente, esto es muy gratificante: Grandes bebés carnosos, grandes Annas apretujándose en pequeños coches y casas… Es algo brutal. Luego me puse a buscar de dónde viene esta sensación corporal.

 

Interior de “Anna”

 

El cuerpo de las protagonistas es más que un cuerpo: es símbolo, es rareza, es condena social… ¿Qué querías explicar sobre cómo el mundo castiga lo que no encaja en los estándares? ¿Qué papel juega la autopercepción del cuerpo?

Que es absurdo y, sin embargo, nos cuesta desprendernos de esas normas porque hay tanta vergüenza por todas partes. La comedia es la mejor arma contra la vergüenza. ¿Por qué el cuerpo de Anna2 es el problema del vecino? ¿Y por qué tiene tanto poder sobre una mujer que se eleva 4 metros sobre ella? En realidad, podría tirarla al pueblo de al lado. Estas estructuras de poder son una construcción.

Intento hacer tangible el absurdo de la autopercepción a través de la narración gráfica. Tomarse completamente en serio el propio punto de vista para darse cuenta de lo ridículo que es.

Las tres Annas no solo comparten nombre y cuerpo, también comparten una historia familiar común que se transmite por silencios y por gestos. ¿Cómo trabajaste esa dimensión intergeneracional?

Esa es una gran parte de todo el problema. La profecía autocumplida: «las mujeres de nuestra familia siempre son demasiado —». Es muy revelador observar a tu madre o a tu abuela y ver en qué comportamientos te reconoces. ¿Qué miedos son realmente míos y cuáles he heredado?

 

Interior de “Anna”

 

¿Qué lugar ocupa la figura materna en tu universo narrativo?

Probablemente, esto también forme parte de las preguntas anteriores. Pero una madre es una persona a la que le crees todo y que debe quererte por lo que eres. Así que es una situación complicada, aunque yo tuve suerte con mi madre.

¿Cómo decidiste el estilo visual de tu cómic? ¿Qué significa la gama cromática que has elegido para acompañar esta historia?

Los colores vivos me recuerdan a los juguetes de los niños: rojo, verde, amarillo, azul. Combinan bien con el tipo de letra, que parece sacado de un cuaderno escolar. Y la escuela es una época en la que se aprenden reglas y se entienden normas. Luego hay dos esquemas de color para los dos pasados, es decir, la infancia de Anna1 y la infancia de Anna2, para que los lectores entiendan dónde están. Y luego está el grito de Anna2, de veinte páginas, que pinté con tinta acrílica porque necesitaba más agitación y pigmentos rojos para estar realmente enfadada.

 

mia oberländer

 

En una tranquila aldea alemana viven las Anna, condenadas por ser demasiado altas para su pequeña ciudad. Sus cuerpos, ridículamente largos y torpes, no se ajustan a las normas sociales de la delicada feminidad. El trauma de ser diferentes se transmite de generación en generación; sin embargo, su carga puede tener una bendición. Al igual que las poderosas montañas que rodean su ciudad, descubren que se puede ganar resiliencia y fuerza desde su perspectiva elevada. Dibujada con deliciosa exageración e inventiva formal, Anna es un cuento de hadas moderno e irónico sobre ser «demasiado grande» para un mundo de mente estrecha.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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