Eve Babitz @ Mirandi Babitz / Joan Didion © Kathleen Ballard

Y TÚ, ¿ERES JOAN O ERES EVE?

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Tenía unas ganas enormes de comenzar 2026 con Didion y Babitz (Random House, 2026), el último libro de Lili Anolik, entre las manos. Me atraen las figuras de ambas escritoras, cada una por razones distintas, y quizá por eso el deseo de leerlas juntas era tan fuerte. Ojeándolo, comprendí pronto que la lectura iba a ir más allá de la biografía al uso, del gossip, del mero contexto espacio-temporal: lo que se me proponía era aceptar un duelo íntimo entre dos formas de estar en el mundo, entre dos maneras de construirse en la escritura. De un lado, Joan Didion: control, disciplina, una mirada afilada. La escritura entendida como oficio, como músculo que se entrena. Del otro, Eve Babitz: sexo, vanguardia, riesgo. La escritura como deriva, como exceso que a veces se ordena y a veces no, en la página.

En enero de 2022, poco después de la muerte de Eve Babitz, Anolik tuvo acceso al contenido de unas cajas que Mirandi, la hermana de Eve, había encontrado al fondo de un armario. En las cajas había cartas, diarios, fotos, manuscritos y otros documentos que sirvieron de combustible para alimentar el fuego de la obsesión que Anolik desarrolló hacia la figura de Babitz. Partiendo de una investigación atravesada por deseo, afinidad y fricción, Anolik no disimula su amor por Babitz ni maquilla su incomodidad con Didion. Esa honestidad tan poco habitual fue la primera decisión ética de este libro.

La intrahistoria arranca en un lugar concreto: el 7406 de Franklin Avenue, la casa de Didion y John Gregory Dunne en un Hollywood venido a menos (1966-1971). Un epicentro doméstico donde la escena de Los Ángeles —artistas, músicos, productores, camellos— entraba y salía dejando olor a marihuana mientras Didion observaba desde la cocina, con su hija Quintana en brazos. Anolik insiste en lo que suele borrarse del mito: la disciplina sin glamour, la ambición sin coartada. «La gente se vuelve sensiblera con Joan», dice, evitando hablar de su capacidad infinita para el trabajo duro, de su desapego esencial, de su lucha por ser la mejor. Joan fue escritora antes que esposa, madre o icono.

Babitz llega a ese mismo escenario desde el cuerpo. Participa, baila, se enamora, se quema y, más tarde, escribe. Aspira —dice Anolik— a un «amateurismo inspirado»: la idea de que profesionalizar el arte es traicionarlo. El precio a pagar por su libertad fue alto: una carrera intermitente, el desprecio de la crítica, el olvido durante décadas. La ganancia, también: una prosa que no separa vida y obra, que eleva el cotilleo a método y lo defiende con una frase que hoy suena a manifiesto clasista: «Pero las personas como yo —mujeres, nos llaman—, ¿cómo se supone que vamos a comprender nada si no podemos entrar en la sala VIP?».

 

Eve con su gato © Mirandi Babitz

 

El corazón del libro late en una carta de 1972 que Eve escribe a Joan y que, en realidad, no es una carta, sino una diatriba: «¿Podrías escribir lo que escribes si no fueras tan pequeña, Joan?», le pregunta Babitz. Ahí se condensan la admiración, los celos, el deseo, la rivalidad. Anolik la lee como una pelea de amor y tiene razón. Desde ese momento, el libro traza una relación hecha de complicidad y vampirización, donde no es fácil discernir quién se beneficia de quién ni a qué precio.

¿Por qué escribe Anolik este libro? Quizá porque entiende que la historia literaria ha sido escrita con un sesgo que premia la duración y castiga la combustión. Porque quiere devolverle a Babitz el lugar que se le negó sin rebajar a Didion. Escribe que «las mujeres se identifican con Joan o Eve. Suena cursi decirlo, pero, como yo lo veo, Joan y Eve eran las dos mitades de la feminidad, y se sentían atraídas la una por la otra precisamente porque eran las dos mitades». No con el afán de reconciliarlas, sino para mostrarlas en una tensión perfecta.

La prosa de Eve se permite la digresión, el placer como brújula. Hay algo insolente y luminoso en esa forma de no separar vida y obra, como si la literatura reflejase ese instante en el que alguien apaga la música de golpe y el eco que queda es el de una frase perfecta flotando en el aire. Joan, en cambio, observa, afila. Se sienta a trabajar incluso cuando el mundo se desmorona. La frase llega porque alguien ha llegado antes que ella, cada día, al escritorio. No improvisa: construye. Lo fascinante —y lo incómodo— es que no son polos morales. No hay virtud en una y vicio en la otra. Hay estrategias, cuerpos distintos enfrentándose a la misma pregunta: ¿cómo ser escritora sin desaparecer?

Entonces, ¿la pregunta es si una se siente más Joan o más Eve? ¿Es eso lo que plantea Anolik: la necesidad de tomar partido? Tal vez no. El libro no impone una tesis ni formula una pregunta cerrada. Coloca, más bien, un espejo incómodo entre las figuras de ambas y obliga a decidir desde qué lugar se mira. La pregunta se ha vuelto viral porque funciona como test, pero el libro va a otra cosa: demostrar que esa elección duele. Y la respuesta, en mi caso, no es heroica: me siento insoportablemente Eve y aspiracionalmente Joan.

Quisiera decir que soy Joan, pero no lo soy. Soy Eve intentando aprender de Joan sin dejar de ser Eve. La Eve que baila, pero vuelve. La que entra en la escena, pero toma notas. La que sabe que el encanto se agota y la disciplina cansa. Leo a Eve desde el cuerpo: me veo ahí, en la dispersión, en el deseo de estar dentro, en la tentación de confundir intensidad con verdad. La leo y sonrío. Y luego leo a Joan desde la grieta, con ganas de entender, de encontrarme; con una mezcla de respeto y anhelo: esa frialdad fértil, esa ambición sin disculpas, esa capacidad de hacer del trabajo una casa habitable.

Anolik no te permite elegir sin perder algo y ahí está la grandeza de este libro: en recordarnos que escribir —como vivir— tiene un precio. Aunque lo natural sea elegir, posicionarse, quizá no se trate de eso, sino de vivir —o sobrevivir— lo suficiente como para escribirlo. Y en ese trayecto, a ratos, ser una. A ratos, la otra.

Y ojalá, de vez en cuando, las dos a la vez.

 

 

Hollywood, 1967-1971: años de vértigo y exceso donde artistas, estrellas de cine, músicos y camellos compartían escenarios y ambiciones. En el centro de ese torbellino, dos escritoras marcaron el pulso de una época: Eve Babitz, ahijada de Igor Stravinsky, musa insolente que posó desnuda frente a Marcel Duchamp y fue amante de Jim Morrison, y Joan Didion, un misterio tras sus gafas oscuras y su expresión impenetrable. Entre ambas se forjó una relación compleja, fascinante y peligrosa: amistad, rivalidad, espejo y abismo.

Con una prosa incisiva y vibrante, Lili Anolik reconstruye la relación entre dos mujeres que cambiaron la manera de ver Los Ángeles y de entender la escritura. El resultado es una carta de amor en forma de doble biografía. El modo más original y electrizante de acceder a los universos literarios de Didion y Babitz, y de abrir, como quien fuerza un cajón cerrado con candado, la intimidad de Didion, para revelar al fin el enigma que envuelve su figura.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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