Los últimos meses de 2025 fueron, para mí, meses de gran sufrimiento. La foto que colgaba en el salón de mi casa desde hacía más de una década —la foto de la familia— se partió por la mitad. No es que no estuviera ya rota: llevaba tiempo pegada con una cinta adhesiva muy desgastada, de esas que siguen sosteniendo algo solo por inercia, por costumbre, como si la voluntad bastara para mantener las cosas en pie. Me asolaron la culpa, el miedo y, por momentos, incluso algo que se parecía peligrosamente a la locura. La vida seguía ocurriendo alrededor —el trabajo, la casa, la crianza—, pero dentro de mí todo estaba desplazado, como si alguien hubiese movido el suelo unos centímetros y yo caminara intentando recordar cómo se pisa firme. En esos meses recibí muchos mensajes, tantos que todavía hoy me cuesta releerlos sin que algo se me contraiga en el pecho: «Soy experta en crema de calabaza y, en cualquier momento, puedo saltar hasta tu casa a llevarte un bote»; «sé que tienes muchas amigas al lado, pero si me necesitas, me encantaría ayudarte y cuidarte», «mi familia eres tú», «si quieres, lloramos juntas», «amiga: estás cruzando el río y ya llevas más de la mitad, no pares», «sé que necesitas tu espacio y tu tiempo, pero estoy aquí», «sigo estando aquí», «que sepas que he congelado crema de calabaza por si acaso», «enhorabuena, amiga: ya has llegado a la otra orilla. Ahora, descansa».
Mis amigas me vieron llorar y llamaron a mi puerta. Lo hicieron a sabiendas de que quizá me costaría abrir, de que tal vez no tendría fuerzas para hablar, pero aun así estaban allí, insistiendo con la delicadeza obstinada que solo tienen quienes no se resignan a perderte. Tiraron de mí cuando apenas podía sostenerme; me trajeron comida a casa, me invitaron a sus cenas de Navidad, me dieron luz cuando yo solo quería apagarme. Hubo días en los que mi propia casa se había convertido en un campo de batalla y en los que incluso fantaseaba con la idea de dormir en un hospital para poder descansar. Tenía muchísimo miedo a enfermar, pero no enfermé. Toqué fondo, pero no me atrapó el fango. Y no fue por una fuerza especial, ni por la entereza que no tuve: fue por ellas.
Por las redes de mujeres que tejemos casi sin darnos cuenta y que llevan tiempo ahí, sosteniendo lo que parecía insostenible. Redes hechas de mensajes que parecen pequeños pero que, en realidad, contienen un mundo, de comida que aparece en una mesa cuando una no tiene fuerzas ni para pensar qué cocinar, de una puerta que se abre, de una voz que dice «estoy aquí» y lo dice de verdad.
Este número se llama Enredadas, y por una vez el título no es solo una intuición editorial ni una palabra que suena bien en una portada: es algo que he vivido. Enredadas es descubrir que, cuando una cae, hay hilos invisibles que la sostienen. Que lo que parecía una vida individual es, en realidad, un tejido. Que la amistad entre mujeres —esa que tantas veces la cultura ha tratado como un territorio menor, sentimental, casi anecdótico— funciona como una auténtica infraestructura de supervivencia.
A veces, la vida se rompe. A veces, basta un soplo para que lo que parecía sólido se desintegre. Pero también ocurre otra cosa: cuando eso sucede, aparecen manos y voces que insisten, intervienen y acarician, y es entonces cuando una comprende que nunca estuvo sola, que siempre estuvo, aunque no lo supiera, profundamente enredada.

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