Parecidas y diferentes, fuente de inspiración y críticas mutuas, Vita Sackville-West y Virginia Woolf dejaron el relato de su relación y sus secretos únicamente en cartas escritas hace un siglo. Se habla y se escribe más sobre Virginia: una escritora talentosa y valiente, adelantada a su tiempo, que lamentaba —en su ensayo Una habitación propia— que la literatura femenina careciera de varios siglos de historia para demostrar de lo que realmente era capaz su pluma, e imaginaba qué habría sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana igualmente genial y prolífica. De hecho, Virginia habría apreciado nuestra época con todos sus inventos. Quizá incluso la conoceríamos como directora de cine o guionista: su prosa se lee como un guión listo para filmarse, donde cada movimiento, cada suspiro y cada pausa están calculados al segundo para evocar una sensación o un sentimiento concreto. No en vano, se la considera un modelo cuando se habla de exploraciones profundas de la naturaleza humana.
Sin embargo, Vita suele ser recordada en relación con Virginia. Su literatura, pensada para el lector masivo y con gran éxito de ventas en su tiempo, ha quedado relegada a las estanterías del pasado. Aunque fue la única escritora galardonada dos veces con el Premio Hawthornden por su poesía, su obra, merecidamente reconocida en su momento, ha caído en el olvido. Si Virginia fue una innovadora en la literatura, Vita lo fue en todo lo demás: no temía romper esquemas, desafiar las normas y arriesgarse. Tenía un gran ojo para el talento y un espíritu emprendedor que, en nuestros días, sin duda la habría llevado a crear fundaciones para artistas e inventores o a encabezar campañas de mecenazgo. Fue de las primeras mujeres en usar pantalones con tanta frecuencia como lo hacemos ahora. Y muchas de sus ideas eran demasiado innovadoras incluso para Virginia.
Sobre su prolongado romance de dos décadas, lleno de anticipación, esperanzas y pasión, existen tanto un libro con sus cartas y fragmentos de diarios (The Letters of Vita Sackville-West to Virginia Woolf) como una película (Vita & Virginia, dirigida por Chanya Button). Por eso, resulta aún más interesante analizar cómo estas dos escritoras independientes se inspiraban mutuamente y cómo la envidia —pues cada una deseaba lo que la otra tenía— no fue un obstáculo, sino un motor que las impulsaba a superarse.
Orlando: La más larga declaración de amor escrita en papel
No se puede comenzar este relato sin mencionar Orlando, la novela de Virginia dedicada a Vita. Orlando, condenado —o quizá bendecido— con una vida eterna, primero en el cuerpo de un hombre y luego en el de una mujer, es Vita. Mientras Virginia trabajaba en la novela, Vita firmaba sus cartas como “Orlando”. Pero su influencia en la obra va mucho más allá. Virginia viajó poco en su vida, por lo que todas las descripciones de tierras lejanas en Orlando fueron filtradas a través de la mirada de Vita. Como esposa de diplomático, Vita recorría el mundo y enviaba a Virginia cartas llenas de observaciones y detalles. La experiencia contada por alguien cercano es la mejor manera de conocer un lugar jamás visitado.
Por ejemplo, en una carta del 8 de febrero de 1926 (Rajputana, en el Océano Índico), Vita describe: «El Océano Índico es gris, no azul; un gris espeso y opaco. Los cigarrillos están tan húmedos que apenas prenden. Por la noche, la cubierta está iluminada por luces de arco, y la gente baila; debe verse muy extraño desde otro barco en el mar: todas estas personas girando en un resplandor irreal, y la música inaudible. En el baño, el agua del mar está llena de fósforo: chispas azules que se pueden atrapar con la mano. El agua sale del grifo como una lámina de fuego azul».
O su experiencia en Persia: «Me he quedado atrapada en un río, he reptado entre murallas de nieve, me ha atacado un bandido, he sido horneada y congelada alternativamente, he viajado sola con diez hombres (todos desconocidos), he dormido en lugares extraños, he comido en el camino, he cruzado altos pasos, he visto kurdos y medos, caravanas, arroyos corriendo, corderos negros brincando bajo los árboles en flor, colinas de pórfido manchadas con sulfato de cobre, montañas nevadas en un gran círculo, llanuras interminables con rebaños en las laderas» (Persia, 9 de marzo de 1926), experiencia que recuerda la vida de Orlando en el extranjero.
Y, por supuesto, un fragmento sobre Rusia: «Bosques oscuros de abetos cargados de nieve; campesinos con pieles de oveja; trineos; ríos verdes y glaucos inmovilizados en hielo. Todo muy hermoso y de una melancolía infinita» (Moscú, 31 de enero de 1927). En la novela, esta atmósfera impregna la historia de Sasha.
La envidia mutua como motor creativo
Cada mujer deseaba exactamente lo que la otra poseía. Pero en esta amistad, la envidia, afortunadamente, solo avivaba la chispa, fomentando una competencia sana.
Vita siempre dudaba de su talento literario y nunca lo ocultaba a Virginia. En muchas de sus cartas, entre líneas, se percibe su adoración por Virginia como escritora: «Qué bien escribes, maldita sea. Cuando te leo, siento que nadie ha escrito prosa en inglés antes; la has dominado, puesto en su sitio y convertido en tu sirvienta. Me pregunto continuamente cómo lo haces; como si viera a un ilusionista hacer un truco una y otra vez sin entenderlo» (17 de junio de 1926). Virginia le respondía de distintas maneras, pero nunca con la misma admiración: a veces de forma excesivamente modesta, otras veces coqueta, y cuando se sentía ofendida por Vita, incluso condescendiente. Pero, al parecer, nunca le escribió una respuesta mutua en el sentido de «no: tú dominas la palabra mucho mejor que yo». Tal vez sea solo una impresión del autor del artículo, pero en algunas de sus cartas, Vita parecía justificarse ante Virginia por su falta de talento, ocultando su vergüenza tras el humor y los detalles cotidianos, aunque luego desarrollaba pensamientos de una belleza comparable a los de Virginia. Una vez, Vita escribió en su diario: «Entraré en la literatura inglesa. De una forma u otra». Y Virginia fue para ella un referente literario inalcanzable.
Virginia sentía envidia de la posición financiera y social de la aristócrata Vita. Nunca lo expresó directamente —al menos, no se conservan fuentes al respecto—. Aunque Virginia provenía de una respetable familia de profesores, no muy rica, pero, según sus propias palabras, próspera, su camino hasta convertirse en una escritora reconocida fue difícil. Y lograr «una renta y su propia habitación» solo fue posible cuando una de sus tías falleció y le dejó una herencia. En los diarios de Virginia o en las cartas a sus amigos, al nombre de Vita siempre se le añadía algún epíteto discreto, pero punzante, relacionado con su situación financiera. Por ejemplo, en uno de sus primeros encuentros (1922), Virginia escribió: «Vita estuvo aquí el domingo, deslizándose por el pueblo en su gran y nuevo coche azul Austin, que maneja con maestría. Vestía un jersey amarillo a rayas y un gran sombrero, y tenía un estuche de tocador completamente lleno de plata y batas de noche envueltas en papel de seda». Al parecer, las batas quedaron grabados en su memoria, porque tres años después, el 10 de diciembre, cuando Virginia se preparaba para visitar a Vita, escribió: «¿Te molestaría si solo llevo una bata? ¿Sería una molestia si desayuno en la cama?» No obstante, en esta relación, la envidia no era un obstáculo, sino más bien un incentivo.
Constancia e inconstancia
La constante en esta historia era, sin duda, Virginia. Era una mujer meticulosa, que había elegido su profesión en su juventud y le dedicaba todo su tiempo. Constante fue también su amor por Vita y la inspiración que encontraba en ella. Todas las novelas que Virginia escribió durante su amistad con Vita contienen referencias a ella de una forma u otra.
Vita, en cambio, era una persona llena de contrastes. Desde su apariencia —los contemporáneos la describían como una figura que fusionaba lo femenino y lo masculino— hasta sus hábitos y decisiones, que fluctuaban entre lo elevado y lo pragmático. A pesar de su estatus, no temía el trabajo duro cuando era necesario, ni el riesgo, ni los rumores sobre sus múltiples aventuras amorosas. Vita tuvo numerosas relaciones, tanto con hombres como con mujeres; se enamoraba rápidamente y perdía el interés con la misma rapidez. Virginia, en ese sentido, era su constante, aunque no siempre su prioridad. Vita es retratada como una persona de carácter autoritario. Pero lo mismo podría decirse de Virginia. La diferencia es que Vita actuaba siempre de manera abierta. Sus cartas eran más emocionales, sus palabras más directas y sinceras; hablaba de sus sentimientos sin ocultamientos ni artificios. Podría decirse que Vita era más madura emocionalmente.
Virginia, en cambio, era más reservada y contenida, tanto en sus sentimientos como en sus manipulaciones. Por ejemplo, en 1927, cuando Vita mantenía un romance con Mary, la joven esposa del poeta sudafricano Roy Campbell, Virginia, según las cartas, cayó gravemente enferma. Durante ese período, sus cartas son escasas y breves; decía estar demasiado débil incluso para contestar el teléfono. No se puede afirmar con certeza, pero es posible que Virginia estuviera intentando recuperar la atención de su amiga. Otro ejemplo: años después, Virginia pensaba que su amistad con Vita había llegado a su fin (así lo anotó en su diario). ¿Será esa la razón por la que casi no se han conservado cartas de Vita a Virginia de ese período? ¿Podría Virginia haber decidido no guardarlas o incluso quemarlas, como una manera de reflexionar sobre la pérdida de su amistad? No obstante, esa combinación de constancia e inconstancia resultó ser un terreno fértil para ambas escritoras. Después de todo, hasta el sufrimiento puede ser una fuente de inspiración. Y la amistad entre ellas, aunque Vita le dedicaba menos tiempo, nunca llegó realmente a su fin. Se podría suponer que Virginia, experta en la naturaleza humana, nunca encontró la oportunidad de mostrarse completamente a alguien. Aunque, claro, esto es solo una suposición, porque no sabemos qué hablaban estas mujeres cuando estaban solas, sin temor a que sus palabras fueran reveladas al mundo.
La despedida en papel y qué tienen que ver los pájaros.
La última mención de Vita en una carta de Virginia, escrita una semana antes de su suicidio, fue sobre los pájaros. Virginia estaba preocupada por los periquitos de Vita, que estaban muriendo. Como la ama de llaves de Virginia tenía los mismos pájaros y los suyos habían sobrevivido, Virginia se preguntaba si sería buena idea llevarle a Vita algunos de los que habían resistido. Y como era marzo de 1941 y el mundo estaba en guerra, terminaba la carta con estas palabras: «¿Cuándo iremos? Quién sabe, Señor…». En el prólogo del libro The Letters of Vita Sackville-West to Virginia Woolf, se hace una observación interesante sobre este detalle: las referencias a pájaros moribundos. En Entre actos, Virginia escribió una línea sobre «pájaros silabeando discordantemente: Vida, Vida, Vida…».
Seguramente, cuando Vita leyó la novela póstuma Entre actos, no pudo evitar reconocer un pasaje de Orlando donde también se habla de pájaros y se repite la frase:
«¡Vida! ¡Vida! ¡Vida! —grita el pájaro, como si hubiera oído…»
Cuatro años después, Vita, junto con Harold Nicolson, recopiló la antología poética Another World Than This, donde transformó este pasaje en un poema. La última línea quedó intacta:
«¡Vida! ¡Vida! ¡Vida! —grita el pájaro, como si hubiera oído…»
En su juventud, Virginia estudió latín y griego. «¡Vida! ¡Vida! ¡Vida!» se traduce al latín como:
¡Vita! Vita! Vita!






