Mi querida Alejandra Montes —partera y doula— me escribe para invitarme a participar en Semillas para Gaza. Su amiga Berni Bordagorry lleva tiempo sosteniendo esta iniciativa solidaria que consiste en ponernos en contacto con hombres, mujeres y familias gazatíes para que les acompañemos emocionalmente y generemos redes de apoyo para recaudar la ayuda económica que necesitan. Me tiembla todo al decir sí porque al deseo de contribuir se une la sensación de no estar capacitada para semejante tarea, pero cuando al otro lado del teléfono aparece el doctor Mohammed Hamad, entiendo que sencillamente es imposible estar preparada para acompañar a un hombre de 40 años que ha sido secuestrado y torturado durante 47 días por el ejército israelí; que, tras salir de ese infierno y volver con su familia, ha sido desplazado en once ocasiones: «He tenido que huir once veces. Un desplazamiento no es simplemente cambiar de lugar: es dejar atrás las casas que fueron refugio, los recuerdos que daban calor, los rostros que nos eran familiares. Cada huida nos vacía los bolsillos y nos roba un pedazo del alma, dejando una herida abierta en el corazón que jamás cierra», cuenta.
Un hombre culto, valiente y sensible a más no poder que, pese a todo lo que ha visto y vivido, nunca ha dudado un instante en continuar con su infatigable labor como voluntario en los diferentes hospitales de Gaza en estos dos años de genocidio. «Trabajo como especialista en nutrición clínica. Mi tarea es cuidar de los pacientes que padecen desnutrición, sobre todo los niños, los más heridos por la falta de alimento y vitaminas. Evalúo su estado de salud, elaboro planes de nutrición terapéutica según lo que los recursos permiten, y sigo de cerca cada mínimo avance, día tras día. Aunque los suministros escasean y los medios apenas alcanzan, me esfuerzo por darles lo poco que pueda devolverles un respiro de fuerza porque la nutrición no es solo alimento: es una parte esencial del viaje hacia la curación».

He tenido que dejar atrás la parálisis, la sensación de estafadora, la vergüenza que supone ser europea en este momento de la historia. He tenido que soltarlo todo, incluso olvidar lo que para mí representaba Gaza como concepto, como noticia, como narrativa; olvidar los porcentajes y los análisis del horror y sencillamente asomarme a la obscena verdad de los bellísimos ojos de Moha. Desplazar el foco de todo lo que no puedo hacer y centrarme en lo que sí; acariciar el corazón de Mohammed y su familia con mi palabra, compartir con la gente su historia para que hagan aportaciones económicas, llamar a todas las puertas posibles para que les saquen de allí cuanto antes, pero sobre todo lo más importante, abrirme sin reservas a la entereza, la valentía, el coraje y la autenticidad de un hombre que tiene el alma en la mano y el corazón en la otra hasta rendirme a la evidencia de que es él el que me inspira, me sana, me acompaña.
Cuando le pregunto dónde queda la infancia en este delirio, no duda en afirmar que «nuestros hijos son nuestra herida más profunda en medio de este infierno. Tememos por ellos: por el hambre, por la pérdida de su inocencia, por la incapacidad para mantener su seguridad. Y, sin embargo, ellos son también la razón por la que nos aferramos con uñas y dientes a la vida, la razón por la que seguimos resistiendo. Son nuestra fragilidad y también nuestra fuerza más grande. El temor por la vida de nuestros es una maldición que nos aplasta, y al mismo tiempo la bendición que nos impulsa a seguir caminando».
Verle tomarse su tiempo para escribir con una poética aplastante sobre sus emociones en una situación así, entender que también en el horror, la palabra es salvadora y necesaria: «Las noches aquí son interminables, ásperas, pesadas como siglos. Nos acostamos con el rugido de las bombas y despertamos con el aliento helado del miedo. No hay sueño que se complete ni verdadero descanso. La oscuridad nos rodea, el frío cala los cuerpos de nuestros hijos, y la ansiedad nos acecha sin tregua. A veces intentamos robarle al tiempo un instante de calor familiar, contando historias pequeñas que alivien los corazones de los niños. Pero la verdad es que cada noche es una batalla silenciosa entre la esperanza y la desesperación, entre el deseo de sobrevivir y el temor de que el mañana quizá nunca llegue».
La mirada de Mohammed es tan sólida y profunda porque está anclada a la tierra, algo a lo que nosotros dejamos de prestar atención hace años. Su relación con el territorio me hace entender que, cuando nos olvidamos de él, es cuando realmente todo está perdido. «Mi vínculo con esta tierra es hondo; no es solo suelo ni piedras, es parte de mi alma y de mi memoria. Antes encontraba consuelo cultivándola: al sembrar, sentía que mis raíces se entrelazaban con ella, dándome seguridad y estabilidad. Hoy, cuando miro a Gaza en ruinas, mi corazón se desgarra. La tierra que antes nos daba vida es ahora testigo de muerte y destrucción. Y aun así, sigo creyendo que nuestras raíces son profundas, que volveremos a sembrar y que, algún día, la bondad volverá a florecer en este suelo herido». Cuando le pregunto cómo está hoy, me dice que no me preocupe por ellos, él no quiere mi condescendencia, así que me quito el traje de salvadora y me dispongo sencillamente a escuchar. «Esto no es solo una guerra para nosotros: es un crimen contra la humanidad misma. No somos cifras en un informe ni números en un noticiario: somos familias, somos niños, somos sueños. Todo lo que anhelamos es una vida digna: un hogar seguro, una escuela para nuestros hijos, un pedazo de tierra que cultivar que nos devuelva la estabilidad. A pesar de la pérdida y del desarraigo, aún brilla en nuestros corazones una chispa de esperanza: la de que nuestras voces lleguen a almas compasivas, y que el mundo no nos deje solos. Nos aferramos a la vida con todas nuestras fuerzas, creyendo que el mañana será mejor, por más larga que sea la noche».
Le muestro a mi hijo de seis años la foto que me acaba de enviar Moha. Allí están las cinco criaturas que tiene junto a Ikhlas, una mujer llena de coraje y valentía. Allí aparecen los rostros luminosos de Ahmad, Ibrahim, Adam, Amir y la pequeña Mira. «¿Dónde están, en el jardín?», me pregunta Mün. No, viven en una tienda de campaña. «¿Entonces no tienen casa, mamá?». «No tienen casa». «¿Y por qué no les invitamos a venir a la nuestra?». «Porque viven muy lejos y no les dejan salir de su país». «¿Y qué podemos hacer para que salgan, mamá?». «Yo estoy enviando mails contando su historia a embajadas, eurodiputadas, ONG, escribiendo a todo el mundo». «Yo también voy a escribir, mamá, voy a escribir sus nombres». Mientras mi hijo escribe sus nombres con rotuladores de colores, yo sigo escribiendo mails y llamando a diferentes puertas. Tengo referencias de compañeras que se han dejado la piel y lo han conseguido, han colocado a familias enteras en las listas de evacuación y por eso sé que existen los milagros. Cada noche ponemos una vela junto a los nombres de Mohammed y su familia. A veces sueño que estoy con mis hijos en una tienda de campaña, a veces que desayunamos junto a la familia de Mohammed en la cocina de mi casa. Aprieto el cuerpo de mi hija Xilu contra el mío, el corazón late tan fuerte que estoy segura de que lo puede escuchar mi querido Moha, estamos juntos en esta noche, miramos la misma luna.
«Hace semanas que agradezco cada vaso de agua, cada paseo al sol, cada vez que abrazo a uno de mis hijos. Hace semanas que la vida brilla diferente; no tenemos nada más que nuestra capacidad de amar, el resto es una ilusión y una jaula. A pesar de todo lo que vivimos, hay pequeños milagros que nos regalan un instante de paz, un destello de esperanza. La sonrisa de un niño al recibir un trozo de pan, la mirada agradecida de un paciente que mejora aunque sea apenas imperceptible o el amanecer que rompe la noche tras los bombardeos. Momentos que parecen sencillos, pero que nos recuerdan que seguimos vivos, que aún hay razones para continuar. Breves destellos de luz que nos dan la fuerza para seguir avanzando en medio de la penumbra», me dice Mohammed.
Con todo mi amor y agradecimiento para Mohammed, y mis mejores deseos hacia su mujer Ikhlas y sus cinco hijos. Aprovecho para dar mi admiración y reconocimiento a todas las mujeres (muchas de ellas madres) que he conocido en este camino y que están sacando tiempo de debajo de las piedras para organizarse y acompañar familias emocional y económicamente, sois increíbles, gracias por sostenernos. En especial, gracias Berni bonita, por armar Semillas por Gaza y por ponerme en contacto con Mohammed y su familia.
Link de ayuda directa a Mohammed y su familia, aquí.






