© Nell Carrasco

Inés Garland (Buenos Aires, 1960) es escritora, traductora y tallerista de narrativa. Su obra —que abarca libros de cuentos como La arquitectura del océano, novelas como Una vida más verdadera y títulos juveniles premiados con el Deutscher Jugendliteraturpreis, el Ala Delta o el Strega Ragazze e Ragazzi— ha sido traducida a numerosos idiomas y celebrada por su hondura emocional y su mirada precisa sobre el deseo, los vínculos y la intimidad. En Diario de una mudanza (Alfaguara, 2025), finalista del Premio Fundación Medifé Filba y éxito en Argentina, Garland abre su cuerpo y su memoria para pensar la menopausia, el duelo, la relación con su hija y el modo en que la vida cambia de forma sin pedir permiso.

Nos reunimos con ella en Madrid durante su visita promocional para charlar durante un agradable desayuno que pone de manifiesto lo que tantas intuimos: que, en ocasiones, las mujeres solo necesitamos hablar con otras mujeres para comprendernos poniendo voces a los silencios que venimos arrastrando. Maternidad o menopausia, experiencias y periodos que transforman no solo nuestros cuerpos, sino nuestra manera de habitar el mundo, eran temas tradicionalmente poco interesantes hasta que no se transitan. Ahí donde nos quieren invisibles, nosotras creamos los relatos y elevamos las voces. Esta conversación ocurre ahí: en el territorio movedizo donde una mujer se reinventa mientras se escribe.

 

¿Qué sabías tú de la menopausia antes de vivirla? ¿Qué te hubiera gustado que una mujer mayor te dijera cuando empezaron los síntomas?

A mí me hubiese gustado saber que todos esos síntomas que sufría tenían que ver con la menopausia. Como nadie me había hablado nada, quizá sabía algo de los calores, pero no sobre el insomnio, la caída de pelo, la sensación de catástrofe inminente, cierta forma de depresión o de tristeza, la sensación de «se acabó todo». Aparece muy fuerte la conciencia de la finitud. Y que, a pesar de que eso por algún lado parece espiritual, también es físico: es la caída de estrógenos. Y estoy diciendo poquísimos. Creo que hay como noventa síntomas o algo así; es descomunal la cantidad: cosas de la vista, sequedad, cómo cambia la textura de la piel. Mi cuerpo cambió mucho y mi desconocimiento era total. Y una piensa: «no son cosas tan graves», pero en el momento eran todas juntas y era triste todo. Y encima, una mudanza de casa.

Me hubiera gustado que me dijeran, primero, que no me asustara: que eso iba a pasar. Y segundo, que fuera a médicos que me escucharan y que no desestimaran los síntomas. Me hubiera gustado que alguien me dijera que no hay que dar todo el poder a otra persona, por ejemplo, a un médico. Yo la estaba pasando mal. Me hubiera gustado ir a un médico que me escuche, que me contenga, que busque la vuelta o que me diga: «No se me ocurre qué darte, pero podrías ver a tal otra persona». Diría eso desde la juventud máxima: no entregarle el poder a otra persona. Lo que pasa es que a mí me dijeron que había que dárselo a todo el mundo menos a mí misma.

En tu libro, el cuerpo es un territorio que se vuelve desconocido: el calor volcánico, el sofoco, el frío polar, ese cuerpo que ya no responde como antes. ¿Cómo se escribe desde ese cuerpo? ¿Te enseñó la escritura algo que los médicos no te estaban contando?

A mí la escritura siempre me enseña porque me cuenta lo que me pasa. Yo empiezo a escribir sin saber muy bien: agarro una punta concreta, como por ejemplo el insomnio. Entonces, me despierto a la mitad de la noche y eso se empieza a desplegar. Me empiezo a enterar de lo que me pasa. Siempre es así con todo: cosas que veo, alguien en la calle, algo que me llama la atención. Me siento a escribir para ver qué me pasó, como si no pudiera ordenar mis cosas sin escribir. Escribo desde los 10 años, toda la vida tuve cuadernos.

Cuanto más escribo, más cosas me impactan, porque abro más los ojos, estoy más atenta. Por ejemplo, hace poco estuve caminando por Granada, por una calle vacía durante quince minutos, con una madre con su hijo: la voz que subía por la calle, el niñito que la miraba, la vocecita, los jazmines colgando por las paredes… Para mí Granada va a ser eso siempre. La belleza de la vida está ahí todo el tiempo. Si andas muy distraída, no te das cuenta.

Tu libro se llama Diario de una mudanza. Hay una mudanza real, pero casi es una excusa. ¿Cómo empezaste a imaginarlo?

Ya tenía anotaciones, y las anotaciones me llevaron a empezar a juntar material. Empezó con un cruce epistolar con una amiga. Después se desarmó el cruce y seguí escribiendo. Yo buscaba y mezclaba cosas que había anotado con lo que piden los relatos. Los relatos siempre van pidiendo cosas que una tiene que inventar y poner. Los que escriban sabrán cómo es eso: empezar con algo real y que después el texto empiece a pedir cosas. Una va, si tiene suerte y se entrega, y no le pone oposición. No hace falta mucha voluntad: la única voluntad es poner el culo en la silla. Lo demás es una entrega más que fuerza de voluntad.

Muchas mujeres que escriben hablan de ese germen real que luego la escritura transforma. Lo real deriva en algo que quizá no pasó exactamente, pero sí es emocionalmente verdadero.

Sí. Termina saliendo algo que, aunque no haya pasado, da cuenta de la emoción que quedó en el cuerpo. Eso es increíble de la escritura. Es fabuloso.

En el libro hay momentos muy enternecedores y a veces dolorosos con tu hija que, ahora, tiene 31 años. ¿Cómo viviste esa integración de la hija ya adulta en la escritura?

Ella no vive en Argentina. Cuando vino a visitarme, yo había terminado el libro. Tenía que hacer un montón de trámites; siempre es muy acelerada. Entonces me subía al auto con ella: ella manejaba y yo le iba leyendo, porque quería leerle el libro antes de sacarlo. Le iba leyendo mientras ella hacía trámites. Anduvimos horas. Cuando llegamos a casa, me dijo: “Quiero que me sigas leyendo”. Se sentó y le terminé la novela en un día. Quería ver si a ella le molestaba. Las partes donde hablo de ella son las más autobiográficas. Y aún con el truco de la verdad emocional, aparece ese tema de la pelea con una hija.

No quería que sintiera vergüenza ni que pensara que estaba ventilando. Con mi madre lo hice, pero a mi madre nunca le pregunté. A mi hija, sí. Cuando terminé, me dijo: «Mamá, no somos nosotras. Es una madre con su hija adolescente. Esto podría aplicarse a muchas amigas mías con sus madres. Al contrario: me parece necesario». La quise mucho, la verdad. Ella escribe también. Ahora lo entiende: entiende de qué se trata transformar la vida en algo para compartir con otros.

La relación madre-hija es como una curva: cambia la velocidad, la trayectoria.

Sí. Mi hija me ha dicho cosas preciosas ahora que es grande, pero fue dificilísima de adolescente. Me decían: «Es que necesita separarse de ti; tienes que tener paciencia. Es muy importante que haga eso». Así que lo toleré. Y sí, dio una vuelta. A mi madre yo nunca la peleé… hasta que empecé a escribir. Ahí la peleé por todo lo que no la había peleado en la vida. Por madre.

Cuando escribes sobre tus experiencias también escribes sobre la gente que tienes alrededor. ¿Cómo recibe el círculo la escritura?

No sé, porque casi nadie leyó el libro todavía. Pero cuando lo lean, van a entender. Hay una anécdota que me hace mucha gracia. El carpintero, que es un personaje del libro, es un Frankenstein de un par de hombres que conocí, más alguna historia. Lo armé. Son escenas que viví, la mayoría. Cuando yo estaba empezando a escribir la novela, estaba saliendo con uno de ellos. Después no salí más. Él estaba aterrado de que yo algún día escribiera algo y que todo el mundo lo reconociera. Yo le dije: «No te preocupes porque nadie va a saber que eres tú. Solo tú vas a saber.

Cuando salió el libro —seis u ocho años después— me llama una amiga nuestra, que había leído el libro, y me dice: «Ay, leí el libro, qué lindo». Y después: «Estuvimos con fulanito. Yo le dije: ‘Qué raro, porque no estás en el libro’. Y él dijo: ‘Sí, yo soy el carpintero’». ¡Y no es carpintero! Ese era su gran terror: que alguien pensara algo de su sexualidad. Bueno… orgullosísimo de ser el carpintero. La gente es muy rara.

Pienso en el carpintero y pienso en el deseo como tema del libro: terco, insistente, casi un personaje más. ¿Qué descubriste del deseo en esa etapa?

Es muy distinto siempre. De jóvenes también somos distintas: qué nos enciende, por dónde queremos ir, qué trabas tenemos, qué mandatos… Es muy difícil la libertad para descubrir nuestra particularidad, y en la sexualidad, ni hablar.

Antes de la menopausia, en la perimenopausia, estaba muy sexual. Me sentía un poco así: como que se me acababa mi etapa sexual y que, antes de deformarme, debía pasarla bien. Una idea rara, no era consciente. Ahora lo exagero y me río, pero fue perturbador. Yo había vivido muy trabada, con una educación muy católica. Había tardado muchos años en desplegarme sexualmente, saber lo que quería, ser más expresiva. Siempre fue algo complicado.

Entonces en ese momento fue: «Es ahora o nunca. Esta materia me la llevo a marzo o la rindo ahora». Pero fue un rato. Creo que también era hormonal. Y después fue como: «Nada… ah, era verdad: se acabó para siempre». Unos años así, con alivio. Pasaban señores y yo: «No me interesa más». Y después volvió la libido, pero de una manera distinta, mucho más tranquila. No pasa por los mismos lugares. Todavía estoy descubriendo cómo es, pero es muy distinto y mucho mejor.

Lo lindo es que en algún momento pensé que no había nada por delante. Y ahora me doy cuenta de que hay un montón. Lo que pasa es que no sé de qué se trata. Antes no sé por qué pensaba que sí sabía. Como que de joven una cree que la identidad es siempre igual. Y, de repente, esa identidad se acabó. Ahora estoy viendo, y no está nada mal: no la estoy pasando nada mal.

¿Cambia más el cuerpo o cambia más la manera de mirarnos? ¿Se exagera el cambio del cuerpo o se acepta?

Nunca tuve buena relación con mi cuerpo. Eso sí lo cuento como algo de mucho desprecio que hoy me da arrepentimiento: no por ser joven, sino por haber sido ingrata. El desajuste con el cuerpo fue grande. Ahora sí diría que hay más aceptación. Me parece que lo que se ve es algo más profundo, trato de ver qué es eso más profundo. Por qué una mañana me levanto y digo: «Estoy bastante bien», y otra me siento un monstruo? ¿Qué es lo monstruoso para mí? Y me doy cuenta de que son cosas muy viejas, heridas.

Trato de mirar muy bien el tema de la ingratitud porque cuando empecé a sentir agradecimiento, algo cambió. Pero cuando te lo dicen desde afuera, parece ridículo. Pero cuando lo sientes de verdad, es un estado de gracia dar las gracias. Como si de repente te dieras cuenta de la belleza de la vida.

 

inés garland

 

Una mujer se despierta por las noches con mucho frío en los pies para, un rato más tarde, sentir un calor impúdico. Migrañas, cambios de humor, cólera, una lista de síntomas desordenados que no parecen responder a nada específico; el cuerpo se le vuelve desconocido. Los encuentros con los hombres y con otras mujeres parecen ahora signados por un desafío vital e inesperado, mudar la vieja piel.

Diario de una mudanza, el nuevo libro de Inés Garland, narra esa etapa de cambios en la vida de las mujeres atravesadas por mandatos atávicos. Aparece una nueva manera de leer y se revela una trama de escrituras propias y ajenas que da cuenta de los prejuicios, pudores, silencios, cegueras históricas y batallas en busca del sentido necesario para atravesar ese desafío. Este es el diario de una mudanza que arrasa con la vieja identidad y propone una vida inesperada.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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