«¿Cuántas veces te he dicho que no creas todo lo que oyes? Busca la verdad por ti misma»
Isabel Allende
Entre madres e hijas existe un diálogo que empieza mucho antes de las palabras: cómo nos miramos, qué heredamos, qué guardamos y qué preferimos transformar. Esa relación marca un puente entre generaciones y también nos enseña a reconocer el cuerpo y sus cambios.
Con esa mirada llegamos a la menopausia: un proceso biológico, pero también una experiencia cultural y emocional que rara vez se cuenta en toda su complejidad. Queremos hablar de ella sin dramatismos ni silencios, con claridad y con voces que piensan y escriben sobre lo que significa atravesarla. Porque lo que nuestras madres callaron o vivieron de un modo distinto, hoy nos toca revisarlo para poder decirlo en primera persona.
Salgo a la terraza con mi taza de té humeante. Sí, es agosto y la ola de calor aprieta, pero para mí el té siempre se bebe así, caliente, casi como un ritual. Me instalo en el sofá y comienzo a pensar en la menopausia; no recuerdo haber hablado con mi madre de este periodo, en ella ha pasado desapercibido, sin síntomas, sin calores ni añoranzas, pero soy consciente de que no es así para todas. Quiero indagar más: ¿qué sabemos de este periodo?
Con el ordenador sobre las rodillas, inicio la búsqueda en bases de datos científicas. Tecleo: menopausia, síntomas, tratamientos, psicología. Tal y como sospechaba, la bibliografía es escasa. Ni siquiera en la carrera dedicamos unas horas a explorar esta etapa vital dentro de la asignatura de Psicología Evolutiva.
Como ocurre con la mayoría de los problemas emocionales, los artículos se limitan a cifras y síntomas clínicos sin adentrarse en la vivencia subjetiva. Ofrecen recomendaciones generales, pero sin respuestas de fondo. Olvidan lo humano. La menopausia se presenta como una enfermedad que debe medicalizarse, tratada casi exclusivamente desde la medicina, y el psicólogo queda relegado a una especie de “remedio sintomático”. No me sorprende: lo mismo sucede con la ansiedad, la depresión, el duelo y tantos otros males del corazón, que terminan reducidos a etiquetas diagnósticas.
Decido cambiar el enfoque. La perspectiva médica solo me ofrece listados de síntomas. Esta vez escribo: origen de la menopausia, historia, antropología, sociedad. Porque la menopausia no es únicamente un fenómeno biológico: es un tránsito vital de la mujer, profundamente entrelazado con la cultura, las creencias y los valores de la comunidad en la que vive. El primer artículo que encuentro es una revisión exhaustiva sobre la influencia cultural en la menopausia. Tras un análisis minucioso, las autoras identifican dos miradas principales.
Por un lado, la biomédica la describe como un proceso patológico, una etapa deficitaria que exige un largo itinerario de medicalización. Por otro, la antropológica, la entiende como una construcción cultural, moldeada por el contexto histórico y social. Aunque la base sea biológica, el significado de la menopausia está teñido de ideas sobre feminidad, envejecimiento y concepciones médicas propias de cada sociedad.
El trabajo partió de una búsqueda inicial de 5.892 artículos; tras aplicar criterios de exclusión, solo 17 resultaron pertinentes. No es un hecho aislado: numerosos investigadores han advertido sobre la falta de estudios en este campo, una carencia difícil de justificar si consideramos que todas las mujeres que alcanzan la madurez atravesarán esta etapa.
Las conclusiones son claras: la experiencia de la menopausia varía significativamente según la cultura y debe abordarse desde un enfoque biocultural. Factores culturales, genéticos, históricos y sociales influyen directamente en cómo se vive. En sociedades occidentales, suele asociarse con la pérdida de fertilidad, el deterioro físico y la vejez, lo que alimenta el consumo de fármacos y productos destinados a mitigar síntomas. En contraste, en muchas culturas no occidentales, se vincula con un aumento del estatus social y personal, y con menor incidencia o intensidad de las molestias.
La mayoría de las investigaciones todavía se centran en mujeres de América y Europa, aunque crece la inclusión de estudios sobre Japón, Oriente Medio y diversos grupos étnicos. La evidencia acumulada confirma algo indiscutible: la menopausia no es una experiencia universal, sino un fenómeno moldeado por la cultura y la historia de cada sociedad. La idea empieza a perfilarse. Y, en este viaje de curiosidad, me pregunto: ¿cómo se ha vivido la menopausia a lo largo de los siglos? ¿Siempre fue vista como algo negativo, o esa percepción es una invención reciente?
Imaginemos que subimos a una máquina del tiempo. Quiero asomarme a distintas épocas y escuchar qué decían nuestros ancestros sobre este momento vital. Al retroceder en el calendario, encuentro un artículo que rastrea la evolución histórica del concepto de menopausia. Desde los tiempos de Hipócrates y Aristóteles hasta el siglo XXI, esta etapa ha estado envuelta en una visión cargada de peligro, amenaza, pérdida y decadencia. Las ideas actuales no son, por tanto, del todo nuevas: llevan siglos gestándose.
La palabra “menopausia” no apareció hasta el siglo XIX, cuando el médico francés Gardanne la introdujo. Sin embargo, mucho antes, en la Grecia y Roma antiguas, ya existían explicaciones —y prejuicios— al respecto. Una teoría muy extendida sostenía que “el flujo menstrual desaparece porque el cuerpo de la mujer lo acumula en su interior”. Según esta creencia, las toxinas que antes se expulsaban quedaban retenidas, dañando el cuerpo desde adentro.
De ahí surgieron mitos inquietantes: se decía que la mujer posmenopáusica era la más apta para lanzar maldiciones. Esta idea del “veneno interno” y la asociación del cese menstrual con fuerzas malignas sobrevivió hasta finales del siglo XVIII.
Con la Ilustración y la expansión de la sociedad industrial, la mirada cambió… pero no necesariamente para mejor. La mujer era vista como reproductora, y por eso “útil” a la sociedad. Al llegar la menopausia, con el fin de su capacidad reproductiva, se interpretaba como el cierre de su “vida productiva”. Algunos médicos franceses empezaron entonces a buscar métodos para retrasar o evitar este momento, inaugurando la medicalización de la menopausia.
A finales del siglo XIX, ciertos textos la describían como “una gradual desaparición de la gracia femenina que culminaba en enfermedades mentales, irracionalidad patológica, melancolía, tendencia a la bebida y formas menores de histeria”.
El siglo XX tampoco fue más compasivo. La menopausia siguió asociándose a la pérdida, la tristeza y el deterioro. La medicina oficial asumió una conexión directa entre la ausencia menstrual y los problemas emocionales. A partir de ahí, se promovió la terapia de reemplazo hormonal, no solo como tratamiento médico, sino como promesa publicitaria: la de una “mujer rica en estrógenos, siempre joven, atractiva y sexualmente activa”. Un eslogan que, de una forma u otra, nos sigue acompañando.
Pero la menopausia no es solo cuestión de hormonas. Factores como el trabajo, la estabilidad económica y la relación de pareja influyen profundamente en cómo se vive esta transición. Estudios confirman que las mujeres con buena autoestima y satisfacción vital experimentan menos síntomas que aquellas que arrastran tensiones o frustraciones.
Un estudio en Ceuta lo evidenció: las mujeres con menor nivel socioeconómico valoran peor su calidad de vida, tanto física como emocional. Esto demuestra que los síntomas no dependen únicamente de lo que ocurre en el cuerpo, sino también del contexto en el que se transita.
¿Por qué aparecen los cambios emocionales en la menopausia? Hay varias hipótesis. Una plantea que el estrés crónico puede alterar los niveles hormonales y afectar el estado de ánimo. Otra sugiere que las preocupaciones laborales, económicas y familiares propias de esta etapa pueden intensificar la ansiedad, la tristeza o la irritabilidad. Y surge entonces una pregunta clave: ¿la menopausia agota a las mujeres o coincide con un momento vital tan denso que el cansancio se confunde con sus síntomas? ¿La disminución de estrógenos provoca depresión, o esta surge de no aceptar los cambios que trae consigo el paso del tiempo y el adiós definitivo a una juventud que no vuelve? En realidad, la menopausia es un cruce de caminos entre lo biológico, lo social y lo emocional. Mirarla desde un solo ángulo es quedarse con un relato incompleto.
Tras este recorrido, me pregunto dónde quedaron las voces de las mujeres: sus vivencias, sus experiencias, sus opiniones. Me cuestiono cómo afrontaremos esta transición nosotras, cargando con un peso bio-socioeconómico sobre los hombros. Esto, de algún modo, me recuerda a la obsesión por el culto al cuerpo: se nos insta a mostrarnos libres de complejos, a naturalizar nuestra imagen, pero detrás de esa consigna hay intereses económicos que alimentan la insatisfacción con los cuerpos no normativos. Y si no conseguimos resistir esta presión capitalista, volvemos a ser las responsables: “Mujer, deberías tener la autoestima suficiente para luchar contra esto”.
Echo en falta los relatos personales que cuenten la experiencia íntima: la mujer que deseaba ser madre y, con la llegada de la menopausia, sabe que ese sueño no se cumplirá; la que se imaginaba en una situación distinta a la que vive; la que cuida a ancianos o hijos con necesidades especiales; las que atraviesan matrimonios desgastados que ya no pueden salvar; las que, en lo laboral, sienten que han quedado fuera del mercado y que es tarde para reinventarse.
Quizá exista un componente biológico en la menopausia, pero olvidamos que, muchas veces, la tristeza, el cansancio, la ansiedad o la depresión están vinculados a un momento decisivo de la vida. Tal vez nos toque detenernos y pensar qué cambios necesitamos para atravesarla de otra manera.
Mónica Montserrat es Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria.
Puedes encontrarla en monicamontserrat.com y en CETEBREU (Diagonal, 628 – Local 4, Barcelona)






