«La maternidad es como el tamarindo: o es agridulce o no es». La frase aparece en Wishbone (Random House, 2026), pero podría resumir también la manera en que la escritora Laia Jufresa (Ciudad de México, 1983) entiende la literatura: un lugar donde las contradicciones no se resuelven, sino que conviven. Diez años después de Umami (Random House, 2015), la escritora mexicana regresa con una novela que desafía la linealidad del tiempo para preguntarse qué ocurre cuando una desaparición, una maternidad o una decisión parten una vida en dos.
Jufresa es autora también del libro de cuentos El esquinista, del álbum ilustrado La apuesta y de Veinte, veintiuno, una obra de no ficción escrita durante la pandemia. Vive en Edimburgo, donde cría a su hija y dirige Escribir es un lugar, una comunidad para escritoras hispanohablantes de todo el mundo. Pero la biografía de Laia Jufresa apenas explica su literatura. Desde hace años escribe entre países, entre lenguas y entre formas de pertenecer. Ha construido una obra donde la migración no es solo un desplazamiento geográfico, sino también una forma de mirar; donde el duelo, la identidad, la creación artística y las vidas que no llegamos a vivir se entrelazan sin aceptar nunca respuestas sencillas.
Conversamos con ella sobre el lector como cocreador de la novela, sobre el placer de escribir libros que exigen tiempo y atención, sobre las familias que inventamos cuando emigramos, sobre las desapariciones que atraviesan la sociedad mexicana y sobre esa intuición de que quizá una sola vida nunca agota todas las vidas que podríamos haber vivido.
Como persona que lee para preguntar y que también escribe, encuentro complicadísimo lo que has hecho escribiendo esta novela: es una historia compleja, con infinidad de matices, con cierta densidad y, a la vez, muy equilibrada, que exige al lector un esfuerzo para no irse por las ramas. ¿Cuál es el esfuerzo que ha exigido de ti equilibrar toda la complejidad de lo que acontece en Wishbone?
Son diez años de trabajo. Sí, es un libro muy denso: tuve que quitar doscientas páginas, lo cual fue dolorosísimo; pasé todo el 2023 cortando, pero aprendí muchísimo sobre escritura, sobre mí y sobre lo que el libro necesitaba ser. Para mí es muy importante la idea del contrato con el lector, sentir que yo hice todo este esfuerzo para darle un libro al que no le sobra nada y jugar juntos. La idea del lector como cocreador para mí es muy importante. Vivimos en un mundo donde cada vez somos más pasivos: estamos recibiendo y haciendo scrolling continuamente. Para mí, la lectura es como un juego de pistas, un rompecabezas que el lector va a armar. Lo que no quiero es que sea una lectura donde te tropiezas; para mí es muy importante construir un barquito y que el lector se suba y que confíe, pero también tiene que estar haciendo hipótesis y pensando.
Era importante para mí hacer algo muy distinto en la estructura, que va al revés. La estructura del libro es un wishbone, dos historias que se juntan. Y, por otro lado, también con la desaparición de una mujer joven, que es un tropo literario gastadísimo, además, por supuesto, de una tragedia humanitaria terrible; cómo hacer algo realmente distinto con eso era parte del reto.
¿En qué momento aparece la imagen de ese hueso que, además, se utiliza para pedir deseos?
Cuando empecé a escribir el libro, lo estaba escribiendo como dos libros separados; era un libro que se podía leer de dos lados. Me di cuenta de que eso no me lo iban a publicar y me puse a buscar una estructura. Me puse a pensar cómo encontrar una estructura donde las vidas de estas dos mujeres puedan caber en vez de estar dándole la vuelta. Y un día estaba nadando en el mar y tuve la idea de esta estructura y por cinco segundos pensé: «Wow, esto es genial, nadie lo ha hecho, voy a contar la historia hacia atrás». Y estaba nadando así en Sicilia y salí a la playa y dije: «Ah, alguien lo ha hecho, yo lo he hecho». Porque mi novela Umami también va para atrás. Lo que pasa es que en Umami no me atrevía a ir solo para atrás, sino que cuando ya estaba todo escrito, lo corté en pedacitos, jugué Tetris y lo acomodé en un ir y venir. Wishbone era como una deuda con mi inconsciente.
¿Crees que podemos vivir más de una vida dentro de la misma vida?
Creo que por eso escribo, que por eso leemos, que por eso hacemos arte en general. Mis personajes son, sobre todo, creadoras que están buscando otras vidas. Para mí era una frase constante, pensando en los personajes de este libro: la frase en inglés «The grass is greener» —habitualmente expresado como «the grass is always greener on the other side», un conocido refrán en inglés equivalente al refrán en español «la hierba del vecino es siempre más verde»—, esta idea de desear siempre lo que no tienes, que te está siempre sacando de tu presente. Mi comunidad para escritoras se llama Escribir es un lugar porque yo pienso en la escritura como un lugar al que te metes. Pero claro, yo a veces estoy tan metida en ese lugar dentro de mí que no estoy donde estoy.
El tema de la desaparición y el tema de la maternidad sí eran cosas que me interesaba trabajar, pero no como temas, sino desde los personajes. Y en particular, con las desapariciones, me importa mirar lo que no solemos mirar. Por otro lado, se habla mucho de las madres buscadoras y a mí también me interesaba qué pasa con los hermanos, qué pasa con otros familiares que van a cargar esta extraña pérdida que no es una muerte, sino otra cosa, toda su vida, pero también tienen derecho a hacer su vida.
El duelo es uno de los grandes temas de tu libro. Que en México desaparezca una persona cada 90 minutos y que muchas escritoras mexicanas hablen de esto indica que hay una inquietud generacional por dar mayor visibilidad, porque es conveniente y responsable sacar a la luz. ¿Cómo concibes el duelo en relación con el tiempo en Wishbone?
Wishbone habla del duelo por una desaparición. Esa indefinición del dolor, la esperanza, creo que probablemente es mucho más confusa todavía que perder a alguien que sabes que murió. Para mí también es muy importante siempre, en todo mi trabajo, poder abarcar dicotomías. Casi lo que más me interesa es poder entender que estamos en duelo, pero estamos vivos y entonces también reímos y también bailamos. Esa era la metáfora en Umami, de este sabor donde estás que no es ni salado ni dulce y no es ni duelo ni alegría, sino algo en medio, y por eso me permito hacer libros que son muy divertidos también, aunque sean sobre el duelo. Fuera de la desaparición, que sí es algo en lo que pienso, estoy simplemente siguiendo al personaje y tratando de ver sus modulaciones y cómo pasa de la risa al llanto, tratando de provocar eso en el lector, sobre todo.
Tus personajes viven entre idiomas distintos, en ciudades distintas y hasta en versiones distintas de sí mismos. Esa migración, ¿produce inevitablemente alguna forma de desdoblamiento?
Sí, por supuesto. No sé si lo pienso como desdoblamiento o lo pienso como un ensanche. Hay un grupo de lazos que se observan durante varias décadas: son amistades, relaciones de amantes y todos esos lazos están partidos geográficamente y, a veces, por mucho tiempo también. Es algo con lo que los migrantes vivimos mucho. La gran mayoría de los lazos se terminan cuando ya no estamos compartiendo un tiempo y un espacio, pero hay lazos que no, y esos son los que me interesan. Y creo que esa mirada sí viene de mi ser migrante.
Hay algo muy bello en cómo tus personajes crean familias tentaculares, que no son necesariamente ni biológicas ni estables. ¿Cómo piensas la familia?
Es una relación muy ambigua porque yo adoro a mi familia, creo que me hicieron mucho quien soy, pero en realidad hace décadas que no vivo cerca de ellos. Mi tío abuelo es museógrafo; es un personaje en el libro y él me sembró un amor por los museos —no solo a mí, sino a mi mamá, que empezó a trabajar con él a los dieciséis años y luego a mí—, pero en realidad no es alguien con quien yo pudiera pasar tanto tiempo fuera de los años que viví en la Ciudad de México. Mi familia, la sólida, la que me dio una base muy fuerte, es un recuerdo, sobre todo. Como he vivido en tantos lados, siempre estoy construyendo pequeñas microfamilias donde voy.

En Oaxaca, Tor Sima ha creado un museo dedicado al color. En Edimburgo, Vica Luft trabaja como secretaria y cría sola a su hija. Comparten una herida, un amante y una curiosa devoción por los pulpos. Lo que las une no es una anécdota, sino una corriente subterránea que atraviesa años y geografías.
A lo largo de dos décadas y siete ciudades, Wishbone retrocede en el tiempo para indagar en lo que permanece y en lo que se pierde. La maternidad y sus ambivalencias, la amistad como refugio y como tropiezo, la tensión entre el arte y la supervivencia. La parte de nosotros que se extravía cuando un ser amado desaparece y los lazos tentaculares que tejen las familias que elegimos.
Onírico y preciso, lúcido y vibrante, Wishbone es un hechizo narrativo que se despliega en un elenco de personajes irresistibles, una estructura que desafía las convenciones de la narrativa y una revelación final impactante. Con esta novela, Laia Jufresa se consolida como una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea.






