Cuando mi hija mayor tenía alrededor de nueve meses y llevaba un tiempo ya reincorporada al trabajo, tuve una depresión posparto. Seguía dando el pecho; mi hija no dormía más de dos horas seguidas por las noches y no admitía chupete ni biberón, así que utilizaba mi teta como coletilla para dormirse. Tenía un llanto agudo e intenso que llevó a angustiar a sus abuelas y a algunos vecinos, que se asomaban por sus ventanas por las noches. Las semanas pasaban y yo no conseguía conciliar el sueño más de dos horas seguidas, tampoco mi pareja. Me sentía agotada y vacía, atrapada entre un trabajo que, en ese momento, resultaba algo alienante y una crianza aislada (mis amigas no eran madres y todavía no había conocido a mis futuras comadres). Pero, sobre todo —ahora lo puedo escribir o decir en voz alta—, me daba miedo mi hija y pensaba que no tenía herramientas para manejar la situación. Sentía que me desbordaba todo, que iba a estar en este agujero de sueño interrumpido y cansancio toda mi vida.
Como buena neurótica, mi idea de que allí afuera había alguien que podría explicarme qué le pasaba a mi bebé y mostrarme la receta mágica para el descanso me incitaba a repasar obsesivamente mi Instagram en busca de alguna gurú de la crianza respetuosa o asesora de sueño que me daría los tres tips definitivos para que mi hija, por fin, durmiera más horas durante la noche. Con el paso de los días, el algoritmo no paraba de ofrecerme vídeos de madres exitosas en su labor de criar que yo escrutaba con envidia y ansiedad. Al final, después de un tiempo, decidí desinstalar Instagram: estaba tan obsesionada con que alguien me dijera lo que tenía que hacer, que me había desconectado de la vivencia singular de mi hija y de la mía propia.
Algo parecido, aunque mucho más liviano, me pasó hace unos meses. Con la llegada de mi segunda hija, mi pareja y yo volvimos a hablar de las tomas y la digestión de la bebé. Y otra vez mi Instagram se llenó de cientos de reels sobre cómo identificar un frenillo corto, el agarre del pecho o qué hacer en caso de reflujo y cólicos. Profesionales de todo tipo (asesoras de lactancia, pediatras, enfermeras, fisioterapeutas infantiles) se colaban por la pantalla de mi móvil en el sofá de mi casa con diferentes respuestas “expertas” a nuestras dudas y conversaciones privadas. Esta vez yo no había pedido toda esa información; la niña engordaba y yo estaba más o menos tranquila. Pero tanto contenido me abrumaba, me hacía sentir que no estaba (in)formándome lo suficiente y que, por tanto, no era una buena madre: si tienes ahí mismo las respuestas, ¿por qué no quieres incorporarlas para hacerlo mejor?
Empecé a hacer una captura de pantalla de los reels o posts que me sugerían las redes sociales y me generaban algo de ruido, incomodidad o hasta malestar. Algunos eran anuncios de pañuelos portabebés bajo el título de “Conexión y productividad: todo en uno”, cuya propuesta era poder estar conectada a tu bebé y, a la vez, mostrarte productiva —la madre en cuestión pasaba la aspiradora, ¡como si un bebé se durmiese con el ruido de una aspiradora cerca!—. También había publicaciones que exclamaban: «¡Cuidado con esto! Estás haciendo que tu bebé haga siestas cortas» con un alarmismo exagerado. Hasta un día me salió el anuncio de una aplicación que comenzaba con la imagen de una madre con gesto alicaído y un texto que decía: «Siempre estaba agotada y estresada…», que vendía la posibilidad de volcar tus datos y fabricaba una tabla personal a tu medida para ordenar las rutinas de comida, sueño y autocuidado. Una aplicación que te enseñaba cómo criar, vaya.
Hacer una foto de todos estos mensajes que me salían a borbotones me permitía, de alguna manera, capturar esos discursos y que ellos no volvieran a capturarme a mí. Como un ejercicio de psicomagia, el hacer ese clic con los dedos en el móvil me ayudaba a distanciarme de ellos y poder objetivarlos como producto de un momento histórico determinado: el de un capitalismo salvaje que se nutre de nuestros mayores deseos y nuestros mayores miedos. Filósofas como Sara Ahmed o Florencia Sichel nos hablan de este giro afectivo del capitalismo neoliberal contemporáneo, donde las emociones están en el centro de la economía y las nuevas plataformas organizan la vida afectiva mediada por una nueva cultura que, como dice Harkous, es «terapéutica, visual, gerencial y, por supuesto, algorítmica». En mi caso, todo esto está declinado perfectamente en los contenidos sobre maternar que me encuentro en mi móvil todas las mañanas.
Con esto no quiero decir que todas las redes sociales sean malas en sí. Bienvenidos sean los tips, la creación de contenido, la buena divulgación, las personas que nos hacen reflexionar y generan buenas preguntas. Reivindico la ambivalencia de una herramienta social, las redes, que puede tener múltiples usos sociales y que en sí no es nociva. Me gustan y me relajan muchísimo, por ejemplo, memes donde las madres bromean sobre su maternidad real y las diferentes fases de crianza. Mi favorito es uno que va enlazando caídas imposibles de esquí acuático mientras enumera en cada foto las diferentes fases de la crianza, hasta que luego decides tener el segundo hijo y todo vuelve a empezar, pero más salvaje. También me gustan los reels de madres tomando vinos en copas gigantes los viernes por la tarde. Pero me pregunto: ¿Cómo hemos pasado, en pocos años, de utilizar redes como Facebook o grupos de WhatsApp para crear grupos de apoyo colectivos a consumir contenido de manera individual a través del cual unas “expertas” nos dan información y consejos de crianza? De espacios virtuales que proveían el apoyo social que las madres podríamos no encontrar en nuestras redes presenciales, y que podían hasta constituir escenarios contrahegemónicos frente a las maternidades y la crianza más tradicionales, hemos pasado a algoritmos insaciables que utilizan nuestras preocupaciones y anhelos para avasallarnos con imágenes y discursos que a veces es difícil incorporar de manera tranquila, sosegada, con sentido común. Y, no lo olvidemos, monetizando todo ello.
¿Qué tipo de maternidades estamos encarnando con todos estos discursos expertos? ¿Estamos siendo padres y madres o nos estamos convirtiendo en expertos de crianza? ¿Es ser madre o ser padre un oficio del que hay que formarse, o es un estado vital que implica estar presentes sin saber, sostener —a veces, con angustia— el crecimiento y la vida de otro ser humano? ¿A ser madre se aprende? ¿Ser madre se vive? Detrás de estas maternidades hiperconscientes a veces hay discursos que, en vez de liberarnos, nos generan más exigencia. Embarcada en la búsqueda de testimonios de otras madres que me ayudaran a entenderme a mí misma, encontré El pasillo de la Duda: Estudio sobre crianza contemporánea y redes sociales. Tensiones y emociones, un estudio de 2024 que es contundente en sus conclusiones: «La suma de tener toda la información disponible y la sensación de no llegar nunca a controlarlo todo está haciendo que la crianza contemporánea se viva con más presión que en etapas anteriores (…). Así, el sentimiento de responsabilidad, duda, confusión y juicio externo acaba restando espacio al disfrute del camino de criar».
Tengo la sensación de que engullimos contenido sobre crianza sin darnos cuenta, tratando de digerirlo luego y, a veces, como cuando nos pasaba de pequeñas con la comida, se nos hace bola. Porque no llegamos, literalmente, a poder hacer todo lo que nos muestran. Pero también por la imposibilidad que tienen muchos de estos discursos de incorporar o contemplar tres aspectos de la vida que parece que en este capitalismo neoliberal y ecocida se nos quiere hacer olvidar. El primero es la singularidad de cada bebé, porque tu bebé es único y va creciendo en un contexto particular, propio, con su propia construcción de su subjetividad. La segunda es la contingencia de las cosas que pasan o suceden y que podrían no pasar, o que acaban pasando y que no tienen mucha explicación o dependen del azar. La tercera es el contexto social, donde la clase social, la biografía familiar de los padres y madres, cuestiones de género o los diferentes entramados culturales también desaparecen. Dile a una mujer cobrando el salario mínimo que haga BLW tal y como lo plantean algunas expertas y pueda tener tiempo para limpiar, espacio en la cocina para que su bebé “explore la comida” o dinero para ver cómo el bebé chuperretea durante 45 minutos un brócoli y luego lo tira, pero no come nada. Esa madre solo siente que no llega a lo que está bien, que no está criando de la mejor manera, que no está dando lo mejor a su hija.
¿Cómo volver a acercarnos a una maternidad más libre, compartida, colectiva, entrelazada con la vida cotidiana? ¿Cómo convertir de nuevo estas aplicaciones en espacios potenciadores de encuentros y redes reales, acompañamiento y apoyo mutuo, sin caer en la monetización, el algoritmo, la soledad y la exigencia? Y fuera de la pantalla: ¿por qué se nos hace tan difícil apagar el móvil un ratito, levantar la mirada, mirar a tu vecina, juntarnos con otras madres o amigas? El gran reto, probablemente, está ahí. Porque maternar debería poder vivirse como una experiencia comunal y no como otro bien de consumo más.






