No hay relación más compleja que la que une a madres e hijas y sobre esto se han escrito libros maravillosos en los últimos años —por ejemplo, y en otro registro, que es el del ensayo, Hijas horribles de Blanca Lacasa—. Este melón que sentíamos tan necesario abrirse, quizá por la necesidad de explicarnos y, sobre todo, por la necesidad de liberarnos de las culpas, seamos madres o hijas, está acogiendo propuestas literarias realmente interesantes, novedosas y necesarias. Una de ellas es Mis fantasmas (Sexto Piso, 2024, aunque originalmente publicado en Reino Unido en 2021). En Mis fantasmas, la escritora Gwendoline Riley (Londres, 1975) aborda con maestría la compleja relación entre Bridget y su madre, Helen. A través de un relato que viaja en el tiempo, hacia los recuerdos de la infancia y desde la madurez, Riley explora la complejidad —en ocasiones perplejidad— de las relaciones familiares, sus conexiones y su inevitable influencia. Llena de vacíos donde surgen ecos, Mis fantasmas no es una lectura complaciente, sino que interpela constantemente, desprovista de sentimentalismos y con gran carga introspectiva.
Gwendoline Riley publicó su primera novela, Cold Water, a los veintitrés años. Desde entonces ha escrito un libro de relatos y otras cinco novelas, por las que ha obtenido premios como el Betty Trask Award, el Somerset Maugham Award y el Geoffrey Faber Memorial Prize. A lo largo de su carrera ha sido nominada a otros prestigiosos galardones como el Folio Prize, el Dylan Thomas Prize y el Women’s Prize for Fiction. En 2018, The Times Literary Supplement la escogió como una de los veinte mejores novelistas británicos e irlandeses en activo. Mis fantasmas es su última novela.
Los personajes de tu novela parecen estar atrapados en dinámicas familiares destructivas. ¿Cuál fue tu motivación para explorar este tipo de relaciones tan tensas y, en ocasiones, dolorosas?
Me parecía un buen terreno para una novela. La forma en la que me vienen las novelas es, normalmente, a través de una imagen en lugar de un plan. Tengo la imagen de una madre sola en su habitación, peinándose, y una hija mirándola mientras se atusaba con una espuma de cabello que muchas madres inglesas usaban en los años 80, estrujándose el pelo con las manos. Había algo neurótico en esa imagen. La novela creció a partir de ahí, de la mirada de la hija y del acto un poco neurótico de la madre.
Bridget y su madre mantienen una relación difícil, pero también parece haber una especie de amor incuestionable (o una relación de dependencia) entre ellas. ¿Cómo equilibras esa mezcla de afecto y resentimiento en sus interacciones?
Tienen una relación muy peliaguda entre ellas, se antagonizan mutuamente. Son mujeres muy distintas, con vidas muy distintas. No sé si es el amor lo que las mantiene unidas o si es la costumbre. Se ven con poca frecuencia, pero con cierta regularidad. Como escritora, es muy difícil escribir una relación incómoda de este tipo porque quieres hacerla vívida, pero tampoco quieres que la novela sea asquerosamente desagradable. Entonces, conté la historia de su relación mediante un encuentro que tienen anualmente, en ocasión de los cumpleaños de la madre. La hija quiere que sea un momento agradable para la madre: intenta llevarla a restaurantes que piensa que le van a gustar pero, como ocurre cuando tienes poca suerte, a menudo, no sale del todo bien.
El estilo sencillo, directo y falto de ornamentos de tu escritura ha sido elogiado en varias de tus obras. ¿Qué papel juega este enfoque en la representación de las emociones y las relaciones humanas en Mis fantasmas?
Siempre me sorprende lo mucho que puedes hacer con pocas palabras. Ojalá pudiese decir que eso significa menos trabajo para mí, pero no es así. Nunca he escrito con mucha floritura. En mis primeras novelas, que escribía con veintipico años, sí había un interés romántico o poético, pero ahora en los cuarenta eso ha cambiado. Este estilo se prestaba mucho a este tipo de novela con personas que no dicen mucho, que no revelan mucho acerca de quiénes son. Para mí ha sido un ejercicio para ver cuánto podía hacer con muy poco: me he sentido muy satisfecha al darme cuenta, en las primeras líneas del libro, que contiene la palabra «nada» varias veces, algo que no ha sido intencionado, pero que funciona.
Bridget, en la segunda parte del libro, intenta desentrañar el enigma que, para ella, es su madre. ¿Crees que, en la vida real, es posible resolver las tensiones con nuestras madres/padres? ¿Es posible cerrar las heridas o siempre quedan, de alguna manera, abiertas?
Lo mejor, y lo digo con mi sabiduría infinita —risas—, es que cada uno sea sí mismo y siga adelante. Sin embargo, en mi novela, Bridget no posee esta sabiduría, por lo que sigue intentando relacionarse con su madre a pesar de la frustración que le provoca una mujer que, de forma perpetua, está insatisfecha. Es increíblemente difícil lidiar con una persona así.
Con frecuencia se te compara con autoras como Rachel Cusk o Sally Rooney, en cuanto a plasmar la complejidad de las relaciones familiares. ¿Te sientes identificada con esta comparación? ¿Cuáles son tus influencias literarias?
Siempre siento un cierto tipo de solidaridad con otras escritoras, me gusten sus libros o no, porque sé cómo es sentarse delante del ordenador a diario a escribir, y hay un ángulo un poco diferente cuando eres mujer. La influencia es una cosa extraña: me encantaría que los escritores que me encantan me influyesen más de lo que lo hacen. Me interesa mucho lo que la literatura puede causarnos: libros antiguos, nuevos, poesía, no ficción… todo. Por qué tienen uno u otro efecto, por qué me transporta tanto una historia como para que no me haya dado cuenta de cómo se ha escrito. Abrir un libro, mirar las formas, los bloques de texto… Me encantan Chéjov y Dickens. En mi mente creo que se puede ver la influencia de ambos en este libro, no creo que necesariamente tengas que buscar otra mujer contemporánea para una comparación.

Helen Grant siempre ha sido un enigma para su hija. Bridge apenas conserva recuerdos de sus padres antes del divorcio, pero intuye que aquellos años de matrimonio fueron decisivos para moldear una personalidad que a ella se le antoja incomprensible. En la plenitud de su vida y su carrera, Bridge afronta una relación hostil con su madre, a la que apenas ve una vez al año. Aunque es consciente de que Helen siempre ha dejado mucho que desear como figura materna, Bridge pretende tirar del hilo y entender —o quizá simplemente hacer entender a su madre— por qué las cosas nunca terminaron de funcionar entre ellas.
Con un sentido del humor y una clarividencia deslumbrantes, Mis fantasmas es un acertadísimo retrato de ese vínculo fascinante y excepcional que une —y desune— a madres e hijas, y que, como en el caso de Helen y Bridge, oscila entre lo frustrado y lo frustrante, el cariño y la crueldad, la ternura y el rencor mutuo. El logro genial de Gwendoline Riley es brindarnos una voz única e irrepetible que, no obstante, representa a infinidad de mujeres, una voz de una potencia capaz de sacudir los cimientos de la siempre compleja relación entre una madre y una hija.






