© María Elgassi

LUCIANA DE MELLO: MATERNIDAD, CUERPOS Y FRONTERAS

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Es jueves, dos de octubre, por la mañana. Por la tarde estaba planeado que Luciana de Mello (Buenos Aires, 1979) presentara su Mandinga en Madrid. Pero la Global Sumud Flotilla ha sido interceptada por el ejército israelí y sus tripulantes, detenidos. Este hecho, como para una clamorosa mayoría, no es baladí para la escritora, guionista y periodista afroindígena, que decide suspender el acto programado en Madrid para acudir a la manifestación en apoyo a la flotilla solidaria. «No estamos para hablar de libros hoy. Si vamos hoy a alzar una palabra o a nombrar una voz, tiene que ser una voz que venga de Gaza. No hay lugar para otra cosa, no podemos hoy hacerle lugar a otra cosa. Este asunto me atraviesa mucho, sobre todo, viniendo de Latinoamérica, donde la realidad de Medio Oriente parece ser un cuento de las mil y una noches. La conversación ha tardado en llegar, sobre todo, a Argentina, un país con una población muy grande que apoya al sionismo, con un lobby sionista gigante. Recién ahora, este genocidio avanzado está empezando a mover a los intelectuales de izquierda, muchos callados todavía, a pronunciarse y a llamar a esto un genocidio». La presentación de su libro se pospone al domingo, y el domingo se celebra en Sudakasa.

Con de Mello sostengo una conversación íntima y profunda sobre las complejidades de la maternidad —tiene dos hijos de 19 y 10 años—, el feminismo y la identidad cultural. No la conocía antes de la publicación de Mandinga, hace pocas semanas, en la era Gabriela Wiener que ha rebautizado la colección Caballo de Troya: ahora es Yegua de Troya. Para entrevistarla, además de leer, buceé por varias entrevistas suyas. Di con un par que me sorprendieron —qué ingenuidad—, en la que sendos presentadores no dudaron en interrumpirla para explicarle su propio libro y sus inquietudes.

Mandinga habla desde la voz de una joven que regresa a Rivera/Santana do Livramento —“ciudad sin orillas”— para colarse en las grietas de su historia familiar: una huida antigua, un tío prófugo, una casa donde el amor y la humillación aprendieron a bailar juntos. En ese borde poroso entre Uruguay y Brasil, la lengua se mezcla —español, portugués, portuñol— y el cuerpo busca un diccionario propio. La novela atraviesa la precariedad, la educación sentimental y la violencia íntima —incluido el abuso— sin morbo ni concesiones. Lo materno se presenta como herencia y como herida; la soberanía aquí es una lengua propia —y el silencio, una decisión.

 

¿Qué es para ti lo mejor y lo peor de tu experiencia como madre?

Lo mejor ha sido la nueva lente que me dio para mirar mi relación con mi madre y mi ser hija. Esa mirada cambió con los años: no es lo mismo cuando parí que ahora. La maternidad me permitió salir del eje de “plenamente hija”, dar otra dimensión a ese vínculo único, intenso y —a veces— siniestro, en el sentido de cuando lo familiar se vuelve extraño. Me obligó a acercarme a mi madre de formas distintas, a hacerme preguntas. Lo peor es la sensación de que la maternidad te come. No es solo un vínculo: es un modo de estar en el mundo, una tensión permanente. Un título irrenunciable al que a veces querría renunciar para poder poseerme por completo, improvisar, no estar aferrada a lo material que determina el día a día.

En varias entrevistas vi a compañeros periodistas en Argentina que te interrumpían mientras tú respondías a sus preguntas y hablaban por encima de ti. ¿Cómo llevas esos momentos?

El periodismo masculino suele ponerse en primer plano: cortarte la frase, marcarte el tiempo. Eso existe y convivimos con eso. Además, la novela propone una lectura incómoda: el abuso sexual infantil atraviesa el libro —no está en primera plana, pero es constitutivo— y eso genera reticencias, sobre todo en lectores varones. Me han dicho que “no dejo a ningún hombre bien parado”. No sé qué esperan: no escribo ciencia ficción. Esa es la riqueza también de la creación artística: se pueden generar cruces y diálogos de lo que también es real en mi vida ciudadana. Yo tengo un posicionamiento claro sobre estas temáticas difíciles. Ayer, un periodista me preguntaba, me hablaba sobre el personaje pedófilo de mi novela. Me decía: «Bueno, se entiende que él también sufre». Y yo digo que, como Luciana de Mello, autora de este libro, no me interesa entenderlo, no me interesa su sufrimiento. 

En Latinoamérica, tu libro se publicó como Mandinga de amor. En España, con la edición de Gabriela Wiener para Yegua de Troya, es Mandinga. ¿Por qué el cambio de título?

Quisimos rebautizar el libro. Con el tiempo fui tomando más conciencia de la novela que había escrito. Mandinga de amor es un verso de una samba de Vinicius que me encanta, y el tema del amor —sus límites y formas— está en la novela. Pero al quitar “de amor”, y tras tocar bastante el texto —sobre todo el final y, también, el portuñol—, la palabra Mandinga abría mejor el campo simbólico. Mandinga de amor sonaba más a culebrón para quien no hubiera leído el libro. La palabra viene de los mandingos, de una región del África occidental donde mucha gente fue capturada y esclavizada en Brasil. Mandinga se usó con connotación negativa, asociada al demonio: en el Río de la Plata, “cosa de mandinga” es “cosa del demonio”. Pero mandinga también es fechizo (en portugués feitiço): un hechizo para cerrar el cuerpo frente a los males, muy conectado con el desenlace de la novela y con las religiones afro-brasileñas, como la umbanda. Además, “mandingo” se dijo del hombre muy afeminado, con lo femenino a la vista. Es una palabra híbrida, cruzada por historia y continentes. Por eso me iba mejor.

¿Cuál fue el germen de la historia? ¿Qué imágenes te empujaron a escribir?

La frontera Uruguay–Brasil, de donde viene mi familia. Fui pocas veces y muy de niña, cuando armamos el archivo de imágenes y sensaciones antes de poder nombrarlas. Recuerdo calor, confusión, una forma de familia muy de la tierra, todos juntos, ritos de celebración y paso. Llegaba gente a Buenos Aires con portuñol, hablaban “en secreto” hasta que lo entendimos y ese idioma se hizo carne: palabras que no eran ni portugués ni español. Empecé con cuentos de frontera y vi que allí había una historia de bordes. Por eso la novela trabaja los límites: territoriales, del cuerpo, de los espacios donde no se sabe dónde empieza ni termina algo, ese tercer territorio.

¿Por qué es tan complejo el vínculo madre–hija en tu novela?

Me interesa lo que heredamos de nuestras madres, sobre todo, lo no dicho. Las madres, desde el cuerpo, actitudes y obsesiones, dejamos huellas fuertes. Esta madre arrastra contradicciones: quiere salir de la frontera a la gran ciudad buscando futuro material, huye de la dictadura, pero a la vez reclama a su hombre que no sea “lo suficientemente macho” para ascender en la Marina y tener casa propia. Su sexualidad es fuerza entrañable y compleja: lealtad a un solo hombre y, al mismo tiempo, sentirse humillada por él.

Todo se proyecta en el cuerpo de la hija: espera que sea luz, que estudie, que “repare”, y a la vez, la mira como mancha, como sombra propia. Cuando sucede lo que sucede con su hermano, decide apañar al hombre como apañó a su marido, como seguramente su madre apañó a su padre. Es una genealogía de mujeres que aman de modo neurótico, loco; historias que vuelcan rencores y silencios sobre los cuerpos hijos. Para mí es crucial exteriorizar con palabras estas experiencias propias y de nuestras mujeres para hacerlas conscientes y trabajar con ese material heredado. Trasladado a lo político: cargamos una herida colonial que marcó cuerpos, pensamiento, relación con la tierra y fronteras antinaturales. No se resuelve al 100%, pero se trabaja.

Hablas mucho del cuerpo: en el abuso, en el rito. ¿Cómo lo trabajaste?

Siempre se escribe desde el cuerpo, aunque no seamos conscientes. Me interesan literaturas donde el cuerpo piensa. En Mandinga, por ser una historia de frontera, la Historia con mayúscula, el trauma y el amor se marcan en el cuerpo. El pensamiento occidental separa cuerpo y mente como cosas distintas; yo siento la necesidad de volver a un pensamiento que incluya el cuerpo. En lo personal, fui muy “de la cabeza”: lecturas, formación académica. Cada vez que iba a Brasil, aparecía otro cuerpo: me hablaban en portugués, necesitaba bailar, samba, carnaval. Empecé a preguntarme cómo se organizaba eso: ser fronteriza, mestiza. Mi cuerpo pertenecía a un lugar y mi cabeza a otro. Mandinga intenta anudar esas partes rotas por migración y necesidad económica. No pertenecemos a un solo lugar ni a una sola cultura. Elijo definirme como escritora afroindígena: esas partes fueron silenciadas durante generaciones y también por mí. Cuando noto que mi cabeza es blanca, necesito volver a las raíces. Desde esa búsqueda, todo cobra más sentido: camino, escritura. Ya no tengo que optar: habito el “entre”, y está bien.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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