Los libros son, casi siempre, un buen lugar en el que encontrar material con el que templar el frío de las ausencias. Escribimos ante la pérdida, buscamos párrafos con los que aliviar el duelo. Escudriñamos las letras de una carta, queriendo averiguar un motivo, un pasaje, un pensamiento. La escritora mexicana Aura García-Junco (Ciudad de México, 1988) heredó una biblioteca entera —miles de libros— a la muerte de su padre, el promotor cultural H. Pascal, en 2019. Heredó, así, un enigma que resolver.
La resolución de esta incógnita se llama Dios fulmine a la que escriba sobre mí (Sexto Piso, 2024), su último libro. Aura pasea por la Feria del Libro de Madrid para hablar sobre su libro y firmarlo y, en una mañana agradable, de magnolios florecidos y paseantes entre las casetas que hablan de que sí: en este país sí se lee, conversamos con un café sobre libros y duelos. Dios fulmine a la que escriba sobre mí no es solo un libro sobre el duelo, ni solo un libro sobre otros libros: tiene muchas más capas de las que puedas imaginar en una primera lectura y te coloca en lugares que, a priori, no esperabas encontrarte. Mención especial merecen las notas a pie de página, un pequeño y divertido diccionario dentro de este artefacto híbrido de recuperación —y creación— de la memoria y la identidad que tan magistralmente ha ejecutado Aura.
Juan Manuel García-Junco, más conocido como H. Pascal, además de ser el padre de Aura fue escritor y creador de Goliardos, agrupación mexicana independiente dedicada a la difusión de diferentes ramas de la cultura alternativa, enfocada principalmente a la literatura fantástica.
Papá: me heredaste una biblioteca y un enigma. En presencia de tus miles de libros, entre el derrumbe de lo construido, jalaste tu último aliento con una leve sonrisa en la boca, como si tras la guadaña te esperara la purificación más dulce. Yo que nunca juro, te hago un juramento: voy a tratar de entenderte, te voy a inventar para darte el entierro que no tuviste.
En Dios fulmine a la que escriba sobre mí haces un repaso a la vida de tu padre a través de sus libros. ¿En qué libros has buscado consuelo para el duelo por su pérdida?
Este es un libro que tiene la constancia de ser, además de una historia, el relato de un proceso. Como es un libro híbrido, me permitió poner las entrañas del libro de fuera, tener los pasos de la investigación, los momentos de la lectura de los libros… Por supuesto hay cosas que no sucedieron exactamente así, no es un proceso documental en que la cámara Big Brother no dejó de grabarme nunca, pero sí era importante que quedase ahí el registro de cómo fue empezar a leer o a no leer ciertos libros, cómo el hecho de no poder enfrentar la apertura, ni siquiera, del libro, solo hablaba de una negación del duelo. En ese sentido, creo que es muy interesante ver cómo nos relacionamos con los objetos de una persona que ha muerto: habla mucho de cómo es nuestro estado emocional, qué tanto podemos o no podemos acercarnos a ese objeto, qué lugar le damos en nuestra vida, qué tan simbólico es. Al inicio del libro se habla de una playera que dejó mi papá, una camiseta de Goliardos, su gran proyecto cultural, que olía muy profundamente a cigarro porque él fumaba hasta por los codos y vivía encerrado en un departamento muy chiquito en el que todo estaba impregnado de nicotina. Oler esa prenda era, también, parte de un proceso de duelo.
Se habla de la circunstancia de otra persona que tenía una prenda que olía a su madre y, cuando alguien la lavó, sintió que la había perdido de nuevo. Al final del libro hablo de que C. S. Lewis llamaba «marioneta» a su esposa muerta, porque puedes hacer de esa persona una marioneta a expensas de cómo te sientes.
«Fui la hija y ahora no sé quién soy», escribes. La pérdida de un padre o de una madre suele provocar una gran crisis de identidad.
Pocas veces se plantean los duelos como la búsqueda de una nueva identidad a excepción de los duelos amorosos, en los que la gente sí está autorizada a sentirse sin identidad de pronto, que tienen un poco de cómo reconfigurarse en el mundo ahora que no estás con la persona amada. Es eso, pero potenciado a un nivel muy grande. Parecería que, en realidad, no tendríamos por qué pensar que hemos cambiado de identidad cuando muere un padre porque, al final, hay algo en el mundo que sigue siendo igual. Y, sin embargo, sí se siente como si tuvieras que reconfigurarte en el mundo. Es una nueva búsqueda de tu lugar, de tu identidad. Es una de las preguntas iniciales del libro, así me sentía cuando empecé a escribir. Lo maravilloso de poder hacer un libro tan híbrido es poder tener un arco narrativo tan extenso. El personaje, que es mi doble en este libro, llega a otro lugar, y yo también lo hice. Sí me pude contestar esa pregunta, sí me pude volver a situar en el mundo desde otro lado, pero porque tuve que hacer ese proceso en medio.
Contar la historia de cómo te haces con esa herencia en forma de biblioteca te permite hacer reflexiones sobre cómo habitas el mundo, cómo te sientes o cuál es tu postura frente a temas como el feminismo, por ejemplo, que atraviesan esta historia.
Era imposible hacer tanto un proceso de reconciliación como de entendimiento sin hablar de feminismo. Sin duda, para mí es uno de los temas que causó más fisuras en las relaciones entre padres e hijas, y no solamente: también entre padres e hijos. Si hay un cambio generacional fuerte, un viraje hacia la cada vez más expansiva onda de pensamiento feminista, es este. Para mi padre había cosas muy difíciles de entender, aunque era un hombre convencido de que la igualdad era algo importante, siempre causó muchas rencillas entre nosotros. En este tipo de relaciones, para mí era uno de los grandes temas a tratar. Veo a mi alrededor que hay algo que da mucha vergüenza hablar, pensarías que algo teórico no tiene por qué afectar una relación íntima como la familiar, pero esto era un fantasma en el cuarto.
«Un tipo me dijo para halagarme que no escribo como una mujer», escribes. ¿Es que no está bien escribir como una mujer, acaso tiene menos mérito?
Es una pregunta que me resulta bien difícil de contestar. Hay mucha gente que está haciendo muchos corajes en este momento de la historia porque, de pronto, el lugar que se está dando a la literatura escrita por mujeres o por identidades no heterosexuales hegemónicas está siendo mucho más grande. Incluso viendo la biblioteca de mi padre, el porcentaje de hombres publicados era infinitamente mayor y no había tanto problema con eso, nadie se quejó porque premiaran o dieran privilegio a los hombres. Por mucho tiempo fue el status quo y ya está. Ahora existe interés por la escritura de las mujeres y el mercado ha venido a aprovecharse de ese interés. Para mí no es algo malo, sino justicia histórica. También es algo transicional: se nota tanto porque no era así antes. Si nos ponemos a ver las cifras, no creo que haya tanta diferencia entre hombres y mujeres publicadas.
Ni siquiera ahora sigue habiendo más hombres publicados, pero como de pronto hay muchas mujeres más visibles, eso se vuelve casi un anatema, es una verdadera tontería. Sobre si la literatura femenina existe o no, ni lo sé ni me importa. Es una discusión que me encantaría que superásemos, pero todavía no podemos porque justo es tan reciente este cambio cultural que aún hay muchas cosas que discutir al respecto.
En la biblioteca de tu padre había un 80% de autores frente a un 20% de autoras. Extrapolado a los tiempos en los que comenzó a crear su biblioteca, además de los ejemplares que heredó de sus antecesores, no es una cifra desdeñable.
Desde luego, considerando la época, de hecho, era algo sustancial. Mi padre tenía mucha literatura escrita por mujeres jóvenes, algo que pocos hombres de su edad se ponían a leer. Esas cosas hablan de la complejidad del personaje: un hombre machista por crianza y por la época en la que le tocó vivir, pero que tenía interés por la literatura escrita por mujeres dentro de lo que era posible.
Una cosa inexplicable de la muerte, de la pérdida, es que la belleza se revele tan nítida en esos momentos.
En ese estado de sensibilidad y percepción tan desbordada hay momento que son como la droga más dura. Es algo que me sucedió cuando mi papá murió, pero también cuando tuve una separación de una relación larga. Estaba sufriendo mucho y, de pronto, ponía una canción que me parecía la más bella que había escuchado en la vida. Cuando pasé por ese proceso de duelo, leí de manera profunda, desgarradora para bien, con un nivel de apreciación de la belleza que no era lo normal.
«Esa no es mi historia, la mía es la de los años de ilusión que pasé al lado de mi papá y los años de tristeza en que me esforcé en alejarme». En ciertos momentos de la vida nos alejamos de las figuras paterna y materna, muchas veces coincidiendo con la adolescencia. Parece que la conversación no se da, aunque el amor siga intacto. ¿Cómo fue, para ti, ese momento en que las conversaciones son otras o menos?
De entrada, era la búsqueda de volver a configurar una personalidad compleja cuando hubo la pérdida de un héroe, algo que, sin duda, ocurre. Vives en una cercanía muy grande en la infancia, en el mejor de los casos, o al menos en una ignorancia muy sana. Incluso en los casos en que los padres son mucho más ausentes de lo que fue el mío, siguen siendo ídolos, pintados por la sociedad y por su propio papel en tu vida. De pronto, se acaba eso porque empiezas a tener atisbos de realidad, de que son humanos, y se vuelve más complicado asimilar el contraste entre ese gran personaje que creaste y el que es en realidad. A partir de ahí hay personas que logran encontrar un espacio común y personas que no regresan plenamente a ello. En mis años de adolesncia estuve muy cercana a mi papá, en parte por su proyecto cultural: yo iba con él a sus excentricidades, básicamente. Cuando me hcice adulta, los silencios comenzaron a ser lo constante y constituyeron nuestra relación casi por completo. No es que antes no hubiera ejercido esta clase de machismo, como decirme cómo me vestía así o no querer que saliera en contraste con mi hermano, que tenía todas las libertades. Como ya no vivíamos juntos en la misma casa, prefería verme en sus eventos, ser el papá cool que tenía su proyecto loquísimo. Cuando pasó esa etapa empezó a ser imposible tener una conversación con él, si acaso, los libros eran nuestros únicos interlocutores, pero ni siquiera tanto, porque él quería explicarme libros y yo no quería que me explicase nada, estaba en esa rebeldía mía que duró hasta su muerte.
No siempre es posible reconstituir una relación cercana. En el arco narratvo de este libro, hacia el final, la narradora que soy yo yo no soy yo, dice que no busca respuestas sino que valora amar por encima de las cosas. Eso fue esencial para mí, cómo, a pesar de todo esto, se puede pensar en el amor como en un punto de encuentro.
A lo largo de la lectura sentí siempre empatía hacia la narradora, pero a mitad del libro comencé a sentir empatía, también, hacia el padre. Como creadora de un proyecto cultural que exige mucho tiempo y, a veces, se ejerce desde la precariedad, sentí cercanía a ese padre que siempre regalaba libros como forma de cariños.
Qué bueno que me digas eso, pues creo que era bien importante que hubiera momentos en los que el personaje se volviera entrañable y que se vea que su proyecto cultural, si bien tenía muchos defectos, era muy loable e importante lo que hizo por muchos años, aunque no fuera valorado por la sociedad como debería haber sido. Una de las líneas importantes que tuve claras desde antes de empezar a escribir es que quería hablar de cómo algunas cosas se consideran más valorizadas que otras, incluso en los circuitos culturales, no solamente en el campo más amplio. Lo cultural, de por sí, no es que tenga mucho valor, pero además, dentro de lo cultural, hay cosas jerárquicamente muy por debajo de otras. Era muy importante para mí hablar de eso: qué literatura consideramos que vale la pena, qué cultura es la que vale la pena. Había algo muy complejo en lo que mi papá experimentaba: la sociedad no daba mucho valor a su obra pero, por otro lado, había mucha gente que sí lo hacía.

H. Pascal, maestro excéntrico, escritor en el margen y promotor cultural, murió abruptamente en julio de 2019, acompañado de diez mil libros y un arrollador olor a tabaco. En ese punto nace este libro híbrido, entre el ensayo y la narrativa personal, en el que su hija intenta contestar las preguntas que la carcomen: ¿por qué el «ángel gandalla», como él se nombraba, se volvió tan lejano para ella? ¿Cuándo se rompió su relación? ¿Existe la reconciliación luego de la muerte? Entre conciertos góticos en el Zócalo y peleas por el MeToo, Dios fulmine a la que escriba sobre mí es «una sesión espiritista en la que revives literariamente lo que la vida te obligó a sepultar». Una biblioteca heredada sirve como detonante para el naufragio voluntario dentro de la arqueología familiar. El cambio generacional, el feminismo y sus tensiones entre padres e hijas, la herencia, las bibliotecas personales y el underground desfilan por estas páginas que oscilan entre la distancia, la furia, la alegría, el humor y la catarsis.






