© David Ruano

EVA BALTASAR: “HAY QUE APRENDER A MATAR A LOS MONSTRUOS”

Escrito por:

Poeta antes que novelista, Eva Baltasar (Barcelona, 1978) ha publicado once poemarios y construido una obra en la que la frontera entre poesía y narrativa se vuelve cada vez más porosa. Desde la aparición de Permafrost en 2018 —a la que siguieron Boulder, finalista del Premio Booker Internacional, Mamut y Ocaso y fascinación, todas publicadas en Random House—, la autora catalana ha explorado algunas de las obsesiones que atraviesan toda su escritura: el cuerpo, el deseo, el sexo, la soledad y las formas, a menudo contradictorias, que adopta el amor. Sus novelas, de una prosa precisa y profundamente lírica, avanzan por territorios donde la experiencia física y emocional se confunden, y donde el lenguaje importa tanto como la historia que se cuenta.

En Peces, su nueva novela, una escritora cree reconocer a la mujer que estaba esperando cuando la ve servir pescado frito y vino en una roulotte de mercado. Lo que comienza como una revelación amorosa termina convirtiéndose en una exploración incómoda de la dependencia, la fascinación y la pérdida de identidad. Conversamos con Baltasar sobre las heridas que nos empujan hacia determinadas relaciones, la intuición, el cuerpo como lugar de conocimiento y la escritura como una forma de mirar de nuevo aquello que creíamos haber dejado atrás.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Me convertí en madre a los 24 años. En aquel momento trabajaba en la universidad como becaria y seguí haciendo lo mismo durante un tiempo. ¿Cambió el trabajo? No te diría que mucho, pero sí cambió mi día a día. Fui madre soltera con mis dos hijas y quise estar muchísimo con ellas, compartir los primeros años al cien por cien. Eso significó robarle horas al sueño para poder trabajar.

Pasa algo curioso con la maternidad: el desplazamiento del foco. En las relaciones de pareja, para mí, ese desplazamiento no es positivo, pero en la maternidad sí. Cuando el centro deja de estar en ti y pasa a otra persona, dejas de darle importancia a tonterías que realmente no la tienen. Si no tienes hijos, puedes quedarte atrapada en tus historias; con ellos, las prioridades se vuelven clarísimas. Yo, al tener hijas, me he estructurado mucho más y he aprovechado mejor el tiempo. Antes pensaba: «Bueno, tengo tantas horas; si no viene la inspiración, que no venga». Pero con hijas eso desaparece. Si solo tengo tres horas por la mañana, esas tres horas van a ir a trabajar, pase lo que pase.

Vienes de una tradición poética frenética. Has publicado más poemarios que novelas; es muy fácil percibir cómo la poesía se filtra en tus libros, cómo algunas frases son versos.

Sí, trabajo muchísimo mis libros a nivel poético. De hecho, a veces me preguntan cómo es el paso de un género a otro y yo no creo que haya cambiado de género. Sigo trabajando el lenguaje poéticamente: busco música, busco ritmo, creo imágenes. Eso complica mucho la vida a los traductores, por ejemplo, pero también les exige una parte de genio creativo. Para mí eso es una coautoría, porque la música de mi idioma original, el catalán, no es la misma que la del castellano ni la del inglés, y hay que buscar equivalencias. Me he formado como escritora escribiendo poesía y no sé escribir de otro modo. De hecho, es lo más fácil para mí y también lo que más disfruto.

Definías este libro como “una historia de amor monstruosa”. ¿En qué momento crees que una relación amorosa deja de ser un encuentro de dos personas y se convierte en dominación?

Cuando encuentras a alguien, siempre hay una sensación de que ahí va a haber algo. Te enamoras o sientes una gran atracción, y hay una resonancia muy inconsciente, no sabes por qué. A veces te enamoras de personas muy distintas que aparentemente no tienen nada en común, pero luego, con perspectiva, sí descubres un patrón.

En mi caso, por ejemplo, eran personas muy inseguras en el fondo, pero muy dominantes. Esa inseguridad acababa transformándose en dominación, porque les daba una apariencia de seguridad. Siempre hay algo que te hace resonar con esa otra persona. Y si no has trabajado tus grandes heridas infantiles, acabas buscando perfiles que sean un bálsamo para esa herida. Si además has crecido con historias tóxicas como referente, lo más fácil es que te encuentres con perfiles narcisistas o tóxicos: los típicos que te dan una de cal y otra de arena, te maltratan y luego te cuidan. Tú obvias el maltrato y te quedas con el cuidado, que es lo que actúa de bálsamo. Si no has sanado esa herida, es casi imposible que te encuentres con alguien sano: vas a reproducir lo que conoces. Si no has hecho consciente eso inconsciente, es muy difícil. Tiene que ser casi una carambola. Pueden cruzarse personas sanas en tu vida, pero quizá ni siquiera las ves. Vas a buscar aquello que conoces y aquello que te hace sentir, entre comillas, bien, aunque en el fondo sea malo para ti.

Muchas veces confundimos lo bueno con lo seguro.

Si has crecido en un ambiente violento, sabes moverte en él, sabes sobrevivir ahí, y tu entorno va a ser violento hasta que no hayas sanado eso.

En un momento de la novela, la protagonista afirma, al ver a su objeto de deseo: «Es ella». Ese momento en el que decides que “alguien” es “alguien” es muy revelador. ¿Es la curiosidad el motor de ese momento?

Puede ser la curiosidad, claro. En Victoria, que es el personaje que he creado, no hay solo oscuridad: también hay magnetismo. Es una mujer con una vida muy rica. Lee muchísimo, sabe psicoanálisis, pinta, tiene una casa maravillosa, como un castillo lleno de objetos simbólicos. Eso, para una escritora, es muy atractivo. Además, le encanta celebrar: comer bien, beber mucho, follar. También conecta con algo muy primitivo, muy primario, muy de gozar.

No la conoces todavía, pero vas viendo señales, las llamadas red flags, que ya te están avisando de que ahí vas a sufrir y tú las obvias. ¿Por qué las obviamos?

Porque atendemos más a lo otro. Esa persona te conecta con algo que te calma. Te dices que te están cuidando o te convences de que te han hecho algo extraño, pero que te quieren. Nos lo creemos y, además, queremos creérnoslo. Luego, cuando la relación termina, miras atrás y piensas: «Ya lo vi a la semana uno», pero cuando has crecido en entornos hostiles o tóxicos, aunque sean violencias muy sutiles, si te encuentras con alguien que te trata bien de verdad, te sientes incómoda. Es curioso: si no has hecho ese trabajo de sanación, te cuesta muchísimo aceptar un amor tan puro.

Hay una frase en tu libro que creo que lo resume bien: «El amor, que no es solo un sentimiento porque está hecho de voluntad».

Sí, totalmente. Tú te enamoras, pero luego eliges seguir ahí, eliges a esa persona. Hay una especie de sentencia en eso. Ella, cuando ve a Victoria y dice «es ella», también hace una elección: la escoge como su victimaria. En el fondo, de algún modo, es así. La narradora encuentra su arma en la escritura y la usa para huir, para salirse de esa historia. Porque si no, ve venir que la va a destruir. La escritura, al final, te permite algo muy poderoso: no te libera de nada, pero sí puede hacer que algo que ha pasado no haya pasado.

Las grandes pasiones nunca son gratis: pagas precios altísimos por todas ellas. En el caso de la narradora, llegan al daño físico.

El cuerpo siempre acaba pagando. No somos mente por un lado, emociones por otro y cuerpo por otro. Incluso cuando no ha habido maltrato físico, el cuerpo procesa el daño psicológico, que puede terminar en enfermedad.

Da la impresión de que el cuerpo sabe algo que la cabeza todavía no ha procesado.

Tengo esa impresión muchas veces. De hecho, yo al cuerpo lo llamo “intuición” también. Intento, al escribir y en mi vida, conectar mucho con la parte más inconsciente para conocerla, porque es muy sabia. Me muevo mucho por intuiciones. A veces me proponen un trabajo o un viaje y digo sí o no por esa intuición, sin preguntarme demasiado por qué. Hay una inteligencia anterior a la razón que sabe mejor que nosotras lo que nos conviene. Yo estoy convencidísima e intento conectar con ella.

¿Qué vínculo te interesa más explorar: el que empieza o el que cuesta que termine?

Un poco todo. La fase del enamoramiento me interesa mucho; para mí es una delicia cuando la vives y también cuando la escribes. Yo empecé a enamorarme de Victoria escribiendo, igual que me pasó con Boulder. Me enamoré del personaje físicamente, con sensaciones físicas de enamoramiento: no podía dormir, no comía, me levantaba obsesionada con ella. Eso es un enamoramiento en toda regla.

Con Victoria me ocurrió lo mismo y al principio quise frenarlo, porque quería ir hacia una parte oscura y pensé que no quería sufrir. Ya he sufrido mis infiernos, no voy a repetir otro. Pero durante un tiempo estuve muy a gusto, y cuando Victoria fue mostrando su violencia, empecé a incomodarme. Hubo momentos duros en la escritura en los que tuve que parar porque era muy incómodo. La escritura te conecta con vivencias propias, aunque no estés contando tus propias historias. Al final, las emociones tienen un espectro bastante acotado.

¿Hay algún gesto, alguna escena dentro del libro o alguna sensación que para ti condense todo lo que ocurre en la novela?

Hay un momento, no sé si lo condensa todo, pero sí es muy representativo: Victoria está limpiando un cabracho, un pez muy monstruoso, y la escritora está dispuesta a leer el periódico mientras la otra empieza a cocinar. De repente, Victoria la coge, la pone sobre la mesa y la posee de una forma muy violenta, que es casi una violación. Lo vemos desde el punto de vista de la escritora, que está ahí ahogándose, sufriéndolo, pero a la vez gozándolo. Y eso es muy ambivalente, muy representativo de este tipo de historias.

Abusan de ti; una parte tuya no quiere estar ahí, pero otra está encantada de estar ahí. Y eso es muy injusto también para quienes lo viven o lo hemos vivido. Y, claro, te dicen que, si estás mal, te vayas, pero no siempre puedes irte. Es todo tan complejo en realidad… Hay gente que se queda en relaciones así hasta la muerte, hasta que las aniquilan, o hasta que se muere el otro. Yo aprendí tarde; con 40 años todavía estaba metida en relaciones no sanas. Hay que aprender a matar a los monstruos y también a tratarlos; los propios, sobre todo. Y a alejarse.

 

 

 

«Me despierto en su cama, en su habitación. He empezado a vivir la historia más peligrosa de mi vida, pero aún no lo sé. No sé nada, en realidad. El rumor del vivir me ha despertado, una invasión de aliento que es la respuesta de la noche.

A los pies de la cama hay una ventana con una persiana de cordel en la parte de afuera y contraventanas arrimadas por dentro. La claridad se esquirla como un airecillo, todavía blanda y azul, flota sobre nuestros cuerpos, duda un instante y con un suave aleteo se posa encima de Victoria. La miro mientras duerme, destapada y desnuda. Sin osar tocarla.

Me levanto, abro las contraventanas y vuelvo a la cama. El día cuelga ante mí, húmedo y resplandeciente. Veo la barandilla de la terraza, comida por la hiedra que nace del patio. Victoria me ha contado que en la hiedra viven dragones, dragones albinos que con el paso de los siglos se han vuelto dóciles y pequeños. Por más que me fije, no veré ninguno. Pero veo los pájaros revoloteando entre los árboles, celebrando algo con extraordinarios gorgoritos. Cuento los cipreses, todavía negros en el vaso inmenso de la mañana. Cuatro copas, cuatro durmientes idénticos que, a juzgar por su forma de doblarse, sueñan lo mismo».

La quinta novela de Eva Baltasar es una historia de amor… monstruoso.

Escrito por:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel