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(c) Andrea Martínez

AURA GARCÍA-JUNCO: “A LAS MUJERES SE NOS EDUCA COMO SI NUESTRO OBJETIVO DE VIDA FUERA AMAR”

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Cuenta la escritora Aura García-Junco (Ciudad de México, 1988) en su recientemente publicado El día que aprendí que no sé amar (Seix Barral, 2022) que, en una charla aderezada con cócteles con otra mujeres, esta última le espetó un “tú nunca te has enamorado” al contarle que estaba inmersa en una relación abierta. No era la primera vez que recibía críticas negativas ante su forma de relacionarse con y desde el amor, pero sí fue una de las palancas que la llevó a imaginar este ensayo en el que mezcla con maestría la literatura y el discurso del amor desde los clásicos romanos —los capítulos comienzan con la intervención y el cuestionamiento de los versos de El arte de amar de Ovidio parcialmente tachados— hasta el momento actual, que es también el momento de los Tinder y los Bumble, un momento en el que se han roto o se están rompiendo las cartas de la baraja que conforman las estructuras tradicionales de las relaciones heteronormativas.

Capítulo a capítulo, Aura desmitifica el amor romántico y cuestiona las bases de las relaciones monógamas descubriéndonos, a pinceladas, pequeños fragmentos de su experiencia personal. En una conversación a tres con la periodista Lara Malvesí, Aura nos habló de sus motivaciones a la hora de dar forma a este libro, del maltrecho concepto de amor romántico y de las intersecciones entre relaciones amorosas, clase social y raza.

Uno de los temas centrales del libro es el mito del amor romántico, una idea feminista que has contextualizado ahora. ¿Cuáles fueron tus motivaciones a la hora de escribir?

En realidad llegué al tema después de empezar a escribir el libro. Me interesaba mucho entender mi propio contexto. Fue un libro que surgió de una preocupación y una confusión muy genuinas: no entendía bien qué estaba pasando a mi alrededor. Me encontré en la situación que describo en la anécdota inicial, y es que mis relaciones eran cuestionadas con mucha virulencia porque eran no monógamas. A partir de eso, me pareció interesante entender por qué causaba tanto resquemor la idea de una relación no monógama. Donde llegué fue a toda esta conceptualización que ha hecho el feminismo a lo largo de casi siglo y medio de existencia. Me pareció importante empezar por ahí, porque sin ese fundamento conceptual era muy difícil llegar a todo lo demás y llegar, también, a toda la parte de relaciones no monógamas que también me interesaba mucho explorar. También me pareció interesante porque, en el libro hablo de que la idea de amor romántico, como lo estoy utilizando y como muchas feministas hacen, es un término técnico. Sin embargo, se asume que todas las personas deben entenderlo igual y casi venir por default con eso entendido. Si alguien piensa que el amor romántico es una cena con velas, un caballo atrás y un atardecer precioso en la playa, el primer impulso es juzgar a esas personas por básicas. Eso se me hace muy violento, ¿por qué alguien tendría que saber exactamente lo que tú ya sabes de antemano? Me pareció importante dar un paso atrás y empezar por cosas que, para algunas personas ya son muy obvias, pero que creo no hay que dar por sentado que todo el mundo lo sabe o piensa así.

¿Cómo definirías el amor romántico?

Como un conjunto de aspiraciones que giran en torno al amor y que son vistas como el Amor Verdadero casi con mayúsculas. Se componen, básicamente, de la idea de que vas a encontrar a tu media naranja, de que una relación que valga la pena es una relación que dure para siempre y a eso debes aspirar; que el Amor Verdadero siempre lleva al matrimonio. Por supuesto que parte de la monogamia no admite prácticamente ninguna cosa que se salga de la regla monógama más estricta y también gira mucho en torno a la idea de la mística de amor, esta idea de que casi hay una elección cósmica de quién es nuestra pareja ideal y, como tal, lleva a una comunicación casi que sin palabras con esa pareja, como si te entendieras por ósmosis o telepatía. Todo ese conjunto de aspiraciones, deseos, sueños y cosas que se presumen obligatorias para que una relación sea Amor Verdadero es la idea de amor romántico que yo describo en el libro.

¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que esa forma de amar podía generar violencia o cuartar tu libertad? ¿Cómo ha influido tu experiencia personal a la hora de tratarlo en el libro?

Lo he hablado con mucha gente. De hecho, el primer paso para escribir este libro fue hablar con muchísimas personas, hacer muchas entrevistas. En un primer término, pensaba transcribir las entrevistas y, cuando se empezó a volver un monstruo gigante, me di cuenta de que era inviable a no ser que quisiera escribir 500 páginas y que nadie lo leyera. Para mí, el click más grande fue bastante reciente: por un lado, sentía desde mucho tiempo antes que la monogamia no era lo mío y que lo hacía muy mal, que fracasaba constantemente en ello y mis parejas también. Aunque se pretendía que no era así, era como una especie de mentira consensuada, pero no había reflexionado qué significaba esto hasta que empecé a escribir el libro, hace poco más de cuatro años, con esta anécdota que narro al inicio del libro, con esta persona que me cuestionó sin apenas conocerme y sin tener más que dos horas de contextualización de mi vida, asumiendo un montón de cosas. Ahí me pregunté por qué esa persona y por qué tantas otras me estaban cuestionando, me sentía mal, pero pensé que había algo interesante de explorar. Después de pasarlo mal sí quise entender por qué la idea de la no monogamia hacía tanto ruido. Fui ahí cuando llegué a conceptualizar y a leer más feminismo que se había planteado esta pregunta: ¿qué es amor romántico? ¿qué significa para las mujeres, para la sociedad, para las aspiraciones culturales las relaciones de pareja?

Me llamó la atención la doble vertiente de este tema. Por un lado, estudiamos el amor, lo que hacemos realmente cuando intentamos categorizar y entender qué esta pasando, sobre todo ahora que hemos ampliado el concepto de “amor”. Teníamos muy enfocado el término hacia las relaciones heteronormativas y ahora, de repente, el amor, por fortuna, abarca muchas más formas y está cobrando el significado real que tiene. El amor, por un lado, se estudia. Por el otro, se siente. ¿Qué tenemos que hacer primero? ¿Cómo mezclamos el estudio y el sentimiento del amor?

Siento que muchas veces el discurso actual, especialmente el anglo, es el discurso que te exige una perfección, como si por el hecho de ingerir teoría se tradujera inmediatamente en emociones y no es así: es mucho más complejo que eso. Para mí, el primer paso siempre es cuestionarse y hablar el amor. Creo que eso ya es completamente diferente al enfoque tradicional del amor, que asume que simplemente con aquello que traemos dentro, basta. Es como si fuera algo natural, cuando es algo súper cultural. La experiencia vital, la parte emocional ya la estamos viviendo: a eso no se le puede poner pausa por más que quisiéramos dar tres pasos para atrás para reflexionar, no hay manera. Empezar a hacerse preguntas es el siguiente paso: el momento en el que se hacen preguntas y se llega a algunas respuestas, aunque sean pasajeras. Hay otros pasos intermedios y un proceso que requiere mucha paciencia y mucha empatía, tanto con las personas alrededor como con nosotras mismas. Creo que es fundamental no darnos latigazos por querer algo y actuar de otra manera, porque al final hay una educación detrás de nuestra historia vital y, además de esta parte cultural, hay una historia personal que, simplemente, es una tontería querer dejar de lado. Todos estos traumas, todas estas heridas, todas estas cosas que nos han pasado; querer borrarlas y simplemente asumir que tenemos que ser otra cosa es hasta cruel, es como querer amputarnos una parte de nuestra historia. Pero sí hay caminos para llegar a otro lado. Es lento y doloroso, pero claro que los hay.

A las mujeres se nos educa como las “amadoras profesionales”, como si nuestro objetivo de vida fuera amar y como si cualquier cosa menos que entregarnos por completo fuera insuficiente. A los hombres se les educa para ser seres autónomos. Evidentemente, ahí también hay una cuestión de clase y muchas otras intersecciones que complejizan esto, pero el hombre trabaja para sí mismo: incluso cuando está trabajando para su familia, trabaja para su autonomía. Las mujeres, de alguna forma, tenemos siempre que estar orbitando alrededor de los hombres —hablando de parejas heterosexuales—. Hay otras dinámicas en las parejas homosexuales, pero creo que todavía las mujeres estamos muy lejos pero también que damos pasos hacia adelante en este sentido. Las redes sociales —no las pantallas, sino de contexto social— siguen tratando de que las mujeres se mantengan ahí, poniéndoles nombres cuando se salen un poco del guion: la egoísta, la femme fatale —el peor prejuicio que ha creado la fantasía masculina—, la mala madre… hay un montón de prejuicios y de juicios sociales que tienen repercusiones muy reales y que están encaminadas a que nos regresemos a ese lugar en el que estábamos.

Una de las frases que más me llamaron la atención del libro es esta: “Si con todas las herramientas que me da el feminismo, la terapia, los medios, sigo cagándola y cayendo una y otra vez, el problema debo ser yo”. ¿Cómo nos sacudimos la culpa de encima?

Para mí es muy importante apelar al concepto de generosidad, no en un sentido económico sino en el sentido moral. Generosidad y ternura. Hay un discurso muy visible, muy sonoro, que apela a una racionalidad que es irracional: pensarnos como robots, como entes objetivos que no somos. Este discurso es sumamente opuesto a ser generosas con nosotras mismas y con las personas de nuestro entorno, muy presto a juzgar, a quemar, a crucificar. Al final, hay un rebote: si estamos todo el tiempo juzgando a las otras personas con una vara súper alta y poco flexible, ese acto eventualmente nos rebota a nosotras. Siento que estamos en un nivel de irrealidad muy grande, que no posibilita la conciliación y que aquellas personas que están cerca de alcanzar algo sientan que tienen un poco de espacio para hacerlo, y me incluyo a mí como sujeto de ese grupo. Para nosotras es muy duro y muy poco realista.

Hay otras intersecciones. Una es la clase social: damos por hecho que en clases sociales más altas hay menos machismo. Otra es el colonialismo: damos por hecho que en Latinoamérica hay más machismo, como si España no hubiese tenido nada que ver en su herencia cultural.

Para mí era muy importante hablar del gusto y cómo el gusto está condicionado por estas cosas. El gusto es un tema súper espinoso, porque parece muy íntimo y subjetivo, pero no es así: hay un discurso extremadamente racista que dicta cuáles son los parámetros de belleza aceptable. Y no solo racista: también tiene que ver con algunas características físicas como la delgadez, la altura, etc. que te dice exactamente quiénes estás autorizado o autorizada para que te gusten. Eso también violenta a un montón de personas. Ese es uno de los lugares en los que estamos más lejos de alcanzar una “democracia del gusto”. Al final, los medios siguen siendo aquellos espacios donde se sigue reproduciendo incansablemente el mismo discurso del gusto. A pesar de que hay cierto intento por abrir los parámetros de belleza, es un intento súper acotado. Acabo de ver Inventing Anna y Anna, en la serie, es una persona mucho más guapa que Anna en la vida real. Lo que se traduce a escena tiene que ser una versión súper maquillada de la realidad y eso es lo que acabamos consumiendo y considerando deseable. Por otro lado, existe el hecho de que el gusto sobre las mujeres está muy permeado por la visión masculina de lo que tiene que ser deseable y eso es una brutalidad porque es algo que no solamente promulgan los hombres sino también las mujeres. Lo tenemos tan interiorizado que nos volvemos una especie de guardianas que sigan manteniendo ese mismo orden a pesar de que nos afecta en la cotidianidad y personalmente. Pienso en conversaciones que versan acerca de que cierta actriz ya se ve vieja, o qué se hizo en la cara, o si se operó un montón. Eso es casi como dispararnos en el pie: todo el tiempo estamos replicándonos discursos que nos afectan de manera personal.

Esta cosa del colonialismo es súper notoria en la idea de racialidad, de aquello que es deseable y sí viene, por supuesto, de nuestra historia, de nuestra relación con España y de los criterios que, desde la colonia, hubo para clasificar a las personas. Había una categorización muy clara acerca de quién era quién y cuál era su valía en la sociedad de acuerdo a su cercanía o lejanía con España o con lo indígena. De alguna manera, esto sigue bastante vigente tanto en México como en Latinoamérica, de maneras más veladas y disfrazadas, pero ahí siguen.

Tras publicar el libro y ordenar todo tu imaginario, ¿crees que ahora sí sabes amar?

Honestamente, creo que cada quien tiene que construir su propia ética del amor, es lo más importante para mí. Sí fue una carrera de descubrimientos escribir este libro: cuando empecé a escribirlo, no pensaba como pienso ahora. Me obligó a confrontarme a muchos prejuicios que tenía. No sé si aprendí a amar, pero sí a abrirme a experiencias vitales que no había considerado e incluso a flexibilizarme. Evidentemente, no todo fue por la investigación que hice: el mundo cambió, cambió el discurso, el feminismo después del boom del #metoo empezó también a hacer reflexiones más amplias sobre ciertos temas y eso, sin duda, me impactó a la hora de pensar y de escribir el libro. Pero esta investigación me hizo cuestionarme muy profundamente cómo quería relacionarme, qué cosas me parecían importantes. Pero de ahí a decir que sé o no sé amar, creo que nunca voy a poder decirlo. Ni quisiera.

 

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EL DÍA QUE APRENDÍ QUE NO SÉ AMAR, AURA GARCÍA-JUNCO

Seamos «progres», conservadores o quimeras, el peso otorgado a la idea de exclusividad en una relación amorosa es un tema que levanta pasiones. En el fondo se nos educa para aspirar a una utopía: al día en que finalmente descubramos el Amor Verdadero y encontremos a nuestra media naranja. Pero la fantasía del amor romántico, lejos de ser la eterna felicidad que nos promete, es el origen de muchas de nuestras miserias, y está atravesada por expectativas que conjuntan contexto político, cultural e historia personal.

Más que una crítica a la monogamia, El día que aprendí que no sé amar es un (anti)manual para repensar los patrones que mantienen a la sociedad dividida en un binarismo violento que cosifica al otro y nos impide crear expectativas más realistas y relacionarnos con un humano, y no con un ente abstracto en nuestra imaginación.

Aura García-Junco —seleccionada por la prestigiosa revista Granta como una de las mejores narradoras en español menores de 35 años— combina literatura, sociología y feminismo en un ensayo que se propone analizar lo que se nos dice acerca del amor, desde la literatura clásica romana hasta la actual industria del entretenimiento.

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