Sentada en su sillón orejero, mi abuela se daba golpes en el pecho mientras murmuraba por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Entre los dedos rechonchos, las cuentas de un rosario que pasaba rápidamente. Siempre era a la hora de la siesta. Yo la miraba desde el sofá de aquel salón estrechísimo sin entender de qué tenía mi abuela la culpa. Después de rezar el rosario, mi abuela iba a la cocina con sus piernas robustas y su culo generoso —pa echar un guisao, decía ella— y sacaba helados mini en verano, tartas de queso pequeñitas que partíamos en tantas porciones que apenas daban para un bocado por comensal en invierno. Pero éramos una familia de gordas y no podíamos permitirnos más.
A los ocho años me tumbaron por primera vez en una camilla para hacerme pruebas y dilucidar por qué mi cuerpo era como era. Me llenaron de electrodos y me dijeron que tenía las uñas de los pies mal cortadas. Fue entonces cuando empecé a sospechar de dónde venían aquellos golpes en el pecho y el mantra repetido hasta hacerlo sólido en algún punto entre la amígdala y el estómago. Ninguna prueba dio un mal resultado. Yo era una niña sana a todas luces, pero el diagnóstico marcaría el resto de mi vida y sembró la creencia de que había algo en mí que no era como debería y que yo era la culpable. Estaba gorda. Y era algo que podría cambiar si yo ponía de mi parte. Desde entonces lloré muchas veces, algunas a escondidas y otras con mi madre. Yo quería ser como las demás y no una niña torpe que tenía que refugiarse en otras cosas porque ya estaba aprendiendo que cuando no eres como el resto, el mundo funciona diferente para ti.
En algún momento, entre dietas, alguien me dijo que los cuerpos como el mío no podían bailar. Otro alguien se rio de mí porque movía el culo al andar (mírala, cómo jamonea). Un adulto me dijo que si me ponía a dieta y conseguía adelgazar me echaría novio y podría ser normal. Una adulta me dijo que, si no adelgazaba, nadie me iba a querer y me moriría. A este cuerpo mío le han llamado muchas veces enfermo, incapaz, raro, indeseable. Le han llamado cuerpo de paso, casa inhabitable. Le han culpabilizado de la depresión y la ansiedad. Le han insultado por la calle, en mesas de comidas familiares, le han ninguneado entre amigas y puesto en juicio en entrevistas de trabajo. Le han fetichizado en camas y aplicaciones de citas. Le han dicho que jamás podrá crear vida por el simple hecho de ser gordo. Le han llamado miedo, de todas las formas que te puedes imaginar. A este cuerpo mío le han separado de mí tantas veces que ha permeabilizado la culpa de no poder ser suficiente y de no poder albergarme a mí misma. Durante demasiados años creí que si le quitaba un número indeterminado de capas llegaría la Carmen que estaba dentro, feliz y deseando poder comenzar su vida.
Poco antes de cumplir los 30 empecé a entender que aquello que le pasaba a mi cuerpo no era mi culpa. Entré en Librería Mujeres buscando un regalo y allí, como una señal de neón, leí el título de un libro: 10 gritos contra la gordofobia. Lo firmaba Magda Piñeyro. No sin cierto miedo y algo de culpa, compré el libro y me lo llevé a mi casa sin atreverme a sacarlo de la bolsa en el metro. Por mi cabeza pasaban imágenes de una gorda desvergonzada leyendo un libro sobre gordas en público. Y a dónde íbamos a llegar. En cuanto empecé a leerlo lo vi claro: mi cuerpo no era algo que tuviese que ser objeto de culpa. Había otra opción que no fuese darme golpes en el pecho diciendo por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, después de comerme aquel helado.
Pensé entonces en mi abuela, gorda desde siempre, que nunca conoció el mar porque siempre argumentó que qué quería hacer ella afeando las playas. En mi madre y mi tía que hablaban de dietas y remedios para no tener el culo gordo que por herencia nos pertenece. Y pensé en mí. En la Carmen de la que se reían en el colegio por gorda. En aquella camilla donde se desarrolló la culpa por mi cuerpo que no me permite bailar desde los ocho años, ni ir a la piscina para otra cosa que no sea hacer ejercicio. No me permite vestirme de la manera en que lo haría si fuese delgada, viajar con comodidad, comer en público o relacionarme de manera libre. No me permite ir al médico si me duele algo porque sé de antemano que el diagnóstico, aunque sea un dolor de garganta, termina siendo una dieta fotocopiada que ya he hecho mil veces y nunca ha funcionado. La culpa por mi cuerpo no me permite hacerme fotos con mis amigas y mi familia en momentos que no queremos olvidar. Porque me han enseñado a no reconocerme en el cuerpo que me sostiene.
Desde que descubrí el movimiento antigordofobia sé que la culpa es uno de los mecanismos más eficientes del patriarcado para mantenernos a raya. La tiranía de la belleza a la que nos somete es una religión que nos amedrenta con la culpa y nos hace darnos golpes en el pecho recitado por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, cuando no cumplimos con todos sus mandatos. Cuando somos gordas, tenemos celulitis, estrías, arrugas, canas o granos. No es casualidad que la cultura de la dieta y la tiranía de la belleza siempre nos lleve a lo mismo: a experimentar la culpa de no ser suficientes por nuestros cuerpos. Pero ¿suficientes para qué? ¿Y para quiénes? Lo dijo ya Naomi Wolf en El mito de la belleza: «Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres, está obsesionada con la obediencia de estas. La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil».
No hay día que no piense en qué cosas estamos dejando de hacer mientras nos sentimos culpables e insuficientes. ¿Qué cosas estamos dejando de hacer por habitar un cuerpo que nos han dicho que no debería existir? ¿Qué cosas haríamos si no dedicásemos tanto tiempo a pensar en el cuerpo ideal para vivir? La respuesta es que seríamos mujeres desobedientes, indomables y locamente libres. Necesitamos que la culpa cambie de bando. Darnos golpes en el pecho mientras decimos por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, yo me abrazo y abrazo a las mías. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, yo decido sobre mi cuerpo, lo cuido y lo protejo, me permito nombrarlo y reconocerlo, vestirlo y adornarlo para que refleje la identidad de la persona que hay dentro. Darnos golpes en el pecho mientras gritamos por mi culpa, por culpa, por mi gran culpa, yo gozo de mi cuerpo.
Este relato apareció publicado por primera vez en La culpa es tuya, volumen 11 de la revista MaMagazine en papel.






