© Jairo Vargas

NEREA PÉREZ DE LAS HERAS. EL CUERPO DESDE EL QUE MIRAMOS

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Pocas presentaciones necesita Nerea Pérez de las Heras (Madrid, 1982): es periodista, escritora y comunicadora, aunque ella misma ha dicho alguna vez que se reconoce más en la definición de periodista con gracia. Durante los últimos años la hemos leído, visto y escuchado pensar sobre feminismo, clase, lesbianismo, belleza, cultura o política, casi siempre con una combinación bastante particular de inteligencia, mala leche y sentido del humor.

En 2023 sufrió un accidente en el mar que terminó con la amputación de parte de su pierna derecha. Podríamos decir que Fantasma (Alfaguara, 2026), el libro que acaba de publicar, cuenta lo que ocurrió después, pero sería quedarse bastante cortas. Porque este no es exactamente un libro sobre perder una pierna, ni sobre aprender a vivir sin ella y mucho menos un relato de superación. De hecho, una de las cosas que más me interesan del libro es que Nerea no piensa su cuerpo como un cuerpo anterior al que ahora le falta algo: habla de un cuerpo nuevo. Y desde ese cuerpo vuelve a mirar muchas de las cosas sobre las que ya había pensado antes: el amor, la familia, los cuidados, el dolor, la belleza, el tiempo, el trabajo, la discapacidad, la fama, la dependencia, la sanidad pública. Fantasma es, también, un libro sobre algo que a veces olvidamos: que no miramos el mundo desde ningún lugar neutral, sino desde un cuerpo.

Sucede con la sanidad pública. Nerea no necesitaba que un accidente le explicara las virtudes del Estado del bienestar. Pero después de varias operaciones, transfusiones y semanas de hospital, descubre una dimensión mucho menos abstracta de sus convicciones políticas. La civilización puede ser una butaca espantosa, de eskay azul y muy incómoda, colocada junto a una cama para que alguien pueda acompañarte durante la noche.

Sucede también con los cuidados. La autora sabía que sostienen la vida y que su reparto está atravesado por el género y la clase. Ana, su pareja, sus hermanas, sus amigas, médicos y enfermeras forman alrededor de ella una red sin la que, sencillamente, no hay recuperación posible. En una de las escenas más hermosas del libro, esa dependencia deja incluso de ser una categoría política para convertirse en materia. Su cuerpo contiene sangre de donantes anónimos y Nerea y sus amigas, durante una visita de estas últimas al hospital, terminan aliñando sus cafés con la leche materna de una de ellas: «La sangre de otros cuerpos había devuelto al mío a la vida con sus ritmos habituales; la leche de mi amiga fue otro tipo de transfusión». La fantasía del cuerpo como propiedad estrictamente individual empieza entonces a resultar bastante difícil de sostener. También la propiedad se vuelve extraña dentro de la familia. Cuando sus padres ven finalmente la amputación, Nerea comprende que para ellos la pérdida acaba de empezar: «Después de todo, esas dos personas eran accionistas mayoritarios de mi totalidad». La frase es divertida y dolorosa a la vez: llegamos a ser adultas, envejecemos incluso, pero nuestros cuerpos continúan perteneciendo de alguna manera a quienes los conocieron cuando acababan de llegar al mundo.

Y luego está la mirada de los desconocidos. Pérez de las Heras ya sabía lo que significaba vivir fuera de la norma. Su lesbianismo y el feminismo le habían proporcionado un lenguaje desde el que teorizar, pero la discapacidad la sitúa en otro de sus márgenes. «La norma se sostiene sobre nuestros hombros, los de lesbianas, tuertas, obesos, deformes, paralíticos y amputadas», escribe. Son precisamente los cuerpos considerados desviados los que permiten a los demás reconocerse como normales. Pero convertirse en un cuerpo no normativo no elimina mágicamente las normas que una lleva dentro. Mucho menos cuando se trata de una mujer y de la belleza. «Nadie puede ignorar la belleza y es difícil dejar de desearla», reconoce. Hay lucidez y valentía en admitir que comprender perfectamente un mecanismo de opresión no necesariamente nos libera de él. El feminismo puede enseñarnos cómo se fabrica el mandato de la belleza sin lograr que dejemos de querer ser bellas.

Nerea decide no esconder la prótesis. No intenta reconstruir miméticamente el cuerpo anterior, sino que exhibe el titanio, juega con la estética cíborg y con su propia sexualidad. «Por fin me parezco a una verdadera celebrity; el 15 por ciento de mi cuerpo es de material no biodegradable». El chiste importa porque Nerea era una mujer observada antes del accidente y sabe que «tener público siempre es un poco peligroso». La diferencia es que ahora hay algo nuevo que concentra las miradas.

Más difícil resulta controlar otra mirada: la que convierte a quien atraviesa una enfermedad o una discapacidad en un ejemplo edificante para los demás. «Valiente». «Guerrera». «Campeona». La autora llama a esa operación «campeonizar» y la relaciona con un mundo incapaz de aceptar el fracaso, el azar o la mala suerte. El cuerpo que ya no responde a las exigencias habituales debe esforzarse, rehabilitarse, superar sus límites y, si es posible, hacerlo sonriendo. La activista australiana Stella Young lo formuló con una precisión difícil de mejorar: «Por mucho que sonría a una escalera, no se va a convertir en una rampa».

Algo parecido sucede con el tiempo. El cuerpo nuevo deja de obedecer los ritmos anteriores y esa desobediencia involuntaria permite ver con especial nitidez una obsesión contemporánea: convertir cada hora en rendimiento. Ejercicio que aporta, alimentación que aporta, lecturas que aportan, viajes que aportan, amistades que aportan. «Hemos cambiado la vigilancia del Dios interior por la del jefe interior», escribe. «Sencillamente, vivir no es suficiente». El cuerpo discapacitado tiene algo que decir sobre esa maquinaria porque hay momentos en los que no puede seguirle el ritmo. Necesita descansar, esperar, depender. Y descubre, entonces, que el tiempo tampoco se reparte de manera inocente: detrás del tiempo considerado productivo existe casi siempre otro dedicado a sostener la vida. Ese tiempo, recuerda, ha pertenecido históricamente a las mujeres y rara vez ha sido considerado oro.

Fantasma no es un libro sobre aprender a vivir después de perder una pierna. No ofrece siquiera la tranquilidad de pensar que todo pasa. Esa idea, escribe, presupone «una especie de estado neutro al que regresar que simplemente no se da en la vida». Lo que sucede es que regresamos. Tampoco podemos desprendernos, en realidad, de quienes hemos sido. Quizá por eso el título del libro funciona mucho más allá de un fenómeno neurológico —el miembro fantasma—. Somos también las sucesivas versiones de nuestro cuerpo, los cuidados que hemos recibido, la sangre de desconocidas que alguna vez pudo circular por nuestras venas, las personas que nos han mirado y a las que hemos mirado. La pregunta que queda después de leer Fantasma es qué parte del mundo que creíamos conocer dependía, en realidad, del cuerpo desde el que lo estábamos mirando.

«¿Cómo te despides de una parte de tu cuerpo? […] Toda herida es un estado transitorio, está en su naturaleza luchar por desaparecer».

En el verano de 2023, en un archipiélago del Mediterráneo, la hélice de un barco le hizo un cuerpo nuevo a la autora de este libro. Perdió parte de la pierna derecha, que se convirtió en el fantasma que cruza estas páginas escritas con sensibilidad, sentido crítico, humor y belleza. Esta es la evocación de una pérdida, pero también un ensayo sobre la fama, la guerra, la sanidad pública, los chistes del sistema nervioso, el amor y la amistad. Fantasma es la historia de un accidente y de sus consecuencias, pero también un intento por dibujar un mapa de lo que significa reconstruirse, adaptarse y redefinirse. Un texto que trasciende lo autorreferencial para preguntarse por el cuerpo y sus límites, por la identidad y su construcción, por la memoria y sus trampas, por la pérdida y lo que viene después.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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