herencia azul
© Anaïs Yebra, Mis Coloretes

HERENCIA AZUL

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Cuando era una niña pensaba que mi abuela vendía drogas, pues tenía una droguería con un letrero bien grande que decía «Droguería Chelo» por si cabía algún tipo de duda. Consuelo Amigo Faba, ese era su nombre. Chelín para mí, Chelo para el resto. Quiero escribirla desde los dedos de su única nieta. Ella era mi abuela y yo era su nieta, solo eso.

Me sorprendo a mí misma pensando en ella y recordando tantos momentos que vivimos juntas. Siempre miro al cielo cuando termino de pensar. Soy atea, pero miro al cielo. La recuerdo siempre con la misma edad, aquella en la que su memoria aún estaba y me decía «eres una comedianta». Se reía mucho conmigo, le gustaba que dijera «¡carallo!». Se reía mucho cuando decía esa palabrota y yo me venía arriba repitiéndola, claro. Una vez me oriné encima del ataque de risa que me entró. Estábamos en frente a la chimenea de la cocina del pueblo, me acuerdo perfectamente: puedo sentir el calor del fuego en mis mejillas y el olor a castañas.

Soy hija única y fui nieta única también para ella.

Mi abuela era bajita, como yo. Era de esas abuelas de las que si te despistabas un momento comiendo, te llenaba de nuevo el plato. Si ella me decía que estaba muy delgada, es que estaba en lo que yo consideraba mi peso; si me decía que estaba hermosa, entonces sabía que me había pasado comiendo los ricos croissants del panadero. Con ella y mi abuelo Aurelio pasé muchos veranos en su casa del que considero mi pueblo, Valtuille de Abajo. Adoro mi infancia allí y, a la vez, recuerdo sentir que no encajaba en un lugar donde muchos me juzgaban por mi manera de vestir, por como me educaron mis padres o porque decía que quería ser actriz.

Tenerme allí los veranos debía ser muy bonito para ella. Solamente hoy entiendo lo importante que debía ser y lo triste que debió de sentirse cuando me hice adolescente y el pueblo ya no encajaba en mi vida. Si pudiera, volvería atrás y cambiaría algunos momentos en los que me arrepiento de no haber sido más amable y menos petarda. Me encantaría lanzarle un hechizo a mi hija para que tuviera la sabiduría de un árbol de cien años y disfrutara en todas sus edades de sus abuelos.

Todos los días por la mañana, a las 7, me traía a la cama un zumo de frutas natural. Yo lo bebía con los ojos cerrados. Ella aprovechaba para rellenar el vaso y se hacía interminable. Nos hacía la comida, merienda y cena a mi abuelo y a mí. A veces también nos acompañaban mi amiga Elenita, Raquel o Mónica. Elenita es toda una mujer hoy en día, pero para mí sigue siendo Elenita. Jugábamos al burro casi todas las noches. Le gustaba mucho jugar a las cartas. Era muy tramposa y si se lo decías, se ofendía mirando para otro lado. Tenía dos mares azules como ojos. Ella me lavaba la ropa a mano y la tendía en el jardín. Recuerdo filas de bragas colgadas con pinzas de madera. Recuerdo el olor a jabón Lagarto. Calentaba cacerolas de agua fría para bañarme cuando no funcionaba el agua caliente.

Cuando nos llevaba al río, arrancaba el coche y después de un rato conduciendo se paraba en una cuneta a ponerse el cinturón. Esa era mi abuela Chelo. Hacía la mejor empanada de verdura y los mejores calamares en su tinta. Vestía casi siempre vestidos de flores, nunca la vi con pantalones mientras su cabeza funcionaba. Calzaba alpargatas y a veces galochas —zuecos de madera—. Sus dedos se montaban unos encima de otros. Desde luego no usaba calzado respetuoso. Tenía el número 35, como yo. Me gustaba ponerme todas sus cosas, incluidas sus perlas, y aparecer delante de ella como si nada. Ahora mismo la estoy oyendo reír. Usaba pendientes de gancho para tapar sus lóbulos caídos y rotos.

Era una mujer de su tiempo. A veces no entendía que tuviera también amigos chicos y le importaba mucho el qué dirían. Que no vistiera como las demás niñas del pueblo, tampoco lo entendía. No le gustaba que le preguntase por qué mi abuelo no se hacía su cama. En la casa del pueblo dormían separados. Tampoco entendía que quisiera ser actriz y luego lo fuera, me decía que dejara de hacer esas tonterías y consiguiera un trabajo. No entendía que mis padres me apoyaran. Sé que no entendía muchas cosas de mí, pero también sé que mientras miraba el techo de su habitación con las piernas cruzadas antes de dormir, a escondidas del mundo y del que dirían, le sorprendía con una ola de amor mi carácter y decisión. Sé que me quería profundamente y yo a ella.

Años después empezó a olvidar cosas del día a día, pero no los recuerdos ni las canciones de hace 40 años, curioso. Era como un pez. Nunca olvidó a mi madre, ni a mi padre —su hijo—, ni a mí. Dicen por ahí que cuando nací se le iluminaron los ojos y volvió a revivir, les creo, a mis padres les pasó lo mismo con su nieta, mi hija. A veces creo que el alzhéimer es una herramienta que utilizamos para olvidar los grandes dolores de la vida. Quizá llega un momento en el que ya no quieres recordar en un cuerpo tan vulnerable. Mi abuela perdió a un hijo de veinte años. Todos perdieron. Mi padre en ese momento también se convirtió en hijo único, aunque el vale por veinte hijos y veinte padres. Él es mi dragón.

Fueron muchos los años en los que Chelo ya no era Chelo: casi no quería contacto, te miraba desafiante y sus manos temblaban como si estuvieran siempre bajo cero. Vistió pantalones y ya no le importaba lucir sus orejas rotas al viento. Ya no me dejaba la marca de su pintalabios rojo en mi piel porque ya no se los pintaba. El 20 de diciembre del 2021, celebramos una falsa Navidad en casa de mis padres. Nosotros vivíamos en Portugal y con la pandemia por medio, me urgía ir a mi tierra a presentarle a mi hija nacida hacía unos meses. Cuando el instinto habla con la lengua prieta, procuro escucharlo. Mi abuela ya no reaccionaba a casi nada, estaba sentada en una silla de ruedas y la mascarilla azul iba a juego con sus ojos. Primero le di un beso en su piel fría. Me miraba y, sin decir nada, me lo decía todo. Me acerqué a su oreja y le dije que le quería presentar a mi hija, a su biznieta. La emoción se coló en todos mis poros, no quería mojarla con mis ojos, pero no podía parar. Y la magia ocurrió. Los ojos azules de Chelo se clavaron en los ojos azules de mi hija. Robin le tocó la nariz y ella se emocionó. Su cara se llenó de luz, hubo un gesto de una sonrisa y sus ojos se cristalizaron. Mi abuela estaba allí y vio sus ojos en los de su biznieta. Mi abuela le regaló sus ojos.

Volvimos a Portugal. A los pocos días, mi abuela falleció. Las dos sabíamos que iba a irse, nos esperamos y nos despedimos. Lo que te dije al oído, se fue con nosotras. Desde que soy madre, la muerte está muy presente en mi día a día, más de lo que me gustaría. Solamente escribirlo hace que sienta sentencia. No quiero quitarle importancia, porque la tiene. A veces me asusto de mí misma, de los horrores que se me pasan por la cabeza. No es fácil salir del bucle en el que de repente me veo envuelta. Soy más consciente de mi edad, del paso del tiempo, de lo que supone una generación más… ¿No te ha pasado alguna vez, que de repente te ves reflejada en un escaparate de la calle y te dices a ti misma «Hola, ¿te conozco?»? Tengo rosácea, mucha celulitis, la piel de mi abdomen está empezando a tener personalidad propia y tengo que levantarme la teta para poder ver mi primer tatuaje. Solía pensar que mi corte de pelo era sexy y femenino, hoy me recuerda al de mi abuela Chelo. Siento el peso de mi cuerpo y las ganas de ser ligera.

Nunca le pregunté a mi abuela cuáles eran sus temores como madre, cómo era su dolor o su alegría. Ella no hablaba de esas cosas, era una mujer de su tiempo donde todo se lleva por dentro. Creo que ahí nacieron las procesiones. A Jesús, mi marido, cada vez que lo veía, lo conocía como si fuera la primera vez. Le decía que era muy guapo y que me iba a dar unos terrenos. Vamos, ¡que me estaba vendiendo! No se acuerda, pero estuvo en la celebración de nuestra boda. Yo sí me acuerdo.

Es importante despedirse y cerrar. No siempre se puede.

Era del “clan de las cebollas” en Valtuille de Abajo, jergas del pueblo.

Ahora mismo te veo sonriendo, apoyada en una nube.

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2 respuestas

  1. Me ha encantado, me ha emocionado y te he vuelto a sentir en la habitación de al lado chillando “ Chelin!!”.
    Bonitas palabras y bonito ese amor q siempre os unirá… familia de almas…

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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