La ilustradora Ilu Ros (Mula, Murcia, 1985) dice que entrar en García Lorca es un poco como entrar en contacto con un veneno: después cuesta salir. Ella tampoco ha querido hacerlo. Tras acercarse a su vida en Federico (Lumen, 2021) y a su teatro en Una trilogía rural (Lumen, 2022), vuelve ahora a él con una edición ilustrada del Romancero gitano (Lumen, 2026), publicado originalmente en 1928 y convertido en uno de los libros más reconocibles del poeta.
No parece, a priori, un libro fácil de ilustrar: García Lorca ya llenó sus romances de imágenes que casi podemos ver antes de que nadie las dibuje y las hizo convivir con el deseo, la violencia, la pena y la muerte. Ros entra ahora en ese imaginario sin limitarse a poner imágenes a los versos: busca las historias que esconden los poemas y los vuelve a leer desde el presente. Casi cien años después de su publicación y en el noventa aniversario de la ejecución del poeta, su obra confirma que los clásicos quizá sean eso: libros que nunca terminamos de leer de la misma manera.
Esta es tu tercera novela gráfica alrededor de Lorca, después de Federico y de Una trilogía rural. ¿Qué hace que sigas volviendo a él? ¿Qué encontraste esta vez que no habías encontrado antes?
Más que seguir volviendo a él, creo que una vez que entras en García Lorca, cuesta mucho salir. Esto lo dicen muchos especialistas en Lorca o personas que han trabajado con su obra: es un poco como un veneno. Yo creo que cuesta salir.
Es cierto que hice Federico y después le propuse a mi editora hacer Una trilogía rural con las tres obras de García Lorca a través de las cuales yo lo había conocido de niña. Ya no pensaba hacer nada más sobre él, pero Lola, mi editora, me propuso hacer un Romancero gitano ahora es el noventa aniversario de su fusilamiento. El Romancero gitano es su libro más emblemático y tiene mucha relación con quien fue él, con su niñez y con esa Granada tan fuerte, tan profunda y también tan misteriosa de los gitanos de la Alpujarra, que al final habla de lo humano. Así que no podía decirle que no.
También lo he visto como una oportunidad de volver a coger a García Lorca desde otra perspectiva, cinco o seis años después. Al final, siempre puedes hacer nuevas relecturas. Me puse a leer el Romancero con mucha tranquilidad, a tomar notas. La ejecución de las ilustraciones me ha llevado unos cinco meses, aproximadamente. También es cierto que ya llevaba muchísimo trabajo hecho sobre él. Ha sido como volver a encontrarme con un amigo al que hacía tiempo que no veía.
El Romancero gitano está lleno de imágenes muy poderosas: la luna, el caballo, la sangre, el cuchillo, el agua… ¿Qué haces como ilustradora ante un libro que parece estar ya lleno de dibujos?
Esa era la mayor dificultad de ilustrar el Romancero. García Lorca es un autor con un gran componente visual. Cuando lees su obra, ya te estás imaginando cosas, ya estás viendo. Por eso resulta tan atractivo para una dibujante, pero también ahí está la dificultad: en no limitarte a repetir lo que ya te está diciendo el autor.
He intentado sacar la esencia de cada poema y, sobre todo, la historia que hay detrás. Aunque muchas veces nos parezca que la poesía es algo muy abstracto —y aunque no sea necesario entenderla para disfrutarla—, en el Romancero gitano hay una historia detrás de cada poema. He intentado sacar esa historia, buscar la esencia y el tema principal, y ver cómo podía concretarlo. Creo que eso puede facilitar también la lectura a personas que quizá se sienten más cohibidas ante la poesía.
Tenemos la necesidad constante de intelectualizar la poesía, pero no le pedimos lo mismo a una canción en inglés que escuchamos sin entenderla del todo.
Eso es lo que digo siempre: muchas veces no hace falta entenderlo todo para disfrutarlo, como sucede, por ejemplo, con las canciones. Creo que últimamente queremos controlarlo todo a nuestro alrededor y la poesía es incontrolable. Hay que leerla con pausa, dejarse llevar por el ritmo y por la cadencia. Eso ya forma parte del disfrute de la poesía. Yo no soy una gran lectora de poesía, aunque sí me gusta leerla. Es verdad que, cuando lo hago, pienso: «Qué gusto. Tengo que dedicarle mucho más tiempo a esto».
La poesía es algo inacabado. Tú puedes leer unos versos y entenderlos de una manera completamente distinta a como los entiendo yo. Todo cabe. Lo que hoy significa una cosa, dentro de un tiempo puede significar otra.
Sí, y esa apertura es muy bonita. Cuando leí por primera vez el Romancero, siendo adolescente, no entendí muchas cosas. Cuando volví a leerlo, mientras hacía Federico, me quedé más con la copla. Pero ahora, al revisarlo de nuevo, me he dado cuenta de que no había entendido muchas de las historias que hay dentro.
En Romance sonámbulo, por ejemplo, quizá no sabía cuál era la historia que se estaba contando. Al final, es la de un hombre que llega a la puerta de una casa. Al principio aparece una mujer junto a un balcón: él es su enamorado y pide que le dejen subir. El hombre que le abre la puerta siente pena y compasión por él, quiere ayudarlo, pero le dice: «Yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa».
Esos dos versos siempre me han resonado mucho, incluso sin entender la historia que hay detrás. Precisamente los utilicé para abrir el libro anterior, Una casa en la ciudad, que es un libro autobiográfico sobre la búsqueda de un lugar en el mundo. Al final no lo hice porque pensé que quizá estaba siendo demasiado insistente con Lorca y lo abrí con Alejandra Pizarnik. Pero a eso me refiero: muchas veces te preguntas quién no ha sentido alguna vez que su casa ya no es su casa.
Casi todos los días, si vives de alquiler, por ejemplo, en una ciudad como Madrid.
Claro. Y ahí aparece también una parte mucho más objetiva, más real.
¿Hubo algún poema que se te resistiera especialmente? ¿Alguno para el que tuvieras demasiadas imágenes posibles y otro ante el que no vieras absolutamente nada?
Me ha gustado mucho la solución que di a El emplazado. Es la historia de un jinete gitano que camina hacia la muerte después de haber tenido un presagio, una pesadilla en la que le anuncian que va a morir en dos meses. A partir de ese momento, empieza a morir. Imagínate que te dicen algo así.
Me gustó resolverlo de esa manera, con un personaje cuya historia va sucediendo mientras pasas las páginas. Los poemas que más me costaron fueron los de Romance de la Guardia Civil española, por el peso que tienen. Son muy conocidos dentro del Romancero gitano y no quería caer en la obviedad. Hablan de la violencia de la Guardia Civil, que entra en una ciudad y la destroza: una ciudad gitana. Yo decidí que lo más importante no era precisamente los guardias civiles, que es de lo que más se suele hablar, sino el destrozo de una ciudad.
Tú conoces bien a Lorca. En el Romancero gitano, lo gitano tiene unas connotaciones que hoy son distintas. Lorca decía que quería hacer algo «antipintoresco, antifolclórico y antiflamenco». ¿Cómo se dibuja hoy ese universo sin convertirlo precisamente en estampa?
Cuando García Lorca escribe el Romancero gitano, habla de esto en una de sus conferencias. Lo que quería era elevar la cultura gitana, esa cultura milenaria y tradicional, tan arraigada en la tierra. Es verdad que la cultura gitana tiene algo muy telúrico, algo que viene del fondo de la tierra. Yo siempre pienso en el núcleo, en el fuego. García Lorca hablaba también mucho de los flamencos: cuando ves cantar a alguien flamenco, te preguntas de dónde le sale eso. Es algo que parece ancestral. Habla de esa pasión y de ese misterio tan relacionados con la cultura gitana, pero también con lo humano, con el lugar del que venimos.
Tengo la sensación de que ese misterio —que probablemente nunca resolveremos— tiene que ver con el origen del alma, con el origen de nuestros odios y nuestras pasiones, con la forma en que el erotismo o el deseo pueden mover montañas, pero también con el odio y la muerte. Por mucho que intentemos civilizarnos, siempre queda algo de eso. Es algo muy humano, algo que no sé de dónde viene; quizá de la creación misma. García Lorca pone a los gitanos como protagonistas, pero está hablando de todas esas cosas. Les da una profundidad y una importancia enormes porque, en realidad, está hablando de algo muy importante: de lo humano.
Leíste Romancero gitano en la adolescencia y has vuelto a él varias veces. Al asumirlo como un trabajo, ¿hay algún poema que hayas resignificado especialmente o que hayas leído de otra manera?
No sé si leí el Romancero completo en ese momento. Algunos poemas sí, seguro. Después volví a leerlo cuando hice Federico, hace ya unos años.
Creo que los poemas, como cualquier tipo de lectura —como cualquier artefacto artístico y cultural—, tienen la capacidad de rebasar el tiempo y el espacio. Pueden leerse en diferentes lugares del mundo y adquirir significados distintos a lo largo del tiempo. Hay un autor que crea un tema y abre un diálogo, pero ese diálogo puede ser contestado dos siglos después. En ese momento, alguien quizá entenderá lo que quería decir el autor, pero también responderá desde sus propias experiencias y hará nuevas lecturas. Eso es lo bonito de la cultura.
Ahora he prestado más atención al Romancero porque sabía que tenía que dibujarlo. Evidentemente, los poemas que tratan sobre violaciones y abusos a mujeres los he leído de otra manera. Hay varios: Preciosa y el aire, Martirio de Santa Olalla —en el que le cortan los pechos y las manos— y también el último poema, Thamar y Amnón, que narra la violación de una hermana por parte de su hermano.
Creo que hoy hago una lectura distinta de la que podría haber hecho de adolescente; tengo otra cabeza ante los abusos. Aunque siempre hayan existido, y aunque García Lorca ya estuviera haciendo una denuncia, en el mundo actual estamos más pendientes de ese tipo de cuestiones. El feminismo ha hecho mucho y yo estoy atravesada por él, por lo tanto, también atraviesa mi obra.
¿No crees que hay demasiada actualidad en algo escrito hace décadas?
Sí, muchísima. Una de las razones por las que García Lorca se sigue leyendo y representando tanto hoy —quizá de una manera distinta a la de algunos de sus compañeros de la Generación del 27, que en su momento también fueron muy importantes— es que su obra ha trascendido el tiempo de una forma especial.
Creo que se debe a los temas que trata, que son muy universales: el deseo, el rencor, el amor, la pena, el odio, la envidia y también a la manera de tratarlos. Habla, a veces, de cosas muy cruentas y dolorosas, con mucha violencia. En La casa de Bernarda Alba hay una violencia muy contenida; en el Romancero gitano también hay mucha violencia, pero lo hace con un lirismo y una belleza que te atraviesan por dentro. Por eso es un autor tan querido. Porque consigue hacer algo tan cruel y tan bello sin dejar de denunciarlo. No lo está dulcificando: lo está mostrando de una manera muy cruda. Pero ese es el poder del lenguaje, y eso solo puede hacerlo alguien como García Lorca. Es la única manera de explicarlo: era un genio.

Desde su publicación en 1928, el Romancero gitano no ha dejado de fascinar a generaciones de lectores por la oscura belleza de las metáforas que atraviesan un universo en el que los símbolos y las imágenes —la luna, el agua, el cuchillo, la sangre, el caballo, el deseo o la muerte— laten con un ritmo y una intensidad musical casi imposibles de olvidar. Federico García Lorca consiguió llevar el romance a un territorio inexplorado y destiló la tradición popular para crear una de las obras más hipnóticas y cautivadoras de la poesía universal.
Hoy, Ilu Ros regresa al mundo lorquiano para iluminar su poemario más celebrado. Sus ilustraciones abren un sorprendente y renovador diálogo con los versos y revelan, con una sensibilidad única, la fuerza visual, simbólica y plenamente contemporánea de este clásico absoluto.






