¿Qué pasa cuando una ruptura no termina solo con una pareja, sino también con la vida que habíamos construido a su alrededor? En Los años secos (Temas de hoy, 2026), la primera novela de Raquel Zas, Clara vuelve al pueblo de sus padres después de quedarse sin novio, sin casa, sin ciudad y, en buena medida, sin la red que creía propia. Nacida en Viveiro (Lugo) en 1989, Raquel Zas es guionista y ha trabajado también como periodista. Ha escrito para medios como i-D, Vice y Freeda y participado como guionista en proyectos audiovisuales como Ciao Bambina y Este cuerpo mío. En su debut literario escribe sobre el deseo, pero también sobre la necesidad de ser queridas, la vergüenza, la amistad, la pareja y una idea de libertad sexual que quizá escondía sus propios mandatos. «El consentimiento es la base, no el techo», dice en esta conversación. Los años secos se mueve precisamente en todo lo que queda por encima de ese mínimo: el derecho a desear, a sentir placer y, sobre todo, a averiguar qué queremos cuando dejamos de mirarnos a través de los ojos de los demás.
Tu protagonista, Clara, vuelve al pueblo después de una ruptura y se queda sin novio, sin casa, sin ciudad y sin amigos. ¿Qué te interesaba explorar de una ruptura capaz de desmontar no solo una relación, sino una vida entera?
Todos, en mayor o menor medida, hemos sufrido una ruptura. A veces creamos una infraestructura en torno a una persona. No sé si es un error o no, pero cuando esa persona falta, desaparece también una parte de nuestra vida. Es como si nuestra identidad se desvaneciera de repente y nos quedáramos sin nada: sin la casa, sin los amigos, sin el trabajo, sin la ciudad en la que vivíamos. Quería explorar hasta qué punto nos volvemos dependientes de nuestras parejas; ese universo en el que sientes que tu vida se ha desmoronado solo porque una persona ha decidido no estar más contigo. Y, además, ni siquiera es una decisión tomada por ti. Es tremendamente doloroso, y creo que muchos lectores pueden verse reconocidos ahí.
Muchas veces compartes un grupo de amistades con tu pareja y, después de la ruptura, esas amistades desaparecen para ti, aunque hayan sido personas a las que tratabas como amigas. Yo lo llamo «el síndrome del bolso»: he dejado de ser el bolso de alguien. No tengo entidad como persona, sino como complemento de otra persona. ¿Es evitable que terminemos ocupando ese lugar?
Lo has definido perfectamente. A veces deberíamos evitar convertirnos en el satélite de alguien, porque luego nos quedamos sin nada. Y lo de los amigos es muy importante. Reivindico mucho las redes de amistad porque, en ocasiones, se consideran relaciones de segunda categoría. Siempre están primero la familia y la pareja —y, por supuesto, los hijos—, mientras que los amigos quedan relegados a un segundo plano, y no debería ser así. Son relaciones muy importantes y necesarias para nuestro bienestar.
A medida que nos hacemos mayores, ese tipo de vínculos va menguando, y creo que es un error. Sobre todo si pensamos hacia dónde caminamos: cada vez hay más parejas que no tienen hijos y las familias son más pequeñas. La comunidad que formemos dependerá, en buena medida, de nuestras relaciones de amistad. Hay que evitar convertirnos en el satélite de alguien porque, si esa persona desaparece un día, puedes quedarte completamente sola.
Clara dice que le gusta tener poco espacio para sí misma porque así puede «centrarse tanto en alguien y no tener que centrarse en sí misma». ¿Qué tiene de confortable desaparecer un poco dentro de una pareja?
Hay algo confortable, incluso relajante, en poder descansar en la desaparición; en no tener que estar siempre pendiente de ti misma. Es muy cómodo. Creo que es un error olvidarnos de nosotras mismas, pero muchas personas caemos en esos roles porque es más fácil cuidar de otra persona que enfrentarnos a nosotras mismas. Cuando estás centrada en el cuidado de un hijo o de una pareja, no tienes que sentarte a la mesa, mirarte al espejo y preguntarte: «¿Qué quiero yo?». No sabemos responder a eso y da vértigo. Mientras estamos entretenidos con los cuidados de los demás, no tenemos que contestar esas preguntas. Es cómodo, absolutamente cómodo, y creo que todos caemos en ello.
Describes una infancia, la de Clara, muy cercana a los años ochenta y noventa, una época en la que muchas de nosotras fuimos educadas —aunque quizá no se trate solo de educación, sino también de toda la cultura que nos rodeaba, de lo que veíamos en televisión o leíamos en las revistas— para sentirnos más validadas por ser deseadas que por reconocer nuestro propio deseo. ¿Cuándo aprendemos cómo se supone que debemos desear?
Por eso me parecía muy interesante volver atrás en la biografía de Clara y ver de dónde nace su falta total de deseo. No creo que le falte deseo; lo que ocurre es que no sabe dónde está. Desde pequeñas recibimos, directa o indirectamente, una educación sexual muy pobre y muy vinculada a la vergüenza: vergüenza hacia el cuerpo, mandatos sobre no ser demasiado sexuales, ideas sobre qué cuerpos merecen ser deseados… Después, cuando creces, tienes que comportarte como los hombres y homologar tu deseo al masculino. Son mandatos contradictorios, pero el cuerpo siempre está de examen. Lo que cambia es el temario; el cuerpo, en cambio, permanece siempre sometido a evaluación.
No se trata solo de que hayamos recibido una determinada educación. Toda la cultura hace que seamos validadas por el deseo ajeno: tenemos que ser deseadas antes de reconocer nuestro propio deseo. Eso es precisamente lo que le ocurre a Clara. Está tan enfocada en ser aceptada y querida —algo que todos buscamos, en mayor o menor medida, en todo lo que hacemos— que pone por delante ser deseada antes que saber qué desea ella. Ni siquiera se lo pregunta. Clara se sabe la teoría perfectamente. Ha aprendido a representar un papel que no tiene nada que ver con lo que lleva dentro. No sabe qué quiere.
Muchas veces, especialmente las mujeres, aunque creo que también muchos hombres, confundimos desear con ser deseados. Lo confundimos por completo.
Después de acostarse con un desconocido, Clara piensa: «Veinticinco años intentando ser como un hombre». ¿Qué idea de libertad sexual estaba intentando imitar?
Creo que la libertad sexual que nos han transmitido deja de ser libertad si solo puede ejercerse de una manera determinada. Nos han dado ciertos códigos, mandatos y obligaciones disfrazados de libertad, y no creo que sea una libertad real; es una libertad que tiene que ajustarse a los códigos que impone la sociedad, no a lo que tú deseas o dejas de desear.
Cuando se empezó a hablar más abiertamente del sexo femenino, se nos transmitió la idea de que teníamos que vivir la sexualidad como los hombres, con libertad. Para ser una mujer liberada, una mujer moderna, tenías que ejercer tu sexualidad y tu deseo con total libertad. En realidad, creo que nos han contado un cuento, porque eso terminó convirtiéndose en un trabajo. No se ha representado, dentro de esa idea de libertad, la diversidad de deseos o los diferentes tipos de deseo que puede tener una persona.
También hemos intentado homologar demasiado nuestro deseo al masculino. Tenemos que aceptar que no somos iguales y que nuestros deseos tampoco lo son. No quiero dar ninguna tesis ni formular una sentencia firme: es una opinión que fui construyendo a lo largo de la novela. Pero si tuviera que decir algo, diría que nos han vendido una libertad que en realidad es una obligación, un mandato. Y eso es lo contrario de la libertad.
Llevamos mucho tiempo hablando del consentimiento. Hemos teorizado sobre él, aunque todavía queda mucha conversación por delante: es un campo que seguimos definiendo. ¿Qué hacemos con todo ese territorio en el que hemos dicho que sí sin preguntarnos demasiado si nos apetecía?
Ahí intervienen también las expectativas sobre nosotras y la vergüenza que sentimos al pedir lo que queremos. Seguimos teniendo muchas barreras para pensar que merecemos respetar nuestro deseo. Se ha hablado mucho del consentimiento, por razones obvias, pero creo que el consentimiento es la base, no el techo. Nos hemos centrado tanto en él que nadie habla de que las mujeres, además de consentir, tenemos derecho a desear y a sentir placer. A veces ni consentimos ni deseamos ni tenemos placer. Creo que muchas mujeres han mantenido relaciones sexuales consentidas sin tener ganas: por amor a la otra persona, por miedo a ser rechazadas o porque quieren ser deseadas. Perdemos completamente el foco de nosotras mismas. Vuelvo a lo que decía al principio: el gran problema de Clara —y de muchas de nosotras— es que hacemos muchas cosas para ser aceptadas y para que nos quieran. La novela plantea muchas preguntas a las que yo no sé responder. Pero sí quería insistir en que el consentimiento es imprescindible, es la base, aunque nos merecemos algo más que simplemente decir que sí.
Madrid y el pueblo son dos escenarios que funcionan, casi, como personajes en tu novela. Escribes: «Me meto en la cama llena de drama y cosas que contar, que es como te hace sentir siempre Madrid». ¿Qué importancia tiene el territorio en Los años secos?
Quise desmitificar un poco el pueblo, porque creo que se ha idealizado mucho la vuelta al pueblo. Puede ser un lugar muy hostil y también un lugar maravilloso. En el pueblo tienes unas marcas, como digo en la novela, y esas marcas te acompañan siempre. Pero, al mismo tiempo, también te sostienen. Esa familiaridad, ese lugar donde todo el mundo te conoce y conoce tu biografía, puede funcionar como una forma de refugio. No quiero idealizarlo, porque también puede ser muy hostil.
Con Madrid me ocurre algo parecido. Siento que hay una especie de guerra entre mi vida en la ciudad y mi vida en el pueblo. He vivido en Madrid y en otras ciudades, y me encanta la ciudad, pero también soy de un pueblo. Entiendo perfectamente esa dualidad. Todos los lugares tienen claroscuros. Madrid es un sitio fascinante, donde todo el tiempo están pasando cosas y eres completamente anónima. Eso es muy importante para el desarrollo de una persona, pero también tiene un precio. La ciudad está muy condicionada por tu estatus social y económico. Puede llegar a devorarte si no tienes el dinero necesario. Son lugares hostiles y, al mismo tiempo, espacios donde la belleza y el estatus parecen imprescindibles para formar parte de determinados círculos. En las ciudades hay que hacer una especie de performance. La novela critica mucho eso, aunque Clara también lo critica y, a la vez, quiere formar parte de ese mundo. Son ambientes donde el hedonismo, el deseo y la belleza están muy presentes. Ella quiere pertenecer a ellos. Es como esa frase que dice que nadie quiere ir a una fiesta hasta que le invitan. Clara rechaza esa performance, pero también se beneficia de ella, forma parte de ella y le gusta. Todo tiene sus claroscuros, tanto el pueblo como la ciudad.
Una amiga de Clara teme «ser solo esta mujer para este hombre, hasta el final»; Clara, en cambio, envidia «que alguien te elija de forma sostenida, ser irremplazable». Una mira el matrimonio y ve un encierro; la otra lo mira desde fuera y ve la prueba definitiva de haber sido elegida. ¿Por qué pueden darnos miedo cosas tan opuestas como ser elegidas y no serlo?
Es muy contradictorio. La novela, en sí misma, lo es, y sus personajes también. A mí me interesa escribir sobre las incoherencias, porque nosotros somos así. La novela no es necesariamente antimatrimonio, para nada. Pero esos dos personajes ven de una manera completamente distinta lo que significa el matrimonio. Me gusta mucho la frase en la que se dice que el matrimonio es «una administración conjunta del miedo». Me interesa mucho ese concepto. No existe un matrimonio ideal, del mismo modo que tampoco hay un camino ideal: ni el de quedarse soltera ni el de elegir el matrimonio.

Clara vuelve al pueblo de sus padres tras una ruptura que la deja sin la vida que había construido alrededor de su pareja. Allí, entre trabajos provisionales, rutinas familiares y amistades que sobreviven al paso del tiempo, empieza a revisar su relación con el deseo: la infancia, la vergüenza, los primeros contactos, el miedo a ser tocada o a que nadie vuelva a hacerlo nunca más. Después de una experiencia sexual que no sabe cómo nombrar, su terapeuta le propone una pausa: no tener sexo, ni sola ni acompañada. Lo que parecía una retirada se convierte en una búsqueda íntima sobre el amor, el placer, la libertad y el cuerpo. Bajo todo ello late una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que deseamos ha sido realmente elegido?






