© Verónika Jorquera

UNA CONVERSACIÓN CON CLAUDIA ULLOA DONOSO

Escrito por:

Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) vive en Noruega desde hace más de veinte años y escribe desde esa distancia, entre dos países, dos lenguas y dos formas de mirar el mundo. Ha publicado los libros de relatos El pez que aprendió a caminar, Pajarito y Séptima madrugada, además de la novela Yo maté a un perro en Rumanía. Su escritura se mueve con naturalidad entre lo cotidiano y lo extraño, entre el humor y la oscuridad, y suele prestar una atención muy precisa a los cuerpos, a los animales y a las formas en que miramos lo que tenemos delante.

Ahora publica El miedo terrible de ser un animal (Páginas de Espuma, 2026), un libro de relatos en el que los animales están muy presentes, pero nunca de la misma manera. A veces acompañan, otras observan, otras irrumpen en la vida de los personajes y la cambian. También están Perú y Noruega, las ciudades y los bosques, la enfermedad, la migración, el lenguaje y una forma de humor que aparece incluso cuando las cosas se ponen oscuras. Ulloa cambia de registro con mucha libertad y consigue que cada cuento tenga su propio mundo sin que el libro pierda unidad.

 

Abres El miedo terrible de ser un animal con citas de César Vallejo, García Lorca y Job que hablan de miedo, revelación y aprendizaje a través de los animales. ¿Por qué elegiste a estos cómplices para preceder a tus relatos?

Creo que reflejaban muy bien de qué trata el libro: hay que observar a los animales y también el miedo a ser un animal, porque en estos relatos hay animales que sufren, abandonados o que son usados para otros fines. Los epígrafes vinieron al final; César Vallejo y García Lorca son mis poetas pilares, mis poetas de cabecera.

Hay algo que se repite a lo largo de tus relatos: los ojos, la mirada, el acto de observar y de ser observado. A veces son los humanos quienes miran a los animales y otras son los animales quienes les devuelven la mirada. ¿Qué lugar ocupa mirar en estos cuentos?

La escritura es mirada y escucha, sobre todo cuando se construyen voces. Pero en los cuentos, para mí, lo que predomina siempre es la mirada. Siempre parto de una imagen, de algo que llama mi atención, y desde esa imagen se empiezan a desdoblar otras imágenes. Así voy construyendo el cuento. Es como si los ojos se multiplicaran o el foco se abriera, y así se construye la historia.

Los humanos solemos pensarnos fuera del reino animal, incluso por encima de él. También usamos «animal» como insulto cuando alguien se comporta con crueldad o pierde aquello que llamamos «humanidad». ¿Qué te interesa de esa separación que hemos construido entre lo humano y lo animal?

 Es una separación absurda. No debería existir porque somos parte de un todo: existimos en el mismo universo, en el mismo planeta. Si se quema un bosque, van a sufrir nuestras familias, pero también sufren los animales, y esos animales son los que mantienen el bosque.

Todo está interconectado y dependemos los unos de los otros, incluso de nuestras mascotas. Yo tuve un gato que, por mucho tiempo, fue de gran apoyo emocional en un momento difícil para mí. Su compañía, solo su presencia, ya hacía que yo tuviera conciencia de que había un ser vivo que, en este caso, dependía de mí. Eso hace que, en momentos difíciles, tengas conciencia de la vida en su forma más básica. Era lo que yo también tenía que hacer: alimentarme, levantarme, asearme como el gato, dar un paseo. Yo decía: «Tengo que hacer lo que hace este gato para salir, para empezar».

Es muy curioso. No dejo de preguntarme por qué nos pensamos aparte. ¿De dónde sale ese poder, ese sentirnos superiores o poderosos? ¿De dónde sale esa pulsión?

Yo también me lo pregunto siempre. Debe ser que, como dicen, el poder es una droga. Pero, igual, ¿cómo surge ese deseo de superioridad? Tampoco es que uno se sienta inferior: simplemente es sentirse parte de un todo, que lo que haces aquí va a afectar al de allá.

Hablamos de «humanidad» como sinónimo de compasión, sensibilidad o respeto, como si esas cualidades nos pertenecieran de manera especial. Después de escribir este libro, ¿qué significa para ti eso que llamamos «ser humano»?

En ese sentido, pensamos en «humanidad» como lo positivo, en los valores, en la empatía. Tener humanidad es decir: eres empático, eres consciente del otro. Pero si pensamos en la condición de existir, la del humano ahora, en este ambiente, es terrible. El miedo terrible de ser un humano podría ser también el título del libro.

Justo ese epígrafe de César Vallejo sale de su libro Poemas humanos; así se titula. He leído ese conjunto de poemas muchas veces y a veces pienso en esa cosa pesada, oscura, que implica ser humano, pero que también tiene luces, que también tiene humor, brillos, alegrías. Es todo eso también.

Hay algo muy físico en el libro: vibraciones, enfermedades, olores, tacto, deseo, miedo. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en tu escritura?

Muchísimo, porque una escribe con el cuerpo. Es un desgaste físico. Anterior a esto escribí una novela, que es una cosa de muy largo aliento, y te requiere muchísimo uso de tu humanidad en el sentido de cuerpo. Los cuentos los escribo de otra manera: requieren también otra forma de que tus sentidos capten una historia. Para la novela, digamos que uno capta una cosa con todo el cuerpo. Quizás para el cuento tengo que elegir un sentido: voy a elegir el oído y hago, quizás, la voz de un animal; o voy a elegir la vista y voy al detalle de la imagen.

El cuerpo en la historia empieza con el mío propio. Soy consciente de eso, bastante consciente, y ahora que pasan los años, una siente más ese peso.

Las relaciones entre humanos y animales ocupan, dependiendo del relato, lugares muy distintos. En unos hay convivencia y cercanía; en otros, distancia, observación, caza. ¿Qué posibilidades te da cambiar la forma de relacionarse de un relato a otro en el conjunto del libro?

Hay relatos donde el animal es protagonista, como en el relato Alto alce. Es el que observa, el que narra, como si fuera el documentalista, y otros donde la sola presencia del animal hace que gire la historia, que se desarrolle y que también se reflejen en ese animal los otros personajes. A veces está en primer plano y luego pasa a un segundo plano, quizás, pero siempre está presente y tiene un rol en la historia.

Perú y Noruega aparecen una y otra vez, y también lo hacen los personajes que viven entre lenguas y códigos culturales distintos. ¿Qué ha cambiado en tu manera de mirar y describir Perú desde que vives en Noruega?

Creo que mucho. Comenzando porque en Lima yo abría mi ventana y veía quizás algo parecido a esto: un vecino. O, cuando vivía en una casa, veía a lo mejor el patio interior o una carretera. En cambio, en Noruega abro la ventana y puedo ver muchísimo más bosque; puedo ver a lo lejos. Antes vivía en el norte de Noruega y algo que yo extraño, que me parecía maravilloso, es que cuando salía a tirar la basura en invierno podía ver una aurora boreal. Eso cambia muchísimo tu relación con el entorno, cómo te impresiona lo que te rodea, y te da también otra mirada, otras cosas para describir, para narrar, para explorar.

Ahí aparecen los animales del bosque. Ahí están Perú y Noruega: en Perú son los animales de ciudad, los sucios, los que traen las plagas, los peligrosos. Igual que los humanos de ciudad, siempre son los peligrosos. Y, en cambio, están también los animales del bosque, los puros o, en este caso del alce, pienso, el más lúcido.

En La génesis de Ugla, Norma dice: «Hablo noruego, pero ahora escribo en tu lengua. Y tu lengua también es mi lengua, porque mi lengua son todas las lenguas». ¿Qué supone escribir en castellano viviendo desde hace años dentro de otra lengua?

En Noruega, mi lengua materna, el castellano, es una lengua de minoría. Y, claro, el noruego, dentro del panorama de lenguas en el mundo, es una lengua pequeñita. Entonces, es como que estoy jugando entre esos dos espacios.

Sin embargo, no podría solicitar una beca para lenguas minoritarias porque tengo la lengua castellana, que la hablan como seiscientos millones de personas. Eso va un poco más allá de la literatura, a lo institucional. Y, sin embargo, mi literatura no puede ser difundida en Noruega a menos que esté traducida. Es lo que ha pasado en este último par de años: se tradujeron mi novela y mi libro de cuentos anterior a este.

El libro comienza con Norma y Otto y termina regresando a ellos. Al final, además, Norma acaba escribiendo su propia génesis: «Empecé mi propia génesis de sustantivo femenino y tuve el poder sobre mi verbo y la palabra fue mía y el verbo era yo». ¿Qué lugar ocupa la escritura dentro del propio libro? 

Generalmente no soy consciente de los temas, porque no me siento a escribir y digo: «Voy a escribir un libro sobre migración». Y aquí podríamos decir que es un libro sobre migración. Pero de algo que soy consciente, por mi afición, por mi gusto, pero también por mi trabajo, es de la lengua, del lenguaje. Y busco —no es que rebusque, porque mi escritura no es barroca—, pero procuro la precisión, procuro que vayan encajando las palabras unas con otras.

Eso para mí es el trabajo del escritor. Creo que en el fondo soy una poeta que escribe narrativa. Pero ese trabajo de buscar las palabras, pulirlas, sacar esa que sobra, eso es lo que más define mi trabajo como escritora.

 

 

Una rata aparece desde el fondo del desagüe para revelar los vínculos de una familia. Un alce observa y reflexiona sobre una primera cita en un país extranjero. Una invasión de hongos destapa las obsesiones de un hombre. Un cuy anticipa la enfermedad que padece un niño. Un gato inspira la creación de un evangelio y la fundación de un barrio noruego. En los cuentos de Claudia Ulloa Donoso, los humanos creen ser los protagonistas hasta que la irrupción animal disuelve las fronteras de la especie. A través de esta suerte de humanimalidad, la autora hace brillar con extrañeza y poesía los matices del temor, la ternura, la belleza y la miseria. Porque, finalmente, su escritura nos enfrenta a una verdad incómoda: en el fondo anidamos un miedo terrible a ser animales.

 

Escrito por:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel