inocente
© Mis Coloretes

Hoy me siento en el tribunal de mi conciencia. Seré juzgada como hija. Me declaro culpable antes de empezar.

La cavidad entre mis costillas es demasiado estrecha para mi inspiración. Mis pies son demasiados pequeños para el peso de la mochila de mi vida como hija. Creo que no hay un solo día en el que no piense que son más los años que he pasado fuera de la que fue mi casa que dentro de ella. ¿Soy una desarraigada? ¿No tengo raíces? ¿Será porque soy hija única?  Mis padres siempre me han empujado a vivir mi propia vida, a perseguir mis sueños, a seguir mi instinto. Cuando te alejas físicamente de tus padres, si ellos te dicen «adelante» se traduce en alivio y toda la culpa que sientes se convierte en fuerza y amor.

En los diez años que viví en Madrid, todos mis caminos de vuelta me ahogaban en lágrimas en el autobús. Después fui saltando de país en país, a otro continente. Pasaron demasiadas cosas importantes en las que yo no estuve. No estuve. Me siento culpable todos los días por la hija que soy. Ahora soy madre y en sus casi cuatro inviernos, no me he separado de mi hija ni una sola noche. Me asusta muchísimo perder a mis padres, me asusta la vida que es brisa corriendo de un lugar a otro sin esperar a nuestra reacción. Me asusta la vejez.

A veces pienso que me hubiera gustado que mis padres me impusieran más prohibiciones, más límites, más castigos, menos libertad. Es curioso: ojalá me hubieran retenido un poquito más a su lado. Esto es como el pelo liso y el pelo rizo; anhelas lo que no tienes, tarde o temprano. Cuando te lo dan todo (con toda la buena intención), la trampa te está esperando a la vuelta de la esquina. No olvido que ellos son también hijos de otra infancia. Son hijos de otros padres. Ellos me quisieron dar todo lo que ellos no habían tenido. ¿No es eso lo que se supone que se debe hacer? Pero, ¿cómo se da algo que nunca se ha tenido? Se dan expectativas y eso puede salir bien, mal o regular. Su apoyo incondicional imprevisiblemente me ha sacudido sin piedad. Si no me hubieran apoyado, quizá los culparía a ellos y no a mí por mis propias decisiones. Qué locura de ego.

Es tiempo de vulnerabilidad donde quiero despertarme en medio de la noche y acurrucarme entre mis padres. Puedo sentir su calor y el olor a noche de esa habitación. Bendito lugar seguro. Hoy tengo a mi hija dormida entre nosotros. No sé cuándo dejé de ser la niña de mamá y papá para pasar a ser mamá. No sé en qué país mi culpa creció en forma de árbol plantando las raíces que nunca tuve. Me educaron independiente en espacio y cuerpo, pero mis emociones no lo son. Me siento culpable por no pasar más tiempo con ellos, porque mi hija no pase más tiempo con sus abuelos. Ella crece a pasos de jirafa y en ellos sus ojos cuentan que nos echan terriblemente de menos, aunque repitan una y otra vez «aquí no tenéis nada que hacer». Me duele, hay duelo.

La culpa está en cada foto, en cada enfado, en cada plato, en cada cumpleaños, en cada arrepentimiento, en cada Navidad, en cada deseo. La culpa está en todas las casas y te escupe en la cara sin boca ni saliva. Culpo mucho al tiempo de mis errores, es abstracto y me vale por unos minutos. Me siento culpable por la prisa que tenía por crecer; quise plancharme el pelo a la vez que me salía bigote, quise fumar con mis pulmones aun creciendo o tener un novio que me sacara unos cuantos años y de paso la confianza en mí misma.

Si mi culpa tuviera cara se parecería a un troll de David el gnomo. Sería más fácil mirándole a los ojos. Pero no tiene cara y no es fácil. Son momentos incómodos, llenos de lluvia y nostalgia. ¿Cómo se transita de hija a madre? ¿Cómo se es madre siendo hija? ¿Cómo suelto mi culpa como hija? ¿Cómo convivo con mi culpa?

Soy hija, soy madre, soy culpable… y solo a veces, inocente.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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