IN MEMORIAM: MARÍA PILAR APARICIO PALUD

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Hoy, 1 de noviembre de 2020 deberíamos estar celebrando el cumpleaños de mi preciosa hija Julieta. Hace 10 años, la tenía entre mis brazos por primera vez. A mi alrededor, su padre y todos sus abuelos, maternos y paternos. Y sus tíos de Zaragoza, que no articulaban palabra, no podían dejar de mirarla. Tan pequeñita y tan linda…

Hoy, día de celebración, día festivo por Los Santos y por el cumpleaños de mi hija, he recibido las cenizas de mi madre. Paradojas del destino, nadie imaginaba un regalo así.

Mi madre se fue hace dos días, sin querer irse. No murió de cáncer, que era lo que hubiéramos podido esperar. Murió de una neumonía causada por COVID. Pum. Lo inesperado. Lo inexplicable. Ella, que no estuvo sola en ningún momento de su enfermedad, se ha ido sola. No hemos tenido derecho a tocar su mano. A verla. A poder hacer un velatorio. Un funeral. Con media familia confinada, ni mi hermano, su hijo, hubiera podido asistir.

Así que lo último que me ha regalado esta vida es lidiar sola con la muerte de mi madre. Con mi miedo más grande. Confío en encontrar la belleza a tanta mierda. No en vano, el estiércol abona a las plantas.

Gracias a la vida por haberme hecho nacer de mi madre. Gracias a Julieta por haberme elegido como madre.

Lo más bonito que mi madre me dijo una vez es que no se imaginaba que yo fuera a ser una madre tan buena. No fue el único piropo que me dijo. Creo que nos lo dijimos todo.

Estoy rota, vacía y no sé por qué puedo caminar, hablar o escribir. Debe ser la vida esto, también.

Te amo, mamá. No hay palabra más bonita en el mundo que esa. Mamá.
Cuídame, por favor. Que me he caído y no sé cómo levantarme ahora, sin ti.

Victoria Gabaldón Aparicio.

Orgullosa hija de sus padres.

Orgullosa madre de sus hijos.

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