Dice mi amiga que ha oído que la adolescencia es un acto de fe. Yo recuerdo la mía. Mucha tortura, tontuna, Lorca, parque y Extremoduro. Esto de ser la otra cara de la moneda es extrañísimo, porque una se cree moderna y especial. Yo soy una madre comprensiva y liberal. Y con esa cantinela vives los primeros once años de crianza y te lo crees, porque eres flexible con la hora de ir a dormir, hablas de diversidad de género y le pones cine mudo. Molas, te dices. Conmigo no se va a tener que rebelar, porque yo permito, yo no prohíbo porque sí, yo soy guay. ¡Qué fantasía letal! De pronto te encuentras en un desconcierto de límites, eligiendo las batallas como si fueran pepitas de oro entre lentejas. ¿Qué hago? ¿Le digo lo de la toalla mojada o lo de comer pera? En esta casa se lleva una semana sin luchar la fruta. Las manzanas se arrugan hasta nuevas fuerzas. Hay que hacer selección de contiendas, porque con el todo mueres. Y te conviertes en esa que decías que no eras, con el bufido suelto y el reproche despierto desde la madrugada. De pronto eres esa de las comisuras hacia abajo, colgando de tristeza, con una mano amenazante como de viuda italiana en posguerra. Anna Magnani, sal de mí. ¿Pero qué mierda es esta? Que no, que no, que yo soy a la que mis sobrinos le cuentan las cosas. Que soy la comprensiva de la familia. Para algo soy la rara, la artista y la roja.
La fe se está poniendo de moda y me pilla mal. Porque justo yo vengo saliendo de esto. A mí en fe no me ha ganado nadie. Yo he creído en Pedro y vino a mí. Soy nieta del costumbrismo feroz, heredera de la raíz. Dame una Virgen, un buen tambor, una banda, una abuela en una ventana. Un ataque floral. Todo eso me arrebata. Y el espíritu. Esa cosita que sientes cuando haces meditación. Que tú te preguntas con tu ojo semiabierto, el tercero o el que sea: «Esta paz que yo noto, ¿me la estoy inventando?» ¡Qué difícil es vivir y discernir! Yo he coqueteado con lo espiritual atrevidamente; anda que no he corrido kilómetros ciega en la cinta del gimnasio escuchando mi lista de Semana Santa y Cabaret cuando montaba mi obra Me lo dijeron mil veces. Entonces, ahora que Rosalía se eleva, me pilla de vuelta. Es que ves Los domingos de Alauda y dices: «Ay, por favor. ¿Con qué estamos jugando?». A ver si esto es colaboracionismo con el régimen de terror eclesiástico. Total, que ahora estoy en un paréntesis de fe. Porque entre lo de la vivienda, el genocidio y el auge del fascismo, me está costando levitar. Mi fe está transformándose en un estado de socorro cuántico que solo quiere escribir y respirar antes de saltar. Quiero salir corriendo desnuda y abrazarme a una señora grande con un abrigo de paño largo oscuro que huela a profesora de literatura.
Estoy mutando y mi hijo también. Estamos mutando juntos, a la vez. Y cuando me entran los delirios de la culpa, me agarro al deseo feroz de la alegría. Esa es mi nueva fe: el sí. Mientras podamos bailar juntos, todo está bien. Que las manzanas lleven la puta toalla al cuarto de baño.
Amén.






