Tras deslumbrar con Limpia, traducida a una veintena de idiomas y reconocida con el Premio Femina étranger, la escritora y ensayista chilena Alia Trabucco Zerán (Santiago de Chile, 1983) regresa con Las otras (Lumen, 2026), un libro de quince ensayos que observa el presente sin la ansiedad de ofrecer respuestas rápidas. Sus páginas se detienen en la enfermedad, el feminismo, Palestina, la memoria familiar, el auge de los neofascismos o los límites del lenguaje para preguntarse, una y otra vez, cómo pensamos el mundo y qué palabras elegimos para nombrarlo.
Mientras la leía, tuve la sensación de que Alia siempre encontraba las respuestas. Después comprendí que ocurría exactamente lo contrario: escribe para sostener las preguntas el tiempo suficiente como para que dejen de ser obvias. No escribe sobre la fragilidad del mundo, sino desde dentro de ella. En sus ensayos, el cuerpo, la política, la memoria o el lenguaje dejan de ser lugares seguros y se convierten en territorios donde la duda no es una debilidad, sino una forma de conocimiento. Conversamos con ella sobre esa intemperie y sobre la necesidad de seguir imaginando otros futuros cuando el presente parece empeñado en clausurarlos.
¿Te reconoces escribiendo desde la intemperie?
Sí, creo que esa intemperie permite un lugar de enunciación que es frágil y que busca no pontificar. Busca hacer preguntas, merodear, indagar, en ocasiones afirmar también; no es simplemente estar dudando de todo. Pero te ubica en una zona también desde la que es posible preguntarse de nuevo las cosas. Por otro lado, creo que escribimos desde el cuerpo, no solo en un sentido literal —la mano escribe sobre el papel o los dedos sobre el teclado—: el cuerpo se tensa, la espalda se tensa, estamos habitando un cuerpo que escribe. También el pensamiento está situado; no lo escribe una abstracción, una inteligencia artificial o un nosotros abstracto —que es una gran invención masculina también hablar de un nosotros, que se hace mucho en la academia—. Escribo desde un lugar que es una subjetividad y que, sin embargo, no lo veo como un yo aislado, sino un yo que está prensado con otras, con otros.
Por otro lado, en este libro pienso específicamente en la palabra y hablo específicamente de la palabra «vulnerabilidad». Y me hago una pregunta: ¿en qué medida, por un lado, somos sujetos vulnerables y en qué medida, por otro, también somos vueltos vulnerables por cierto modelo, cierta manera de…? Y algunos entonces son más vulnerables que otros. ¿Y de qué manera eso nos afecta como sociedad?
Y otra reflexión que me causa tu pregunta es que me hace volver al momento de la pandemia. Ese fue un momento en que fue muy evidente que éramos cuerpos vulnerables y que fue muy evidente que éramos seres humanos interconectados. Y, sin embargo, fue un momento que colectivamente bloqueamos. Fue tan traumático, creo, el momento del encierro y esta sensación de vulnerabilidad que no supimos qué hacer con ella.
En Las otras la enfermedad aparece en varios textos como una experiencia que rompe los límites y que conecta con la pandemia. Esa fragilidad física, al final, también impacta en la identidad. ¿Reconoces ese impacto en tu identidad como mujer pensante?
Hay un ensayo en este libro que se llama Anfitrionas, donde narro mi experiencia al contraer el COVID al inicio de la pandemia, en marzo de 2020, en un momento en que no había vacunas, en que estábamos encerrados, en que yo estaba viviendo en el extranjero, en Inglaterra; por lo tanto, migrante en un país ajeno, con una sensación incluso mayor de vulnerabilidad, y no solo eso: encerrada porque no se podía volar de regreso. Esa experiencia de vulnerabilidad mayor, en un sistema sanitario que además había colapsado, donde no solo sentí mucho miedo, sino precisamente la sensación de que esto que me estaba pasando a mí no me estaba pasando solo a mí, sino que los demás también estaban en mí y yo también estaba en los demás, me cambió muchísimo. Creo que fue una experiencia corporal que me hizo comprender, de manera muy compleja, la idea de autonomía del ser humano, en la que el ser humano se para de manera autónoma en el mundo, que es un artificio. Somos seres interdependientes y la negación de esa interdependencia nos ha conducido a muy malas decisiones políticas y colectivas.
Justo en Anfitrionas he encontrado varias frases muy poéticas, casi versos: «Por momentos me convenzo de que nada de esto pasó. ¿Cómo es posible una realidad donde conviven la enfermedad y la primavera? Podría decir que estoy abismada, podría decir conmovida».
Para mí la escritura es un gran placer, y creo que también la escritura, que por momentos se vuelve bella o intenta tocar al otro, en este caso a la lectora, al lector, para que también su reacción hacia el libro sea una reacción sensible, no solo una reacción intelectual. Intelectual y sensible, todo eso está también de la mano. Cuerpo y emociones están también implicados; es una alquimia.
Cuando hablas de las bibliotecas, traes una frase de Borges que dice: «Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre». Y tú afirmas: «la de mi madre».
Mi madre fue quien inculcó en mí el amor por la lectura y el amor por los libros, leyéndome, que es este acto también tan hermoso de construir ese puente a través de un objeto que es un libro, que parece como una cobija, una casa entre quienes están leyendo en ese momento, y que para mí fue fundamental. Mi madre es periodista cultural; yo crecí en esa casa que estaba llena de libros, que estaban accesibles para mí, y que siempre me abrieron y me siguen abriendo muchas ventanas, más que puertas: son ventanas pequeñas por donde entra luz en momentos de oscuridad. Y ese amor me lo transmitió: el amor por las palabras y la conciencia de que las palabras importan, me lo transmitió muy fuertemente mi madre desde muy pequeña.
Hablas de la madre, de las abuelas, de las bisabuelas y de los silencios heredados. Cuando heredamos los silencios, ¿heredamos más preguntas? ¿Cuál es la herencia emocional que habita en ti?
El silencio es parte del lenguaje. No existiría lenguaje si no hubiera un silencio para detonarlo. Se requiere también cierto grado de silencio para una conversación, cierto grado de silencio para la lectura. Y, a veces, no tomamos en serio estos silencios. El silencio de mi abuela sobre su madre, sobre la lengua que se extinguió, que se perdió —el árabe—, y que, sin embargo, en algún momento reaparece. Yo escucho de pronto a mi abuela en ese pasado —mi abuela ya murió, pero la escuchaba rezar en árabe—. ¿Y qué se perdió ahí? ¿Qué dolores ya no quiso volver a nombrar? A veces, tengo la intuición de que ciertos silencios se saltan una generación o dos y, de pronto, vienen las preguntas hacia esos silencios. ¿De qué modo esos silencios me han afectado, me habitan o qué significaron? Este libro también está hecho de esas preguntas para hacer hablar a ese silencio en el presente.
Estamos asistiendo a crímenes horrorosos y los estamos viendo como un espectáculo, porque salen en la tele y porque la gente que habla de ellos habla de manera espectacular sobre ellos. En el caso de Palestina, nos hemos acostumbrado al genocidio. Tú has reflexionado mucho sobre eso.
Creo que hay una tensión tremenda hoy día, sobre todo porque nos hemos vuelto también emisarios de imágenes a través de las redes sociales. Sobre todo al inicio de esta etapa del genocidio en Palestina, proliferaron muchas imágenes que, a su vez, compartíamos. Lo que yo me preguntaba es si al compartir yo misma, después de un tiempo, ¿estaba denunciando o, finalmente, normalizando? O peor aún, esto es lo que pretende cierta parte del Estado de Israel para hacer una suerte de pedagogía de la crueldad, como una amenaza. Son todas preguntas que yo intento formular en un ensayo en particular que tiene que ver con Palestina; tal vez es el ensayo menos dubitativo, en el sentido de afirmar que esto es un genocidio como tal. Esa es la palabra que está nombrando y, sin embargo, esa palabra pierde efectividad y su potencia en este presente. No tengo una respuesta, solo sé que, como mínimo, cabe preguntarse si no podemos hacer más que meramente nombrar o compartir. Bueno, nombrar ya es, pero, evidentemente, no ha sido lo suficiente.
Escribes que el problema fue y seguirá siendo las palabras. Conecto, también, con que «la lengua es portadora de una historia; es el relato gramatical de un orden político, el patriarcado». Vivimos intentando poner en valor el cuidado. Las mujeres seguimos sosteniendo los cuidados de manera gratuita, y no solamente a los hijos, a las personas discapacitadas, a las personas mayores… No dejamos de nombrarlo. Creo que incluso nos aburrimos a nosotras mismas teniendo que explicar cosas tan tan obvias.
Justo eso: nos aburrimos de nombrarlo como tal. Vuelvo a recordar el momento de la pandemia, en que era tan, pero tan difícil para la opinión pública decir: «Lo que hay que hacer aquí es cuidar, cuidarnos». El lenguaje que se utilizó para hablar durante la pandemia era bélico. Era como si no hubiera sido posible utilizar el lenguaje de los cuidados, algo que estábamos tan poco habituados a utilizar. Soy una convencida de que el lenguaje importa y que el lenguaje te puede ver, que no solamente nombra, sino que incluso ilumina y, en ese sentido, nos permite ver otras realidades. Y volver a ciertas palabras como «cuidado», «interdependencia», «comunidad», «justicia», «esperanza», «futuro». Nos permite ocuparlas de nuevo y ver qué ocurre entre tú y yo, o entre nosotras y la persona que está leyendo esta entrevista. Lo peor que podemos hacer es renunciar y simplemente ocupar las palabras que se nos imponen: «orden», «soberanía», «patria». E
Escribes: «La escritura escapa a las dicotomías; puede ser feliz y desoladora, pausada y trepidante, honda y superficial, y cada libro es en igual medida fruto de esas fuerzas contradictorias». A mí me parece que la vida es contradictoria, que nosotras lo somos todo el rato. Que hay grandes contradicciones entre lo que decimos y lo que llegamos a poder hacer. ¿Es la literatura, para ti, una herramienta política, si es que la consideras así, o esa idea se ha vuelto demasiado estrecha, quizá?
Tú y yo somos lenguaje, estamos hechas de lenguaje. La literatura es lenguaje también. Y en ese sentido, siempre es política. No puede no ser revolucionaria; puede ser conservadora, puede ser normativa y lo ha sido: a través de la literatura también se han impuesto formas de ser hombre, formas de ser mujer, la norma de género también. La literatura ha operado para repetirla y enseñarla, pero también para subvertirla; ha operado para mostrar otras imaginaciones posibles y, en ese sentido, creo que por supuesto que es política, pero no siempre es subversiva, no siempre es transformadora. A mí me interesa seguir pensando esas zonas de roce, de incomodidad, esas zonas de preguntas donde el lenguaje tal vez puede seguir abriendo en lugar de clausurar.

Con la inmensa agudeza de su escritura fina y sugerente que le ha valido importantes reconocimientos internacionales, como el Premio Femina étranger, Alia Trabucco Zerán brinda en Las otras una mirada «sobre el presente y sus espinas» a partir de experiencias que la interpelan intensamente. Se trata de una quincena de ensayos, trenzados con gran inteligencia, en los que la autora echa mano a sus inquietudes, lecturas, vivencias y recuerdos para lanzar sobre el mundo contemporáneo un examen que intenta entender los nuevos escenarios y al mismo tiempo pensar posibles nuevos horizontes.
Los dilemas del feminismo, lo queer, la cuestión Palestina, el cuerpo, el islam, la circulación de imágenes en el mundo virtual, los neofascismos o la recuperación de la memoria de los ancestros suscitan en Trabucco pensamientos que emocionan e invitan a mirar de otro modo lo que nos rodea, a cuestionarnos y a cuestionar, como en el brillante texto en el que se pregunta «qué hacer con el escritor cuya postura nos incomoda radicalmente».
Un libro que confirma el talento de una escritora imprescindible en el actual panorama de la literatura.






