Manuela Uribe

PILAR QUINTANA: “LA VIOLENCIA NO PERTENECE ÚNICAMENTE A LOS MALOS”

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¿En qué momento una mujer deja de sentirse a salvo? La respuesta intuitiva sería pensar que ocurre cuando depende de otros, cuando no tiene recursos o cuando vive atrapada por las circunstancias. Pilar Quintana  lleva años escribiendo un justamente lo contrario: sus protagonistas trabajan, toman decisiones, rompen con lo esperado y construyen su propia vida. Y, sin embargo, el miedo siempre encuentra la forma de alcanzarlas. En Noche negra (Alfaguara, 2025), la autora colombiana regresa a la selva donde ella misma vivió durante casi una década para explorar una intuición mucho más profunda que el suspense sobre el que se sostiene la novela: que la violencia no siempre llega desde fuera, que atraviesa los cuerpos, los paisajes y las relaciones, y que la independencia femenina no ha conseguido borrar una vulnerabilidad compartida por generaciones de mujeres. Hablamos con ella sobre el abandono, la herencia familiar, el gaslighting, la violencia y esa casa sin puertas ni ventanas que, en la novela, acaba convirtiéndose en una poderosa metáfora del cuerpo femenino.

 

¿Cuál es la imagen fundacional de Noche negra? ¿De dónde empiezas a tirar para escribir esta novela? El personaje de Rosa ya había aparecido en libros anteriores, pero ¿cómo nace realmente esta historia?

Viví en el Pacífico colombiano y construí mi propia casa con mis manos junto a mi entonces marido, que era irlandés. Hay algunas coincidencias con la novela que pueden parecer autobiográficas, pero no lo son: Noche negra es una obra de ficción. Lo que hago siempre es partir de la experiencia para reinventarla y convertirla en otra cosa. Mientras vivíamos allí, mi marido tuvo un problema médico y tuvieron que operarlo. Yo lo acompañé durante la primera semana, pero después él tuvo que quedarse en la ciudad haciendo la rehabilitación y yo regresé sola a la casa. Pasé tres meses aislada en la selva, en una cabaña de madera que solo tenía cerrados el dormitorio y el baño; el resto de la casa era completamente abierto. Creo que aquella experiencia de soledad fue tan intensa y tan determinante que, tarde o temprano, tenía que convertirse en una novela.

Las protagonistas de tus libros suelen ser mujeres que, de algún modo, han hecho todo lo que socialmente entendemos que hay que hacer bien: trabajan, aman, toman decisiones, intentan construirse una vida propia. Sin embargo, nunca terminan de sentirse a salvo. ¿Qué crees que dice eso sobre la experiencia femenina?

Creo que esa es la gran pregunta que intento explorar en Noche negra. El feminismo más reciente ha sido muy importante al situar a las mujeres como víctimas de las distintas violencias del patriarcado, y eso era necesario. Pero a mí me interesaba explorar otra dimensión: las mujeres no somos solo víctimas, también somos fuertes. Rosa es una mujer que trabaja, que ha hecho lo que ha querido con su vida. En su casa es ella quien sostiene económicamente el hogar y quien toma las decisiones. Ha sido capaz de romper con muchos esquemas sociales, de irse a vivir a la selva, de manejar un machete y caminar con botas por el monte. Y, sin embargo, basta con que su marido se marche unos días para que todo empiece a desmoronarse a su alrededor. Los amigos que parecían amables dejan de serlo. Es algo que muchas mujeres hemos vivido: un amigo de tu padre, un tío, alguien cercano que, en el momento en que te percibe sola o vulnerable, cambia por completo su manera de relacionarse contigo.

Quería indagar precisamente en eso: en cómo, aunque seamos mujeres fuertes y autónomas, no existe un verdadero lugar de escape frente a la violencia patriarcal. Esa violencia sigue estando ahí, atravesando todas las situaciones.

Rosa es una mujer económicamente independiente, capaz de cambiar de vida, de construir una casa con sus propias manos. Solemos pensar que la independencia elimina automáticamente el miedo, pero en Noche negra ocurre exactamente lo contrario.

Sí. Rosa cree que es una mujer fuerte, poderosa, que está a salvo, y de repente descubre que vuelve a sentirse completamente vulnerable. Cuando la novela salió en Colombia, mi agente la ofreció a editoriales inglesas y estadounidenses. Tuve la oportunidad de entrevistarme con editoras de Londres y de Nueva York, y muchas de ellas me dijeron: «Yo soy Rosa». Eran mujeres del norte global, urbanas, que nunca habían vivido en la selva. Sin embargo, reconocían perfectamente esa experiencia. Eso me confirmó que no es una cuestión de vivir en la selva, de ser latina o de pertenecer a un determinado contexto: es una experiencia profundamente femenina.

También muchos hombres —periodistas, editores, lectores— me han dicho que el libro los interpela. No porque se consideren abusadores o acosadores; nadie se presenta así. Pero sí reconocen haber sido quienes miraron hacia otro lado mientras otra mujer estaba siendo acosada o perseguida.

En tus novelas el miedo adopta formas distintas, pero hay una herida que parece repetirse: la del abandono.

Absolutamente. Las protagonistas de mis novelas siempre son mujeres que están solas. Claudia, en Los abismos, está sola. Damaris, en La perra, también vive muy aislada. Esa soledad aparece una y otra vez. Creo que en La perra y Los abismos estaba muy presente la herida relacionada con la madre. En Noche negra, en cambio, el abandono tiene que ver con el padre. Mi psicóloga estará orgullosa cuando lea la novela porque siempre me decía: «Ya no hablemos solo de tu madre; hablemos también de tu padre».

Es un territorio que apenas había explorado. Damaris también es una mujer abandonada por su padre, pero ese conflicto nunca ocupaba el centro de la historia. Aquí sí. Con la madre solemos trabajar mucho más esa relación porque entendemos que es el vínculo fundamental. Nos resulta más fácil identificar lo que nos faltó, aquello que nos hizo daño. Además, a las madres les exigimos una perfección imposible; siempre sentimos que, de algún modo, fallaron. Con los padres ocurre algo distinto. Tendemos a glorificarlos. Parece que un padre presente ya es un padre extraordinario. Por eso creo que nos cuesta mucho más mirar críticamente la figura del padre.

Noche negra aborda la herencia de la locura y esa sensación de intentar explicar determinadas violencias sin encontrar un interlocutor dispuesto a escuchar, como si hubiera una barrera invisible entre la experiencia de las mujeres y la capacidad de muchos hombres para comprenderla.

Exacto. Y creo que tampoco es sencillo entender al otro si no haces el esfuerzo de hacerlo. Es muy difícil comprender cómo es vivir siendo mujer cuando nunca has tenido que experimentar determinadas situaciones. Muchas veces intentamos explicar algo y sentimos que nuestras palabras chocan contra un muro impermeable.

Esa sensación acaba generando casi una forma de paranoia. Tú ves algo con absoluta claridad y, sin embargo, constantemente te dicen que no es así.

Sí. Eso tiene un nombre: gaslighting. Antes muchas sentíamos esa experiencia, pero no podíamos nombrarla porque no existía una palabra de uso común para hacerlo. Por eso me parece tan importante el momento que estamos viviendo, en el que empezamos a poner nombre a las distintas formas de violencia y a delimitar qué lo es y qué no. No todo conflicto entre un hombre y una mujer responde necesariamente al patriarcado. Puede haber personas que simplemente sean insoportables. Pero durante muchísimo tiempo había tantas conductas normalizadas que ni siquiera éramos capaces de reconocerlas como violencia.

¿Crees que realmente están cambiando las cosas?

Creo que sí y que no al mismo tiempo. Estamos nombrando muchas violencias que antes permanecían invisibles y eso supone un avance enorme. Pero también hay una resistencia muy fuerte al cambio porque obliga a muchas personas a reconocer el papel que han desempeñado dentro del patriarcado, y eso resulta profundamente incómodo.

En muchas novelas, la violencia aparece como algo que unos personajes ejercen sobre otros. En Noche negra, sin embargo, parece una fuerza que atraviesa absolutamente todo: la naturaleza, los animales, los seres humanos. Nadie permanece completamente al margen.

No quiero hacer una reivindicación de la violencia, sino un reconocimiento de su existencia. Si hay algo autobiográfico entre Rosa y yo, es precisamente ese descubrimiento. Vivir en la selva me obligó a cuestionar muchas ideas que daba por ciertas, entre ellas que la violencia es siempre algo externo y necesariamente negativo. En la selva comprendí que la violencia también es una forma de supervivencia. Cuando llegué, pensaba que iba a vivir en armonía con la naturaleza. A la semana tuve que ir a la ciudad a comprar todos los venenos posibles porque, si no me defendía, la selva me mataba. Vivir allí durante nueve años fue una lucha constante contra ese entorno. Y, paradójicamente, esa también era una forma de vivir en armonía con él. Aquello me hizo entender que la violencia no pertenece únicamente a los «malos». No es algo exclusivo de militares, guerrillas o paramilitares. La violencia también está dentro de nosotros porque somos animales y, como especie, hemos sobrevivido gracias a ella. En la ciudad tendemos a pensar que ya no ejercemos violencia, pero seguimos haciéndolo. Cuando cortamos un filete, parece que la violencia ha desaparecido porque nosotros no matamos a la vaca. Sin embargo, alguien lo hizo para que pudiéramos comer. Me interesa explorar precisamente esa violencia invisible, la que preferimos no reconocer. Rosa acaba preguntándose si, si no incorpora esa capacidad de defenderse, será la selva quien la mate o serán sus propios vecinos.

En otra entrevista, te escuché decir que los cuerpos de las mujeres son como casas sin puertas ni ventanas, lugares en los que todo el mundo cree tener derecho a entrar sin pedir permiso. Es una imagen que dialoga muy bien con la casa de Rosa.

Lo curioso es que no fue deliberado. La casa aparece medio construida porque, dentro de la historia, todavía no le han instalado las puertas ni las ventanas. Solo después comprendí que también funcionaba como una metáfora de nuestros cuerpos. Dentro del patriarcado, el cuerpo de un hombre es un cuerpo con puertas y ventanas: nadie entra sin permiso. El cuerpo de una mujer, en cambio, no siempre recibe ese mismo respeto.

 

 

 

Rosa decide dejar su vida cómoda en la ciudad para irse con Gene, su pareja de origen irlandés, a construir con sus propias manos una casa en la selva a orillas del mar. Cuando él tiene que irse unos días, ella queda sola en aquel paraje que aún le resulta indescifrable.

Durante ese tiempo, a medida que la luna mengua y las noches se oscurecen, Rosa se enfrenta a las amenazas de la ingobernable naturaleza que la rodea y también a los otros, los vecinos del lugar que la saben sola. Su pasado, además, no deja de acecharla, y su soledad se hace cada vez más profunda y definitiva.

En esta novela portentosa que corta el aliento, la prosa rotunda de Pilar Quintana nos produce admiración e inquietud a partes iguales.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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