© Carol Renaux

CLAIRE LYNCH Y UN ASUNTO DE FAMILIA

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Hay novelas que una lee y piensa: ¡Qué historia tan dura! Y hay otras —menos comunes, quizá— que te obligan a preguntarte: ¿Yo qué habría hecho? Un asunto de familia (Random House, 2026) de la escritora británica Claire Lynch (Dartford, 1981) pertenece a esa segunda categoría.

En apariencia, es una historia íntima: una madre, un padre, una hija. Un matrimonio que se rompe. Un juicio. Un secreto. Pero lo que Claire Lynch hace no es reconstruir un drama privado, sino algo más incómodo: mostrarnos cómo una época, una ley y una idea de normalidad pueden decidir qué vidas caben dentro de la palabra “familia” y cuáles no. Esta novela nos lleva a los años ochenta, a un momento en el que una mujer podía ser madre o podía ser lesbiana, pero no ambas cosas a la vez. Y, sin embargo, no es una novela sobre el pasado. Es una novela sobre la memoria, sobre lo que se cuenta y lo que se calla, sobre cómo los silencios se heredan con la misma precisión que los apellidos. Aquí no hay villanos ni monstruos: hay personas que hacen lo que creen correcto. Y esa es quizá la parte más inquietante.

Tras ganar el Nero Book Award con su debut en la novela, Claire Lynch pasó por Madrid para presentar Un asunto de familia y hablar de amor, de custodias, de vergüenza y de secretos familiares. Pero, sobre todo, para hablar de algo que nos atraviesa a todos: qué significa proteger a alguien… y a qué precio.

Un asunto de familia empieza con una familia aparentemente pequeña: un padre y su hija. ¿Qué te interesaba de esas familias cerradas, muy unidas, casi autosuficientes?

Cuanto más grande es una familia, más complejo es el elenco de personajes y más difíciles son las dinámicas que se establecen entre ellos. Por eso quise reducirlo a esas dos personas en primer lugar. También pensé que, para la gente de mi generación, incluso los padres que eran buenos padres, estaban menos implicados que las madres en la educación de sus hijos. Tenía esa imagen típica de cuando llamas a casa para hablar con tu familia y, si lo coge tu padre, dice: «Un momento, te paso con tu madre», porque para él es inimaginable que tú quieras hablar con él. Quise forzarlos a estar juntos y cerca el uno del otro para ver cómo sería esa relación entre padre e hija.

¿En qué momento la pregunta “¿Dónde está la madre?” se convierte en el motor del libro?

Yo creo que desde el principio de la historia su ausencia era importante, pero mi problema era establecer dónde y cuándo desaparece y por qué. Y es curioso —no soy supersticiosa— que justo cuando estaba pensando cómo y por qué, introduje el personaje de la madre. Me encontré con estos casos casualmente y me pareció que era una responsabilidad, o un deber, entrelazar estas cosas —en la década de 1980, en el Reino Unido, alrededor del 90 % de las madres lesbianas implicadas en casos de divorcio perdieron la custodia legal de sus hijos—. 

¿Cómo fue el proceso de documentación?

Fue un proceso maníaco, obsesivo. Para mí fue algo tan tremendo descubrirlo que quise seguirlo. Lo quería leer todo para cerciorarme de que me estaba enterando bien de todo. Una de las ventajas de trabajar como profesora en la universidad es que tengo acceso a todos los documentos gubernamentales, académicos, etcétera. De hecho, podría haber escrito un ensayo histórico, pero decidí escribir una novela.

Tú tienes hijos. ¿Cómo se vuelca tu mirada como madre en una historia como esta?

El efecto en mi mirada ha sido práctico y emocional. Desde el punto de vista práctico, he tenido poco tiempo para escribir y por eso la novela no es muy larga. No creo que alguien que escriba tenga que haber experimentado todo sobre lo que escribe, pero en este caso, para mí fue importante ser capaz de sentir, como madre, todo lo que esta mujer pudo haber sentido, y además pensar: “Qué suerte tengo, qué afortunada soy”.

Cuando estaba documentándome, tenía la portada de una revista en un tablón que tengo para pinchar cosas. Era una revista del 77, con una imagen muy similar a la de la portada del libro: una mujer con un niño en sus hombros, sujetándolo. El padre tira del niño de la mano; detrás del padre está la policía tirando también, y detrás de la policía hay un juez, como todas estas capas tratando de arrebatar al hijo de la madre. Cuando me costaba seguir escribiendo, miraba esa imagen y decía: “Bueno, esto es algo que le ha ocurrido a alguien, así que recompónte y sigue escribiendo”. Justo al lado de esa fotografía tengo una imagen de mi hija que pone: “Mamá, eres la mejor escritora”. Las dos cosas estaban ahí.

La novela transcurre entre 1982 y 2022. ¿Qué te interesaba que resonara entre ambas épocas?

Una de las conversaciones que he tenido sobre este tema es cómo podía hacer que se sintiera la década de los 80 sin utilizar todos los lugares comunes y estereotipos. Recurrí a mis recuerdos de infancia, como lo que comía en el parvulario o detalles de la vida cotidiana, porque me parecía que eso era mucho más auténtico.

Has conseguido que empaticemos con todos los personajes, incluso cuando no entendemos sus decisiones. ¿Cómo se construye eso?

Es que la gente es así. Hay un momento en el libro en el que el nieto de Heron le entrevista para un trabajo del colegio, y él le dice: “Vas a ser tantas personas en tu vida que no vas a reconocerlas al final”. Y así creo que son los personajes.

Hay otro tema que atraviesa el libro con mucha sutileza: la carga mental. ¿Dirías que es uno de los grandes temas de la novela?

Para mí quizá sea el tema principal. Yo quería establecer un contraste entre el tipo de padre que es para Maggie y el tipo de padre que está tratando de ser Conor —el marido de Maggie—. Pero es cierto que, como adulta, Maggie está agotada o sobrepasada por esa carga mental que supone ser madre, esposa, ocuparse de las cosas.

Uno de los puntos importantes de la novela es cuando Maggie por fin averigua la verdad y se plantea si tiene que hacer algo o no, porque es otra cosa más que atender, y ya está sobrecargada. Eso también la conecta con su madre. Cuando Dawn habla de sí misma, se da cuenta de que en su vida no había espacios, no había huecos entre el colegio y el trabajo, o entre la casa y el matrimonio. Creo que eso hace que Maggie empatice con ella, incluso sin conocerla.

Dawn, cuando es joven, hace las cosas lo mejor que puede. Está tratando de cumplir con sus funciones de madre y esposa de la mejor forma posible. La versión de Maggie quizá sea más compleja, pero realmente es lo mismo. Y eso es lo bonito de leerlo: nosotros somos capaces de ver ese paralelismo que ellas mismas no son capaces de ver.

La madre (Dawn) no pierde a su hija (Maggie) porque la abandone, sino porque ama a otra mujer en un contexto que equipara homosexualidad con peligro moral. Hay un momento en el que llega a convencerse de que quizá lo mejor para su hija es crecer sin ella. ¿Hasta qué punto la violencia institucional coloniza la certeza íntima?

Para mí, precisamente esa es la parte más triste de la novela: que acaba creyendo lo que se le dice. Dawn no abandona a su hija; es más bien que se la aparta de la familia, se la expulsa en cierto modo. Ella cree que es lo mejor porque le han dicho que es lo mejor. Pero nosotros vemos claramente que no es así, que habría otras posibilidades.

Dawn encuentra consuelo en una red de mujeres que la acompañan. Esa comunidad aparece como una forma de resistencia.

Sí. Creo que es muy actual. Tenemos la sensación de que, si pudiéramos tener esa unión, podríamos ser invencibles, y más que nunca ahora necesitamos o buscamos el apoyo en estas redes de mujeres. Precisamente, los hombres tienen miedo de estas redes porque pueden llegar a ser poderosas.

Quería mostrar que Dawn podía encontrar una comunidad y esperanza. También mostrar algunas de las historias y los problemas que estas mujeres enfrentan, que son casos reales. Con esto también quería recordarme a mí misma que lo que ocurre en esta familia no es una excepción, sino que hay otras familias que sufren cosas similares.

 

 

 

Dawn es una joven esposa y madre que siente que su vida se le escapa lentamente. Todo cambia cuando conoce a Hazel, su nueva vecina: entre ellas surge una conexión inmediata, tan luminosa como prohibida. Pero en una época que no perdona a las mujeres que se salen del guion socialmente aceptado, la felicidad tiene un precio.

Cuarenta años después, Maggie, madre de dos hijos, atraviesa una crisis personal. Cuando su padre, Heron, recibe un diagnóstico terminal, el pasado irrumpe con fuerza: las verdades que le contaron sobre su madre —su silencio, su supuesto abandono— empiezan a desmoronarse.

Un asunto de familia, el aclamado debut de Claire Lynch, entrelaza dos épocas y dos generaciones para explorar el peso de las decisiones, la complejidad de los afectos y las cicatrices del estigma. Con una prosa delicada y valiente, Lynch denuncia el desamparo de las lesbianas en los años ochenta y celebra, al mismo tiempo, la fuerza del perdón, la resistencia del amor y los lazos que perduran incluso después del dolor.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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