No es que hayamos caído, es que estamos de barro hasta el ombligo. La que no le pregunta qué se pone hoy, le pide que ¿mejore? su escritura. La que no le pasa el parte de la fiebre del niño, la utiliza para planificar su viaje. La IA se ha convertido en la aliada perfecta de la amiga que se está preparando unas oposiciones, en la creativa que diseña las invitaciones para el cumpleaños del sábado, en el psicólogo del que acaba de separarse y en la abogada de la que han despedido (porque su trabajo, ahora, lo hace la IA).
Algunas le hemos confiado nuestras decisiones sobre nutrición, deporte, decoración. Cuando leemos noticias de altos cargos que dimiten, destapando que la partida que se está jugando con nuestros datos nos va a dejar fuera de juego, preguntamos a la IA si tiene pensado matarnos pronto, le decimos «hola», «por favor», «gracias» para intentar que nos meta en la lista de humanos a los que perdonar cuando empiece la sangría, y nos dejamos anestesiar por sus respuestas complacientes, convenientes, imprecisas.
Tú le llamas Chati; Chati te llama por tu nombre. Sabe dónde vives. Sabe qué te preocupa. Sabe quién eres y quién querrías ser. Lo sabe casi todo sobre tu pareja, incluso aunque tu pareja no use IA, porque ahora también te ayuda a prepararle regalos de aniversario ¿personalizados? con vuestras fotos. Ha redactado tus mails de trabajo y te editó aquel WhatsApp con el que por fin te reconciliaste con tu amiga.
Hay que adaptarse a las nuevas tecnologías para no quedarse atrás, decimos. Yo solo la uso para cositas puntuales, decimos. Pero casi seguro, esas cositas puntuales no consisten en diseñar robots capaces de ejecutar complejas cirugías. Lo que ¿necesitamos? de Chati es que nos haga el sorteo para ver quién paga hoy las cervezas.
Alguien podrá pensar que qué más da. O que estoy siendo exagerada, y que en cada revolución que nos hace avanzar hay gente que prefiere aferrarse al pasado. O que con estos ejemplos me quedo muy corta. No sé qué pensáis, no soy la IA. Lo que sé es que, mire adonde mire, hay alguien usando, esporádica o constantemente, sistemas de inteligencia artificial que aparentemente le facilitan la vida. Y digo aparentemente porque no solo estoy cagada con el apocalipsis; temer el fin del mundo es un cliché del que llevo años disfrutando por diversos motivos. Estoy cagada con que nos volvamos todavía más idiotas. Con que dejemos la parte divertida —pensar, crear, dudar, opinar, probar, elegir— en manos de una cosa sin manos. Una cosa sin manos que se bebe tu agua y que obedece —todavía— a los tipos con las manos más sucias del planeta. Estoy cagada con que la IA esté tomando ya decisiones sobre a quién aceptar la queja de atención al cliente, a quién contratar, a quién conceder una hipoteca o incluso a quién arrestar.
Y no: nada de esto es culpa tuya, o desde luego no de forma directa, por tener ChatGPT instalado en el móvil. Pero quizás no esté de más plantearnos si todas las consecuencias del uso cotidiano de la IA merecen realmente la pena, solo por la satisfacción inmediata de que nos acorte cualquier proceso… incluido el proceso de estar vivas.






