Llevaba meses esperando Famesick (Debate, 2026), las memorias de Lena Dunham. Este verano, durante un viaje a Irlanda, estuve a punto de comprarlas en inglés, pero me contuve; miré mi pila de lecturas pendientes y decidí esperar a la edición española. Semanas antes de su publicación pude leer el adelanto editorial y empecé a pensar en este artículo. Quería hablar de Dunham, de su talento, de Girls, de la fama y, sobre todo, de su cuerpo. Porque Famesick es, entre otras cosas, la historia de un cuerpo que reclama espacio una y otra vez: la endometriosis, las operaciones, los ingresos hospitalarios, el dolor crónico, los medicamentos, la histerectomía. Todo eso sucede mientras escribe, rueda, se enamora y se convierte en una de las creadoras más reconocibles de su generación.

Y entonces anunció que había sido madre.

Lo hizo en Vogue, con un texto en el que contaba que había tenido una hija recurriendo a un vientre de alquiler. Desde entonces no sé muy bien cómo escribir sobre Famesick, la verdad. El libro sigue pareciéndome interesantísimo; ella sigue pareciéndome una mujer de un talento enorme; Girls no es peor porque ahora sepamos esto, pero hay algo que se ha roto en mi manera de acercarme a ella y no soy la única. La edición española llega con los elogios de Sabina Urraca, Victoria Martín y Laura Chivite en la faja, escritos antes de que se conociera la noticia. Después, algunas de ellas han expresado públicamente su decepción y han pedido retirar su aval de futuras ediciones. El País, que publicó este fin de semana un adelanto de las memorias, consideró necesario explicar que la decisión de incluirlo en su edición impresa se había tomado dos semanas antes de conocerse la noticia. De pronto, sentimos la necesidad de aclarar que entonces no sabíamos lo que sabemos ahora.

Muchas vimos Girls con la sensación de que conocíamos a Hannah, Marnie, Jessa o Shoshanna, o de que éramos bastante más parecidas a ellas de lo que nos habría gustado reconocer. En el primer episodio, Hannah les dice a sus padres: «Creo que podría ser la voz de mi generación. O, al menos, una voz de una generación». Era una frase deliberadamente ridícula —Hannah está intentando convencerlos de que sigan manteniéndola—, pero quizá no iba tan desencaminada. Dunham puso en el centro de la pantalla un cuerpo que no respondía al canon, sexo poco fotogénico, abortos, egoísmo, deseo y amistad femenina de una manera que hizo que muchas sintiéramos que alguien había cambiado ligeramente el ángulo de la cámara.

Famesick cuenta también lo que pasaba fuera de plano mientras todo aquello ocurría. Dunham trabajaba muchísimo y estaba enferma. Hay hospitales, operaciones, medicación, dolor, temporadas de rodaje en las que su cuerpo estaba lejos de acompañar el ritmo de su carrera. A los 31 años le extirparon el útero después de años sufriendo endometriosis. La operación puso fin a una parte del dolor, pero también acabó con la posibilidad de gestar. Y ella quería tener hijos. Por eso resulta difícil leer el texto que ha publicado sobre su maternidad en Vogue sin que se mezcle con el libro.

Dunham comienza su relato arrodillada junto a una camilla de exploración, agarrando la mano de una mujer a la que solo había visto dos veces en persona. Habla de lo que sintió durante los meses anteriores a la transferencia del embrión: «A medida que fui conociendo a nuestra gestante y aprendiendo a confiar en ella, descubrí que los sentimientos que había imaginado que tendría, de algún modo, no estaban ahí. Sobre todo los celos: celos de que aquella mujer pudiera hacer por una niña —por mi niña— lo que yo no podía. Llevarla a salvo dentro de su cuerpo, alimentarla y albergarla con él, regular el sistema nervioso en constante desarrollo de la bebé con su serenidad, su corazón y su respiración». La descripción termina con uno de esos comentarios tan suyos que casi podemos escuchar en boca de Hannah: se notaba que aquella mujer sabía conducir un todoterreno sobre la nieve. Entiendo el deseo de Dunham de ser madre. Lo entiendo incluso mejor después de leer Famesick. La maternidad puede ser un deseo enorme y también devastador, pero no es un derecho. Quería escribir sobre el cuerpo de Lena Dunham y he acabado pensando en el cuerpo de otra mujer. 

El artículo de Vogue termina en el hospital. Dunham está entre las piernas de la mujer que está pariendo a su hija —una mujer a la que, escribe, no conocía un año antes—. La observa concentrarse, guardar silencio y después rugir. Está tan pendiente de ella que no mira hacia abajo hasta que escucha llorar a la niña. La matrona le dice que le hable. «Hola», dice. «Soy tu mamá». Hay además algo que me desconcierta en el relato que ha elegido escribir sobre la espera. Es un artículo sobre maternidad, pero también, literalmente, sobre compras. Incapaz de participar físicamente en el embarazo, Dunham empieza a comprar ropa —mucha ropa— para su futura hija. Reconoce que, impotente ante un embarazo cuyos cambios físicos no podía sentir, convirtió las compras en una manera de hacer algo. No es que me moleste que una mujer compre ropa para su hija ni voy a escandalizarme porque Vogue hable de moda. Lo desconcertante es la desproporción: estamos leyendo una historia atravesada por la infertilidad, el deseo, el dinero, un embarazo y un parto, y conocemos con extraordinario detalle el armario de la niña. La propia Dunham establece esa relación entre el embarazo y la ropa: «Ella [la niña] se estaba preparando dentro del cuerpo fuerte y sano de nuestra gestante, y a medida que la ropa se apilaba en la caja, también crecía la sensación de que se estaba convirtiendo en realidad. Esta sería su ropa. Sería una persona a la que ayudaríamos a vestir, que dejaría huella en el mundo según nuestras elecciones, hasta que tuviera edad suficiente para hacerlo por sí misma», escribe. Incluso después de nacer, imagina a su hija delante de un espejo señalando un vestido de Cacharel de flores Liberty y diciéndole que no quiere ponérselo. Quizá no quiera ponérselo nunca, escribe. Será suyo para quererlo u odiarlo, desearlo o rechazarlo. La libertad de elección representada por un vestido.

Sería muchísimo más sencillo decir —o decidir— que Lena Dunham ya no me interesa. Que Girls era una impostura, que Famesick ha dejado de ser un buen libro o que su talento queda anulado por una decisión que considero profundamente reprobable. Apenas unos días después de conocerse la maternidad de Dunham, supimos que Lady Gaga también había sido madre mediante un vientre de alquiler. Su nombre añade otra capa al desconcierto y volvemos a encontrarnos ante la misma pregunta: ¿qué hacemos con las mujeres a las que convertimos en referentes cuando toman una decisión que choca frontalmente con una parte de aquello que habíamos proyectado sobre ellas? Si estamos en un club y suena una canción de Lady Gaga, ¿dejamos de bailar? ¿Seguimos leyendo, mirando, escuchando? ¿Conservamos la admiración? Sí, supongo. Aunque la admiración —como los cuerpos, como los deseos— también tenga sus límites.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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