Me da miedo, mucho miedo, envejecer. Me gustaría poder empezar esta carta diciendo otra cosa, algo más sereno, más aprendido, pero estaría mintiendo. Me dan miedo las arrugas que ya tengo, la piel que empieza a descolgarse. Me da miedo la menopausia. Me da miedo mirar una fotografía y encontrar una cara que todavía reconozco como mía, pero que se parece cada vez menos a la que recuerdo. Me da miedo dejar de gustar. Me da miedo volverme invisible.
También sé que buena parte de esos miedos no venían conmigo de serie. He aprendido a mirar mi cara buscando señales. Celebro que alguien me eche años de menos. Sé perfectamente qué zonas de mi cuerpo se supone que debo vigilar. Hemos convertido el envejecimiento femenino en una carrera bastante absurda contra algo que, si todo va bien, va a suceder.
La aceptación del paso del tiempo se ha convertido en otra cosa que las mujeres podemos hacer bien o mal. Podemos teñirnos las canas y parecer desesperadas por conservar la juventud o dejárnoslas y convertirlas en una declaración de principios. Podemos ponernos bótox y traicionar la causa o enseñar orgullosamente las arrugas y asegurar que nunca nos habíamos sentido tan guapas. ¿Será que hasta para envejecer tenemos que elegir militancia? ¿Habrá algo liberador en salir un poco de campo? ¿En ser menos visibles y, quizá por eso, vivir menos vigiladas? No sé si es así; todavía lo miro desde este lado.
Cuando intento imaginarme a los sesenta o a los setenta, descubro que me faltan imágenes, además de ancestras. El cine y los libros empiezan por fin a enseñarnos a mujeres de cuarenta cuya vida no consiste en añorar los treinta. Las vemos desear, separarse, equivocarse, trabajar, criar, enamorarse, fallar, pero unos años más allá, el paisaje vuelve a vaciarse. Necesito mujeres de cincuenta, sesenta, setenta y ochenta cuya edad no sea necesariamente el argumento. Quiero saber qué desean, qué pierden, qué empiezan, qué abandonan, qué hacen un martes cualquiera.
A estas alturas, empiezo a desconfiar un poco de las historias demasiado bien contadas. De la mía, la primera. Con el tiempo, una va construyendo una versión bastante convincente de sí misma. Quién soy, de quién me enamoré, por qué tuve hijos, por qué me separé. Qué cosas hice bien y cuáles fatal. Qué me pasó porque lo elegí y qué me pasó porque no supe irme a tiempo. Hay verdades, mentiras y, sobre todo, silencios. Y lo curioso es que puedes haber contado la misma historia cien veces y descubrir de pronto que ya no te la crees del todo. Supongo que para eso sirve también cumplir años: para tener la oportunidad de llevarte la contraria. Para mirar a la mujer que fuiste y pensar que se equivocaba. O que quizá tenía razón y la que se equivoca eres tú ahora. Descubrir que aquel gran amor no era tan grande, o que sí lo era aunque acabara fatal. Que algo que durante años llamaste fracaso te salvó la vida. Que no conocías tan bien a la persona que dormía a tu lado. Que tampoco te conocías tanto a ti. Cambiar de opinión sobre tu propia vida me parece una de las pocas ventajas indiscutibles de que esta empiece a ser larga.
Y luego está el peligro contrario: hacerse mayor y creer que ya sabes quién eres. Qué te gusta. Qué no harías jamás. Qué clase de gente te interesa. Qué cosas son importantes y cuáles son una pérdida de tiempo. Dar por sentado que las personas que quieres son exactamente quienes crees que son. Dejar de mirar porque ya tienes un nombre para todo.
Fuera de campo habla también de las versiones de una misma que vamos dejando atrás. De las ficciones que necesitamos para explicarnos la vida y de las cosas que tenemos que dejar fuera para que esas ficciones se sostengan. De la posibilidad de volver a mirar y descubrir que el encuadre era demasiado pequeño. Yo sigo sin querer hacerme invisible. Sigo queriendo gustar. Sigo queriendo que me echen años de menos. No he aprendido ninguna gran lección mientras escribíamos este número, pero empiezo a pensar que me da bastante más miedo dejar de mirar que dejar de ser mirada.







