Me encuentro con la periodista y escritora Natza Farré (Barcelona, 1972) en la cafetería de un hotel en el centro de Madrid. La música suena demasiado alta, no acompaña la liturgia del desayuno y, mucho menos, favorece una conversación. Esto es lo que pienso mientras la espero. Llega al poco con la responsable de prensa, que nos mueve hacia otro lugar: una entreplanta teñida de un verde pálido y selvático, con dos sillones del mismo color, donde podremos conversar tranquilas entre tramos de escaleras. Apenas dos personas aparecerán por el lugar, que se convierte en un improvisado saloncito para nosotras.
Nuestra cita tiene un motivo: hablar de La última vez que te digo adiós (Sexto Piso, 2026), el libro en el que Farré regresa a los años en los que la adicción a la heroína de uno de sus hermanos alteró para siempre la vida de su familia. Ella era una niña cuando empezó todo y fue creciendo mientras su hermano entraba y salía de casa, recaía, mejoraba y volvía a recaer. Desde una distancia necesaria, escribe con dolor y rabia, pero también con humor y ternura, una historia que pertenece a una familia concreta y que, al mismo tiempo, desborda sus límites: la heroína atravesó una generación que descubrió que la droga no entendía de clases sociales ni se quedaba dentro de los barrios a los que habían decidido confinarla en el imaginario.
Al principio parece un libro sobre tu hermano, pero pronto entiendes que también quieres contar qué significó para ti ser su hermana. A medida que avanza, aparece otra pregunta: quién eras tú mientras todo aquello ocurría. ¿Cómo se encontraron la narradora adulta y la niña del relato?
El libro es un viaje desde mi niñez hasta la edad adulta. La vida de mi hermano duró muchos más años de lo que estaba previsto y, durante ese tiempo, yo también fui creciendo. Por eso atravieso distintos estadios emocionales: corresponden a las diferentes edades desde las que lo miré. Cuando hablo más del odio y de la rabia, estoy en la adolescencia, una época en la que ya sientes todo eso incluso sin vivir una situación como la nuestra. Me interesaba trazar ese camino y mostrar cómo cambia tu mirada sobre alguien que se va transformando cada vez a peor, que no evoluciona hacia nada bueno. Pasan muchos años hasta que puedes entender lo que ocurre y pasar de la rabia a la tristeza; no lo comprendes todo de golpe.
¿Cómo fue el proceso de escritura?
Escribir fue mucho más fácil que llevar durante años el libro en la cabeza sin poder ponerme a ello. Lo tenía absolutamente bloqueado y llegué a un punto en que ya no podía más. Hice terapia y eso me permitió desbloquearlo. Una vez pude empezar, la escritura no fue tan complicada, aunque hubo capítulos que me sobrepasaron. Lloré mientras escribía algunos de ellos. Tenía claro, en cualquier caso, que no quería hacer un libro terapéutico; la terapia ya la había hecho. Quería escribir literatura, hacerlo bien y no cruzar la línea de la sensiblería, que detesto. No me interesa utilizar los resortes que sabes que harán llorar al lector.
De hecho, muchas veces haces lo contrario: provocas una sonrisa.
Sí, buscaba las dos cosas. La vida es llorar y reír. Me gusta cuando los lectores me dicen que han pasado por muchos estados emocionales durante la lectura. Me fascina que eso pueda hacerse solo con palabras. Es un trabajo que me ha costado mucho tiempo hacer y, ahora que ha salido, veo que acompaña a mucha gente. La literatura llena silencios. A mí siempre me ha acompañado y me ha hecho sentir menos sola en el mundo. Poder hacer eso por alguien como escritora es muy gratificante.
Escribes que tu versión de los hechos no son los hechos e incluso planteas la posibilidad de traicionar la verdad. Cuando trabajas con una historia tan sensible, que también pertenece a tu familia, ¿qué supone renunciar a la idea de contar una verdad única?
La verdad es un tema que me interesa mucho. También soy periodista. Llevamos mucho tiempo preguntándonos qué es la verdad, y más ahora. Construyes tu vida a partir de lo que recuerdas, no de una versión objetiva de los hechos. Esos recuerdos son los que te han hecho como persona. Empiezo el libro hablando de espías porque son personajes que me interesan mucho: viven en la mentira, pero necesitan convertirla en una verdad creíble para ellos. No se trata tanto de establecer si cada recuerdo es verdadero como de entender que has crecido con él. Siempre digo que si mis hermanos escribieran esta historia, habría cinco versiones distintas. Cada uno tiene la suya.
Tu madre aparece asociada a una consigna: no parar. Hay que hacer cosas, mantenerse ocupada; la pereza es casi un pecado. ¿Era también una manera de enfrentarse a lo que sucedía con tu hermano?
No lo leo así. Creo que era una forma de educación que ella había recibido, muy propia de su época: los vagos nunca han estado bien vistos y la pereza es un pecado capital. Además, si decides tener seis hijos y no cuentas con otras personas que los cuiden, es imposible dedicarte a la contemplación. Vas toda la vida de culo. A veces pienso que mucha gente tiene hijos para no pensar tanto en sí misma. De pronto tienes que ocuparte de alguien: «Ahora toca esto, me dedico a ello y así me olvido de quién soy». No sé si es verdad, pero creo que ocurre a menudo.
Y si una se detiene demasiado a pensarlo, quizá no los tiene.
Eso es lo que me pasó a mí. Lo he pensado mucho y no he tenido hijos. Pensarlo me llevó a la conclusión de que no era una buena idea.
En un momento te preguntas si parte de tu rabia venía de que tu hermano fuera siempre el más presente, aquel de quien todos estaban pendientes. ¿Qué les ocurre a los demás cuando una sola persona concentra el tiempo, la preocupación y el miedo de toda la familia?
Procuras hacer muy poco ruido. Vas al colegio, sacas buenas notas e intentas no traer más problemas a casa. Eso nos pasó sobre todo a las hermanas: íbamos tirando con los estudios y quedamos en una segunda línea familiar. Pero en algún momento también quieres que te presten atención. Necesitas decir: «Oye, estamos aquí». Me parece una reacción completamente normal.
Llegaste al mundo y ya tenías cinco hermanos. Se supone que deben caerte bien, que debes quererlos y llevarte bien con todos. En el libro cuestionas esa obligación.
Me interesaba trabajar la extrañeza de ser hermanos. Yo era mucho más pequeña que los demás. Miraba hacia arriba y veía a gente mayor que hacía cosas rarísimas para mí. Creces con esas personas y, con el tiempo, quizá descubres que no sabes quiénes son. Se parecen a ti, hablan y se mueven como tú, pero no sabes exactamente quiénes son. Y, sin embargo, tienes con ellas una confianza que no tienes con nadie más. Me parece rarísimo.
Damos por hecho que debe haber buen rollo entre hermanos, cuando puede suceder que uno no tenga ideológicamente nada que ver contigo. No entiendo por qué habría que mantener una relación solo por ser familia. Llega un momento en que cada uno debe seguir su camino. Yo intento alejarme de lo que me resulta tóxico, aunque venga de alguien de mi familia.
El libro también desplaza el foco hacia una figura que suele quedar en segundo plano: el hermano de quien tiene una adicción. Conocemos las historias de padres, parejas o hijos, pero rara vez se pregunta a los hermanos cómo están.
Esa era una de las razones para escribirlo. Quería dar una visión que no suele conocerse, aunque nosotros estuviéramos allí y nos comiéramos muchos marrones. Nadie nos preguntaba: «¿Y tú cómo estás con todo esto?».
También me interesaba el hermano como personaje literario. Parece secundario, pero tiene emociones y relaciones propias con todos los demás. Haber convivido con un drama así tiene un peso que no se reconoce. Además, al menos en aquella época, los padres delegaban en los otros hijos buena parte de la responsabilidad por el hermano que tenía el problema. En cada etapa por la que pasó el mío, alguno de nosotros tuvo que ocuparse de él. Acabas cargando con el cuidado de alguien sin haber elegido esa responsabilidad, cuando ya te cuesta bastante ocuparte de tu propia vida. Son cargas muy difíciles de aligerar.
Y se trata de cuidar a alguien que no puede cuidarse a sí mismo. Ahí volvemos a la enfermedad y a la voluntad: a la idea, todavía extendida, de que bastaría con querer dejar la droga.
La voluntad es uno de los grandes temas del libro. Hago una broma macabra con el cáncer: es como si a una persona le dijeras «pues sácate de un cáncer». No hemos avanzado tanto como creemos: la adicción sigue estigmatizada y cuesta aceptar que hay personas que pierden el control de su relación con una sustancia. Yo hablo de una época en la que no teníamos información. Era muy joven y tardé años en entender lo que ocurría, entre otras cosas porque aquella situación me jodió la juventud. Lo preocupante es que, después de todo lo que vivimos en los años ochenta y con la información que existe hoy, mucha gente siga pensando igual.
También persiste la idea de que la heroína era cosa de pobres, de gente al margen.
Con el alcoholismo se ve muy bien: seguimos estableciendo diferencias entre drogadictos de primera y de segunda. En el libro me interesaba contar el golpe que recibió la clase media en aquella época. Fue enorme. De pronto, aquellas personas a las que creíamos distintas de nosotros —El Vaquilla, los quinquis que veíamos alrededor— ya no estaban tan lejos. Pensábamos: «Nosotros no somos ellos», pero sí: somos las mismas personas.
Las diferencias las marcan el dinero, la educación y el estatus. Esa separación entre clases me sigue haciendo explotar la cabeza. Me da risa, por no llorar. Luego llegó la cocaína de los brokers y quedó claro que las drogas eran para todo el mundo. Por eso pienso a menudo que lo que llamamos racismo tiene mucho de clasismo. Lo que no queremos son los pobres. Si alguien tiene otro color de piel, pero trae dinero, parece que molesta menos.
Durante mucho tiempo intentaste perdonar a tu hermano sin conseguirlo. ¿Qué diferencia hay entre comprender una historia y reconciliarse con ella? Entender lo ocurrido no significa necesariamente perdonar ni cerrar nada.
El perdón me parece complicado; además, tiene una carga religiosa. Mi proceso ha tenido más que ver con la compasión y con entender. Cuando murió mi hermano, sentí a la vez un alivio tremendo y una tristeza muy profunda. Las dos cosas se mezclaron dentro de mí. Por eso me incomoda que se hable tan alegremente de «superar» estas historias. Yo no he superado la muerte de mi padre, ni la de mi hermano, ni otras cosas duras que me han pasado. Vivo con ellas.
He pedido ayuda cuando la he necesitado para encontrarles un lugar, sobre todo porque esa experiencia afectó a mi relación con los demás. Cada vez que parecía que mi hermano salía adelante y volvía a caer, yo sufría otra decepción. Eso me hizo más desconfiada. He tenido que trabajarlo para poder estar bien conmigo misma. No tengo como objetivo superarlo todo. He querido llegar a esta edad con paz y que mi hermano también se fuera en paz. No es poco.
«Descanse en paz» adquiere otro sentido después de escucharte.
Sí. Cuando has visto una vida así, deseas de verdad que esa persona encuentre paz. Y también la buscas para ti. Después de tantos años con el cuerpo revuelto y la cabeza en otra parte, mi objetivo era encontrar un poco de calma. Ha sido un trabajo largo. No digo que ahora esté estupendamente, pero he llegado a un lugar en el que estoy a gusto. Creo que por eso pude escribir el libro. Antes no habría podido.

Con lucidez, pero también con ironía, ternura y elegancia, Natza Farré disecciona sus vivencias como hermana pequeña de un drogodependiente. Lo hace en primera persona, con un relato honesto y valiente que no esquiva ni edulcora la incomodidad. La suya era una familia de clase media que, como tantas otras, en los años ochenta tuvo que enfrentarse por primera vez con la heroína y todas sus consecuencias.
A partir de los recuerdos y de la correspondencia familiar, dibuja una época y traza, al mismo tiempo, un retrato muy personal de una vida llena de pequeñas esperanzas, victorias efímeras y recaídas. Con una precisión brutal, narra el silencio como un pacto colectivo y el peso de la culpa como una prisión emocional.






