© Sergio Lardíez

HIJA DE UNA GENIA. MARÍA ISASI SOBRE MARISA PAREDES

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Me piden que escriba sobre lo que es ser hija de una genia. Y que lo haga tomando como referencia la historia de Becky del Páramo y su hija Rebeca en Tacones Lejanos. Es inevitable el paralelismo y la cercanía. Cuando veo la película y escucho esa frase de «no podía dormir hasta que no escuchaba sus tacones al llegar a casa», es como si la hubiera escrito yo misma. Las hijas de las genias nos convertimos en madres de las genias. Las necesitamos y a la vez somos su ancla, su protección. Yo, de pequeña, no descansaba hasta que no oía a mi madre llegar sana y salva a casa. Por alguna razón sentía que lo que hacía entrañaba algo de riesgo. No sé, esos horarios de trabajo, lo incierto de la profesión, la inevitable vida social… sufría esa inestabilidad en primera persona.

Siempre dije que había tenido que compartir a mi madre con la profesión. Por lo que de ella me había quitado. Puedo decir que apenas recuerdo haberme tomado las uvas en fin de año con ella. Vivir largos periodos de tiempo con su ausencia era habitual: rodajes fuera del país, giras de teatro, festivales… Siempre de viaje, siempre trabajando. Y cada vez en un lugar distinto, con gente variopinta que a mí me parecían entonces, todos, demasiado estrafalarios. Tengamos en cuenta que eran los años 80… ¡Imaginad el mundo que pasaba por mi casa!

 

marisa paredes
“Entre tinieblas”, 1983

 

Sentía miedo de no tenerla y, a la vez, de que le pasara algo. Por eso hablo de la mezcla de ser hija y madre. Porque la he cuidado desde bien jovencita. Le he hecho la comida, la he mimado cuando estaba enferma… También desde la admiración. ¿Cómo no admirar esa figura mágica y perfecta subida a un escenario? ¡Esa diosa del teatro! Me llevaba con ella a los camerinos y yo me quedaba embobada viéndola transformarse en ese animal escénico. La escuchaba recitar en casa una y otra vez textos que yo le repasaba y también me aprendía. Recuerdo sus ensayos de Piensa en mí —la canción de Luz Casal—. Esas notas, esa música resonando en nuestra casa una y otra vez para luego admirar esa maravilla en la pantalla. Es la canción de nuestra vida. Yo no puedo escucharla sin sentir profundamente mi amor por ella y el vacío que acompaña a esa letra. Se me encoge el alma. Verla morir al final de la película era algo desgarrador para mí. Cerraba los ojos para no vivirlo. Impensable.

Sus apariciones estelares, tan hermosa y elegante, cuando yo siempre fui gordita. Me ponía sus ropas en casa. Empezaba, también, a desarrollar mi imaginario. Su profesión generaba en mí sentimientos encontrados, que iban desde la rabia por arrebatármela hasta la atracción por ese mundo. De hecho, me encaminé en un principio a estudiar Ciencias Puras. No quería ni remotamente dedicarme a una profesión tan dura a veces, tan solitaria e inestable. Porque también la vi sufrir cuando no sonaba el teléfono, siendo entonces una madre de apenas 35 años, separada y con una hija pequeña. Y me consta que a ella también le fue difícil criarme siendo actriz. En ocasiones, tuvo que dejarme con fiebre para ir a trabajar al teatro, como cualquier otra madre trabajadora. Cuenta que tuvo que viajar a un rodaje a Latinoamérica cuando yo apenas tenía un año y que al volver había aprendido a caminar. Sin ella. Yo estaba tan enfadada con ella por haberme “abandonado” que la rehuía. Lo recuerda como uno de los peores momentos de mi infancia. Todo ese tiempo había estado en brazos de mi otra madre, mi abuela Petra, imposible no nombrarla. La madre de la artista estaba sosteniéndola, desde casa, siempre que podía. Veo con el tiempo que ambas, ella y yo, hemos velado en la sombra a esa guerrera incansable y apasionada de su trabajo, ese talento que había que cuidar y proteger, que tanto ha aportado al mundo de la cultura, y que, si mil años más viviera, tanto más daría. Porque como genia que es, sigue siendo una niña insaciable de conocimiento y de vivencias: Un espíritu libre como la describe mi tío Ángel, uno de sus hermanos, otro guardián custodio.

 

“Salvajes”, 2001

 

Muchas veces me han preguntado si me he sentido condicionada por ser su hija, si me ha ayudado o perjudicado en mi profesión, y siempre digo lo mismo. El juicio está en los demás. Yo no he sentido nunca eso y me considero muy bien tratada y querida por todo el gremio. He podido desarrollar mi carrera al margen de ser su hija. Y agradezco que se valore mi trabajo como lo que es. No puedo más que estar agradecida a la vida por ser hija de quien soy y seguir sus pasos. Ahora también sé que, gracias a haberla compartido con ese otro mundo, me he criado rodeada de su riqueza, pasión, de personas y personajes maravillosos y vivido momentos inolvidables llenos de poesía, arte, magia y misterio. Está claro que ha sido la mejor manera de amarme y de convertirme en quien soy hoy.

Gracias, mamá.

 

María Isasi escribió este texto sobre su madre, Marisa Paredes (1946-2024), en 2022. Fue publicado en Crear, criar, desear, el segundo volumen de MaMagazine en papel, en una entrevista hecha por Elia Mervi (El Espectro Invisible de Medea). Desde MaMagazine pensamos que las palabras de su hija, cargadas de amor, son el mejor homenaje posible a una de las mujeres más valientes, relevantes y queridas de la cultura española. Descanse en paz Marisa Paredes.

 

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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