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ANABEL GONZÁLEZ: LAS HERIDAS QUE SE PUEDEN CURAR

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Victoria Gabaldón
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¿Conoces la técnica Kintsugi? Podríamos definirlo, o traducirlo más bien, como «carpintería dorada» y es el arte tradicional japonés de reparar piezas de cerámica rotas. En lugar de usar un pegamento tradicional, los artesanos de Kintsugi utilizan un esmalte espolvoreado con plata, platino u oro. Como resultado, una pieza regenerada con preciosas costuras que hacen que las grietas brillen y decoren. Reparar las piezas rotas con este método celebra la historia de cada pieza al hacer énfasis en sus fracturas en lugar de ocultarlas o disimularlas.

Cuando nosotros nos herimos, es recomendable limpiar bien nuestra herida y dejar que sane al aire. En algunos casos, la herida tornará en cicatriz y dejará de doler. Si tapamos la herida, es posible que se infecte y empeore. Dice la psiquiatra y psicoterapeuta Anabel González que lo mismo sucede con las heridas emocionales. Anabel es autora de reconocido libro Lo bueno de tener un mal día y acaba de publicar Las cicatrices no duelen, un libro en el que expone su trabajo con personas que acudieron a su consulta con experiencias traumáticas sin resolver. Anabel utiliza, para ello, una terapia llamada EMDR (Eve Movement Desensibilization and Reprocessing). Sobre esta terapia y sobre otras cuestiones, charlamos con ella en una entrevista que, esperamos, ayude a desbloquear esos caminos de curación emocional que, a veces, sentimos tan congestionados.

 

¿Cuál es el germen de este libro? 

La idea central es que podemos curar las heridas emocionales, incluso cuando han pasado muchos años desde que se produjeron. A veces creemos que la única opción es seguir adelante y no mirar atrás, tratar de no pensarlo. Sin embargo, no podemos empezar de cero a nivel emocional si esas heridas siguen abiertas.

¿Existe la forma de cerrar viejas heridas y seguir avanzando sin lastres? 

Sí, y a veces lo hacemos sin necesidad de hacer una terapia. Nos pasan muchas cosas en el día a día y, cuando volvemos a recordarlas, las hablamos, buscamos lo que nos ayuda con ellas, se van resolviendo. No quedan residuos emocionales y dejamos paso a nuevas experiencias. El problema es cuando nos atascamos y dejar pasar el tiempo simplemente no sirve. Ahí es cuando tiene sentido recurrir a la psicoterapia.

Hace relativamente poco tiempo, vi en un documental que la fase REM del sueño puede ayudar a fijar conocimientos en nuestra mente. Sometían a varios niños a un aprendizaje de palabras que nunca habían utilizado. Algunos de ellos dormían siesta tras el aprendizaje y otros se mantenían despiertos, jugando. Los que habían dormido siesta, horas más tarde, habían fijado mejor esas nuevas palabras que los que habían seguido despiertos. ¿Guarda relación la fijación en la fase REM y el tratamiento EMDR, que parece desarrollar el efecto contrario?

El efecto de hecho no es opuesto, al contrario, tiene muchos paralelismos. Lo que ocurre en los sueños tiene mucho que ver con los procesos de memoria. En este experimento estudian el efecto del sueño en el aprendizaje, pero si lo pensamos bien, un trauma o una situación que se nos queda atascada no es un aprendizaje, no nos aporta sabiduría ni recursos para afrontar lo que venga en el futuro. Al contrario, son experiencias que funcionan en negativo: ante una nueva situación, el cerebro va a buscar al archivo de experiencias previas, y si hay recuerdos bloqueados, nos bloquearemos en la nueva situación.

El cerebro por la noche retoma las experiencias no resueltas. Todos sabemos que, si algo nos preocupa, puede aparecer en nuestros sueños, también se cuelan en ellos los temas pendientes. Es como si el sistema nervioso intentase hacer la digestión de todos eso que en su momento no pudimos asimilar.

Los niños del experimento tuvieron experiencias positivas de aprendizaje, su cerebro las desmenuzó y las pudo colocar en sus redes de memoria. Al dormir, este aprendizaje “asentó”. Si hubiesen tenido una experiencia de bloqueo, si hubiesen vivido el aprendizaje con angustia, posiblemente por la noche, su cerebro haría un nuevo intento de procesar lo ocurrido. Si son cuestiones de poca envergadura, muchas veces lo consigue. Cuando los nudos son grandes es más complicado. Imaginemos que alguno de esos niños hubiese tenido experiencias difíciles al estudiar, con los adultos o con los compañeros que le rodeaban. Más que un nudo, habría ya una maraña de malas experiencias, que solo con los mecanismos automáticos del cerebro no hubiese podido deshacer. Con EMDR buscamos este tipo de experiencias para ayudar al cerebro a procesarlas. Si se trabajara con este niño en esas experiencias negativas previas, facilitaríamos que aprendiera mejor esos conceptos nuevos. Y por la noche, su sueño sería más tranquilo y productivo.

Precisamente una de las hipótesis sobre por qué funciona la terapia EMDR se basa en la pregunta, aún por resolver en neurociencia, de por qué en la fase REM del sueño se producen estos movimientos espontáneos de los ojos. Se propone que quizás el mecanismo subyacente a este fenómeno tenga que ver con la disminución de malestar en los recuerdos negativos que genera un tipo concreto de movimientos oculares. Hay estudios muy interesantes sobre todo esto.

¿En qué momento debemos darnos cuenta de que necesitamos la ayuda de terapeutas? ¿Cómo elegir la mejor terapia para nosotros?

Yo creo que esto no es una cuestión filosófica, sino fundamentalmente práctica: si vemos que no conseguimos solucionar una dificultad o nos cuesta sentirnos bien con nosotros mismos, nuestra vida o nuestras relaciones, tendría sentido buscar ayuda. A veces esa ayuda puede venir de nuestros amigos, de tomarnos un descanso para reflexionar, de leernos un libro… Pero si vemos que no es así, ¿por qué no acudir a alguien que se ha pasado años estudiando estos temas? Vernos con objetividad a nosotros mismos no es sencillo.

Una cosa que quería explicar en el libro es que hacer terapia no es una cosa, sino que hay muchas posibilidades diferentes, y que no tiene nada que ver con ir a contarle a alguien lo que te pasa para que te diga cosas que ya sabes. Hay terapias individuales y de grupo, podemos ir solos o con nuestra familia o pareja, y podemos trabajar con distintos sistemas. Yo creo que es fundamental que busquemos profesionales cualificados, bien formados, que veamos con qué modelo trabajan y cómo nos sentimos nosotros con ese modo de abordar el problema, y luego es muy importante que sintamos que encajamos con la persona. Todo esto son los elementos que hemos de valorar.

¿Qué son, para usted, los cuidados? ¿Cuáles son las claves para conseguir autocuidarnos de manera más eficiente?

Cuidarnos es tratarnos como trataríamos a nuestro mejor amigo. Es no hacer cosas que nos hacen daño, es mirar por nosotros y no abandonarnos, que haya un equilibrio entre cuidar a otros y cuidar de nosotros, saber buscar cosas buenas y dejarlas entrar en nuestra vida, y cuando estemos mal, también buscar ayuda y dejarnos ayudar. Si nos cuidamos nosotros, aunque en un momento los que nos rodean no estén disponibles, siempre tendremos reservas. Al menos nosotros estaremos de nuestro lado.

¿Qué pasa con nuestro cuerpo cuando no atendemos nuestras preocupaciones o problemas psicológicos?

El cuerpo a veces expresa lo que nos negamos a sentir. Las emociones que no soltamos, que empujamos para dentro, se quedan dentro de nosotros y salen por las rendijas, de modo indirecto. Cuerpo y mente son una sola cosa, sentimos con el cuerpo y en el funcionamiento del organismo tiene un gran papel el sistema nervioso. 

¿Nacemos con autoestima o la conseguimos a base de tiempo y experiencias?

La imagen que tenemos sobre nosotros mismos no aparece nada más nacer, va creciendo en el niño conforme se desarrolla. Nacemos con un temperamento más o menos sensible, más nervioso o calmado, más impulsivo o pausado… Pero luego esto es como una plastilina que se va modelando con las experiencias que vivimos, y sobre todo con las relaciones más significativas. Nos veremos en gran medida como fuimos mirados. Más adelante, podemos empezar a vernos con nuestros propios ojos, y cambiar estas creencias sobre nosotros, pero esto no siempre ocurre por sí solo. Son como herencias emocionales de las que nos puede costar deshacernos, pero que no tenemos por qué arrastrar toda la vida.

¿Cómo de reales pueden ser nuestros recuerdos?

Los recuerdos pueden ser muy vivos o muy difusos. Las cosas que se nos quedan grabadas tuvieron un significado especial, las otras se almacenan con menos detalle. Todo esto es normal y sano. Lo que no es obligatorio es que algunos recuerdos sigan asociados a dolor. Los recuerdos más traumáticos están a veces como congelados en el tiempo, los recordamos con demasiada nitidez, podemos recordarlos casi como si los estuviésemos viviendo otra vez. Es en estos recuerdos con los que trabajamos con EMDR y en general con las terapias orientadas al trauma. Al hacerlo, sus características van cambiando, pasan a ser como un recuerdo estándar, pierden viveza. Dejan de ser heridas y se vuelven cicatrices. Entonces es cuando dejan de doler.

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Anabel González

LAS CICATRICES NO DUELEN, ANABEL GONZÁLEZ

Cuando nos hacemos una herida, lo mejor es limpiarla bien y dejarla secar al aire. Así se irá cerrando, se volverá una cicatriz y dejará de doler. Al mirarla, recordaremos lo que pasó, pero ya no sentiremos dolor. Si por el contrario tapamos la herida y nos decimos que no está, es posible que acabe infectándose y generando un problema de más envergadura.

Con las heridas emocionales pasa lo mismo. Cuando algo nos ha dañado, hemos de entender cómo nos afecta y ver si hay bloqueos que nos siguen limitando. Este es un camino que hay que recorrer con delicadeza.

En Las cicatrices no duelen, la psiquiatra Anabel González nos muestra una ruta hacia la curación emocional. Mediante la terapia EMDR, un modo fascinante de trabajar en los recuerdos y las defensas que levantamos frente al dolor, aprenderemos a sanar traumas y deshacer nudos mentales que nos impiden evolucionar.

La psiquiatra Anabel Gonzalez nos enseña a sanar nuestras heridas y superar bloqueos emocionales mediante una terapia revolucionaria: EMDR.

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