En el interior de las fábricas de la construcción, se cuecen ladrillos y maternidad. Tres mujeres migrantes se enfrentan, a menudo solas, a múltiples desafíos para sacar adelante a sus familias. Las escuelas satélite que apoya la Fundación Vicente Ferrer en Nepal se convierten en sus mejores aliadas para evitar que sus hijas e hijos acaben como mano de obra infantil del sector ladrillero.
Al recién año nuevo nepalí, Samjhana le pide un deseo: que el monzón se demore unas semanas más. Las lluvias pronto arrasarán con los ladrillos pendientes de cocción y la dejarán sin empleo hasta la próxima estación seca. Vive y trabaja en un horno de la construcción en Bhaktapur, en el valle de Katmandú. En los confines de la antigua ciudad imperial, se erigen sesenta chimeneas industriales que actualmente emplean a miles de trabajadores migrantes para producir ladrillos a contrarreloj.
«Los días y las noches son lo mismo para mí. El tiempo pasa mientras trabajo y ni tan siquiera me doy cuenta», explica. Samjhana se levanta a las tres de la madrugada para moldear el mayor número de piezas posible, entre 700 y 800 diarias. «He oído que si completas 1000, te pagan 1300 rupias (9 euros). Pero yo tengo que cocinar, ir a buscar agua, lavar la ropa, preparar a los niños para la escuela. No puedo hacer mucho más», añade.
Según la Organización Internacional del Trabajo, el 49% de las niñas y los niños que viven en los hornos acaban incorporándose al trabajo para contribuir a la economía familiar. La joven madre lucha para sacar adelante a la familia y mantener a su hijo y a su sobrina Sonika, ambos a su cargo, lejos de los hornos. Las enfermedades y la débil condición física de los abuelos, también obreros de la fábrica, hacen que el sueldo de Samjhana sea el principal sostén económico del hogar. «Mi marido se fue a trabajar a Arabia Saudí, pero ha vuelto sin dinero y ahora vive en el pueblo. La vida está llena de dificultades, no quiero ni pensar en el futuro», confiesa.
Entre ladrillos y jornadas interminables, Samjana se ocupa también de la crianza de Prashant y Sonika, de cinco años. Esta última sufre ansiedad desde que sus padres se separaron y, a menudo, hace ver que desaparece escondiendo la cabeza dentro de la mochila escolar. «Su madre abandonó el hogar cuando era pequeña y su padre se casó con otra mujer, apenas se ven. Sus abuelos y yo somos quienes cuidamos de ella», cuenta.
Prashant y Sonika acuden al aula satélite que apoya la Fundación Vicente Ferrer en Bhaktapur, un refugio que los protege del trabajo infantil donde reciben educación, comida y atención. «Me gustan mucho las profesoras de la escuela, cuidan de los niños cuando yo no puedo», agrega Samjhana.
Diez kilómetros al sur, Bhimkumari se apura a labrar un lodazal que le cubre hasta las rodillas. Hace siete temporadas que trabaja moldeando ladrillos en un horno de Siddhipur, un lugar que ya considera su casa. «Aquí es donde traje a mi hijo Sugam con tan solo 22 días y es también donde ha crecido mi hijo Sishir», comenta.
Inmersa en el fango como se encuentra hoy, ha trabajado de sol a sol incluso estando embarazada. «Hice ladrillos llevando tanto a Sugam como a Sishir en el vientre. Cuando estaba embarazada del mayor, estuve trabajando hasta dos días antes de dar a luz. Con el pequeño, tardé más debido a las complicaciones en el parto», recuerda visiblemente emocionada.
Cada kartik —octubre, según el calendario nepalí—, Bhimkumari y su familia regresan a la misma fábrica de Siddhipur por el efecto imán de la escuela. «En el pueblo, por más que trabajemos, no ganamos suficiente para sobrevivir y tampoco podemos permitirnos la educación de los niños, es demasiado caro. Aquí mis hijos reciben la oportunidad de estudiar y de estar en un lugar seguro, lejos del polvo y el humo de la fábrica. Eso me hace muy feliz», añade. El bus escolar irrumpe en escena, trayendo de vuelta a Sugam y Sishir. Ambos salen corriendo para abrazar a su madre e irse de inmediato a divertirse entre ladrillos. «Sugam tiene siete años y es muy aplicado en la escuela. Sishir no lo es tanto, tiene tres y solo le interesa jugar. Quiero que tengan una educación y unas oportunidades que les permitan encontrar un futuro mejor lejos de la fábrica, quizás en el extranjero», sentencia Bhimkumari.
Al otro lado de la charca vive Hira, conocida como Aama (“madre”) del horno de Siddhipur. Pasa las jornadas cuidando de sus nietos y bisnietos, así como de los bebés de sus vecinas. Asmi, su bisnieta de cuatro años, acaba de regresar de la escuela y no pierde ni un minuto en hacer travesuras. Las tardes transcurren entre bisnieta y bisabuela cual ratón y gato.
El habitáculo familiar, construido con los mismos ladrillos que fabrica la familia, se encuentra a escasos metros de la chimenea principal que combustiona carbón 24 horas al día. Durante la temporada ladrillera, la contaminación en la zona supera 25 veces los niveles establecidos como seguros por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La nube negra de gases contaminantes y las partículas en suspensión que emiten las chimeneas incrementan el riesgo de sufrir enfermedades respiratorias como cáncer de pulmón, asma y bronquitis crónica. En Nepal, la polución de los hornos causa alrededor de 600 muertes prematuras, según el Banco Mundial.
Hira tose con frecuencia y muestra los ojos visiblemente irritados. A sus 65 años, sin embargo, su mayor preocupación es la imposibilidad de cargar con pilas de ladrillos a sus espaldas para saldar la deuda familiar. «Apenas puedo hacer nada. Mi hija Anita es la abuela de Asmi y con 50 años se encarga de transportar ladrillos. Los padres de Asmi también trabajan en la fábrica», cuenta. Las familias, la mayoría analfabetas y en situación de extrema vulnerabilidad, contraen deudas con intereses abusivos que difícilmente pueden devolver, atrapando en el ciclo de la explotación y la pobreza a la siguiente generación.
Originaria de Dang, esta es la primera vez que las cuatro generaciones se instalan en el horno Lalitpur y desconocen si regresarán a la zona la próxima temporada. «Cuando vuelven a sus pueblos, los niños y las niñas no suelen ir a clase. Uno de nuestros grandes objetivos es que asistan a la escuela de forma regular mientras estén aquí. Si un niño o una niña no viene a clase, nos acercamos a su casa para ver qué ha pasado, si es por enfermedad o algún accidente. Cuando damos con el problema, buscamos una solución conjunta con sus familiares», comenta Sabita Bista, educadora del centro.
La red de aulas satélite que apoya la Fundación Vicente Ferrer en Nepal actúa para alejar a los niños y las niñas que residen en los hornos del trabajo infantil, los accidentes y la contaminación. Gracias a la acción del profesorado, la escuela se convierte en una aliada de las madres obreras que luchan para proteger a la infancia y construir un futuro donde sus hijas e hijos puedan vivir en pleno ejercicio de sus derechos.






Este artículo se publicó por primera vez en Una habitación propia, el décimo volumen de nuestra revista en papel.
Texto: Eva Galindo Soriano | Fotografías: Katia Álvarez Charro y Bárbara Mompó Salvador | Traducción: Santosh Tulachan






