Nada acontece por acaso y, a veces, perderte en la carretera puede llevarte a descubrir historias curiosas. Esta comienza en Madrid, un día de noviembre, cuando Miguel Ángel Cayuela —organizador de los retiros lectores de Remanso— nos montó en un coche a cuatro mujeres. Solo dos nos conocíamos de antemano: la fotógrafa Carol Renaux y yo misma. Las otras dos eran la periodista de El País Eva Baroja y otra de las organizadoras de Remanso, Alba Martínez. Rompimos pronto el hielo contándonos cómo habíamos llegado hasta el plan que teníamos por delante: un fin de semana en Quintanilla de Onésimo, en la provincia de Valladolid, acompañando en este retiro a la escritora Laura Ferrero y en la lectura de su última novela, Los astronautas (2023, Alfaguara). No debimos hacer caso a la primera señal, y era que el navegador, desde luego, no nos estaba llevando por la ruta más rápida a nuestro destino. Así, atravesamos todas las curvas del Puerto de Navacerrada, entre Madrid y Segovia, envueltas en una niebla espesa.
Algo mareadas, al bajar el puerto, decidimos que era el momento del desayuno y de asentar el cuerpo. Y ahí, de nuevo, el navegador nos llevó por una senda inesperada hasta la localidad de Zamarramala, a escasos kilómetros de la ciudad de Segovia. En la plaza preguntamos a dos vecinas dónde estaba el bar, no andábamos lejos. Mi hiperactividad visual hizo que me fijase en el nombre de la plaza: “Las Alcaldesas”. El restaurante al que nos dirigíamos se llamaba “La Alcaldesa”. Al entrar al bar y pedir los cafés, nos dimos cuenta de que gran parte de la decoración tenía que ver con una festividad, la de las alcaldesas, y preguntamos al dueño. Nos contó que cada año, el domingo siguiente al 5 de febrero —festividad de Santa Águeda—, un pequeño pueblo de Segovia se llena de color, historia y reivindicación con la Fiesta de las Alcaldesas de Zamarramala. Este evento, declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional, es una celebración que pone a la mujer en el centro de la tradición y el poder, aunque sea por un día.
La historia de esta fiesta se remonta al siglo XIII y se vincula con la reconquista de Segovia. Según la leyenda, mientras los hombres planeaban recuperar el Alcázar de Segovia de manos musulmanas, las mujeres de Zamarramala llevaron a cabo una estrategia valiente: organizaron bailes y cantos para distraer al enemigo, permitiendo que los soldados atacaran con éxito. Como agradecimiento, las autoridades les otorgaron el privilegio de gobernar su pueblo durante un día al año, una tradición que sigue viva siglos después. El corazón de la celebración es la elección de dos alcaldesas que, con vara en mano, asumen simbólicamente el poder del pueblo. Vestidas con el traje típico segoviano, presiden los actos de la jornada, que incluyen una misa en honor a Santa Águeda, patrona de las mujeres, y la lectura de un pregón cargado de reivindicación y simbolismo. Uno de los momentos más esperados es la quema del pelele, un muñeco que representa la injusticia y la opresión que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia. Este ritual es un acto de liberación y fortaleza, reforzando el mensaje de empoderamiento femenino que caracteriza la fiesta. Los bailes y la música llenan las calles de Zamarramala en una jornada en la que no faltan la gastronomía típica —el cochinillo segoviano— y los dulces tradicionales.
Al salir del desayuno y continuar nuestro viaje hacia el Hotel Fuenteaceña, a orillas del Duero, ya nos habíamos constituido como grupo: éramos Las Alcaldesas y así lo ratifica nuestro grupo de WhatsApp, activo a día de hoy. Nuestro vínculo no se limitó a un fin de semana —sigue activo— ni a un grupo de mensajes: otra vez la observación y la escucha nos llevó a lugares inesperados. Ya era sábado cuando recibimos a Laura Ferrero e iniciamos las actividades junto a ella: un rato de lectura, un grupo de conversación antes de comer, una comida deliciosa, un rato de lectura y un segundo círculo de conversación. Durante la comida, Laura Ferrero hizo un comentario que no recordamos bien, pero tenía que ver con un premio que no le habían dado. Y, en el tiempo libre de la tarde, decidimos que nuestra sororidad y recién forjada amistad bien merecían un premio para ella: la haríamos “Alcaldesa de honor”. Con las fajas sobrantes de los libros confeccionamos una banda de honor; con las flores sobrantes de la decoración del retiro, un pequeño ramo de flores. Y, con nuestra admiración, le preparamos una pequeña sorpresa al finalizar el encuentro lector: Laura Ferrero era nuestra primera galardonada, la primera Alcaldesa de honor. Los motivos para nombrarla alcaldesa, en realidad, nos sobraban.
Fotos: Carol Renaux






