© Isabel Ezkieta

LAURA CHIVITE: ¿QUÉ HAGO CON ESTA CABRA?

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Es un sábado, primera hora de la tarde. Acudo a los últimos estertores de una celebración literaria, de la puesta de largo de un poema que, a su vez, celebra las estaciones. Hay mucha gente en el salón y mucha gente en la habitación contigua. Entro a saludar a la poeta, a agradecerle las letras, y comienzo a saludar al resto de asistentes. Una mujer duerme, plácida, apoyada en el hombro de otra. Cuando llego a su altura, abre unos ojos azules e inmensos y, en ese momento, la reconozco. Solo la había visto en la foto de promoción de su libro, pero supe que era la escritora Laura Chivite (Pamplona, 1995). Entonces, no puedo evitar espetarle un «buah, cómo he flipado con tu libro, lo acabo de terminar» casi antes de que pudiera parpadear un par de veces más.

Y es que la lectura de El ataque de las cabras (Random House, 2025) ha sido uno de los delirios más deliciosos que he tenido el placer de echarme al cuerpo en las últimas semanas. Solo sabía acerca del libro lo que me contó una de las responsables de prensa del sello: «atenta a lo de Laura Chivite». No la había leído hasta el momento, es decir, que no sabía que, con su libro de relatos Gente que ríe (Caballo de Troya, 2022) había ganado el Premio Ojo Crítico de Narrativa y el Premio a la Promoción del Talento Artístico de Navarra, que en la actualidad se dedica a la docencia y a la escritura, y que ha colaborado en medios como la revista Cuadernos Hispanoamericanos o el programa de La 2 de RTVE Un país para leerlo. Me enfrenté a la lectura de esta primera novela suya sin defensas, y qué grata fue la sorpresa.

Un par de días más tarde, con el libro ya editado, pudimos reunirnos y charlar sobre esa sugerente mezcla de costumbrismo y surrealismo que es El ataque de las cabras. Con su escritura ágil e inteligente, Chivite explora la relación entre una sobrina y su tía, incorporando elementos fantásticos como una cabra cineasta. No pasa desapercibida, tampoco, la elección de una foto de Alessandra Sanguinetti para poner la guinda a este pastel. Durante nuestra conversación, se suceden las reflexiones sobre la identidad, el deseo y la conexión familiar y se confirma que lo placentero de la lectura de esta hilarante historia proviene del disfrute de su autora al alumbrarla.

El ataque de las cabras es una historia con toques muy inteligentes de humor y surrealismo, pero también una reflexión muy potente sobre las relaciones familiares. ¿Cómo se te ha ocurrido esta historia?

Me interesaba mucho contar la historia entre una sobrina y su tía, que es un vínculo que se ha explorado bastante poco en ficción, y me apetecía mucho enfocarlo desde ahí. Además, yo tengo tías muy queridas y dentro de poco mi hermana va a ser madre. Me proyecto a mí misma siendo tía y me veo, creo, similar al personaje de tía Lidia, aunque un poco menos zumbada —risas—. Tenía muy claro que quería escribir sobre esa relación y estuve meses pensando en eso. Entonces, empezaron a aparecer elementos como la cabra. Y yo me preguntaba: «¿Qué hago con esta cabra? ¿Convierto esto en un relato aislado o lo introduzco en la novela como una fábula que le cuenta la tía a la sobrina?». Además, las cabras tienen esa cosa loca, perturbadora, un poco satánica, que empezó a divertirme mucho.

Los conflictos familiares siempre me parecen muy interesantes y creo que, más allá de lo trágico que puedan tener, puede sacarse algo muy divertido siempre de ellos. Una vez me puse a escribir, quería que tratase sobre el desencanto, sobre las primeras veces que admiras a alguien y esa persona se va; tenía un poco toda esa vida completa en la cabeza. Pero luego surgen cosas inesperadas, todos estos elementos un poco fantásticos nacieron ya en la escritura, y una misma se sorprende, dice: «¿y qué hago con esto?». Entonces, opté por dejarlo todo.

¿Por qué la cabra como personaje? 

Me interesa mucho como animal. O sea, tampoco fue una decisión. Podría haber sido un lagarto o una vaca, pero hay algo en las cabras que me atrae. De pequeña, iba mucho al monte y veía ahí a las cabras, con esa pupila cuadrada, con lo zumbadas que están y lo aleatorias que son. Me vino a la cabeza esa cabra llamada Juana que, además, se convierte en cineasta. Ya ves, mi cabeza funciona de esta manera: muchas cosas no las decido, sino que pienso mucho y las ideas me vienen, tanto paseando como nadando. Primero vino una cabra, esta cabra un poco antropomorfa que se siente un poco sola, que va creciendo y tal, pero sí, no lo decidí: me vino así.

Juana no es una cabra normal: rompe moldes, es una pionera.

Sí, es una cabra innovadora. Inevitablemente, cuando escribimos cosas, aunque de manera consciente no lo hagamos de determinada manera, siempre están ahí lo inconsciente y la metáfora jugando un papel fundamental en lo que escribes. Quiero decir: muchas veces no soy consciente, hasta más tarde, de algunas de las cosas que plasmo, me doy cuenta a posteriori. En un principio, lo que yo pensaba que era algo esencialmente lúdico de una cabra que hace películas, cuando lo releo o me pongo a pensar acerca de ello, me digo: «wow, aquí hay algo como mucho más potente».

Entre líneas, de alguna manera, estaba hablando sobre todo lo que nos había dicho que nunca podríamos hacer y acabamos haciendo. Juana, la cabra, se atreve a hacer algo que le habían dicho que no estaba a su alcance. Muchas veces, tú puedes admirar algo y estar muy cómoda en tu rol pasivo de observadora, pero de pronto, un día, tienes una epifanía y dices: «vale, está muy bien ese rol pasivo de admiración, pero yo también puedo hacerlo».

 

De pronto, un rayo de sol entra por la ventana y se inicia el movimiento de la luz, tu madre te mira con su preciosa pupila cuadrada y te olvidas de ese abismo imaginario que desde hace un tiempo te viene molestando como una mosca. Y justo entonces, como si la tregua estuviera condenada a durar poco, nace otra pregunta. Si tu madre no es ninguna homicida, ¿de dónde viene ese rumor? ¿Por qué se cuchichea sobre tu familia?

 

La relación entre la narradora y su tía Lidia es el eje central de este relato. ¿Cómo has construido ese vínculo literario entre ellas?

Me interesaba mucho eso. Estoy muy interesada en las novelas que trabajan las relaciones entre madres e hijas. Estas Navidades, por ejemplo, leí Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan y flipé. Otro de mis libros de cabecera es Apegos feroces de Vivian Gornick. Me parece un tema poderosísimo y, además, tenemos novelas extraordinarias a las que acudir para explorarlo. El vínculo entre una tía y su sobrina está menos explorado, me parece. Me interesaba, además, desde el punto de vista queer, cómo siempre ha estado en el imaginario —o en los márgenes— la figura de la tía lesbiana o el tío gay, a quienes ni siquiera se les ha puesto ese nombre. Nunca se ponía ahí el foco, y a mí me ha gustado mirarlo desde ahí.

La protagonista, al refugiarse en su tía “la rara” se desconecta de su madre —hermana de la tía—, pero solo desconectándose y poniendo distancia con su madre puede, por fin, volver a conectar con ella. Emocionalmente, se produce ahí un efecto bumerán. 

Absolutamente. Yo tengo muy muy buena relación con mi madre. Recuerdo que, en un momento de la novela, la narradora dice «y, de pronto, anhelé hablar con mi madre». En mi adolescencia, yo también viví fuera de la casa de mis padres. Después, me fui a estudiar a Granada —y ahí tuve una juventud muy alocada—. Cuando empecé a vivir en Madrid, llegó un día en que, literamente, sentí esto: que necesitaba a mi madre, que quería hablar con ella. Desde ese momento, hablamos muchísimo, la llamo todos los días. A veces, necesitamos irnos para poder volver. Separarnos por completo para que nos apetezca retomar ese diálogo.

Entre los personajes que pueblan esta historia, hay uno muy curioso: Sheyla, la ceramista, autora de varias grandes sentencias en el texto. 

No voy a hacer generalizaciones con el resto de escritores y escritoras, pero a mí me ocurre siempre que soy un poco todos mis personajes: soy tía Lidia, soy la narradora, soy Sheila, soy la cabra, soy el tío también. En ese sentido Sheyla da voz a esta parte sentenciosa de mí. Al estar construyendo una narradora, como es mi caso, a veces da miedo hacer sentencias porque  no quiero sonar dogmática, no quiero que me lean y y piensen que yo soy así de dogmática. Entonces uso esta trampa, este truco, este recurso, llámalo como quieras, de ponerlo en la boca de otro personaje. Inevitablemente, aunque yo no sea la narradora y estas no sean mis vivencias, estoy segura de que todo lo que dice la narradora de algún modo indirecto lo van a atribuir a mí, pero quizá no suceda eso con lo que dice Sheyla, la ceramista. Quería poner en su boca esas frases como «es en los días tranquilos y soleados cuando hay que estar alerta».

 

«Puedes pensar que eres capaz de cambiar la historia de tu familia a base de lucidez e hiperautoconsciencia. Puedes pensar que tú no eres igual que ellos, que tu genética se ha salvado, que haces amnesia de la memoria colectiva. Pero en el mediodía de un martes de febrero la realidad te golpea con su viejo bastón de apabullante honestidad y te demuestra que sí: que aunque tengas gustos diferentes, y hayas logrado huir de tu ciudad, y te expreses de otro modo, y sepas bailar, eres como tu madre, como tu abuela, como tu bisabuela»

 

La identidad cruza el texto. También la identidad como hija. Hay un punto en el que tu identidad pasa incluso por negar tus orígenes, ¿cierto?

Totalmente. Recuerdo el día que, de pronto, olí mi sudor y pensé: «así es como olía mi madre cuando yo era pequeña». Es fuerte, eso. 

¿Cómo has conseguido ese equilibrio tan delicado entre lo cotidiano, que es la historia de una joven que crece al ritmo de la historia de su familia, y el absurdo de la historia de las cabras? ¿Qué referencias y lecturas te han acompañado en este proceso?

Me apetecia mucho escribir ese balance, entre lo cotidiano o lo costumbrista y los componentes surrealistas, absurdos, fantásticos. Inevitablemente, creo que mi mente siempre va hacia lo fantástico. En mi escritura siempre tiendo a introducir elementos que no son realistas. Mientras yo estaba escribiendo esta novela, me topé con con otras novelas que también jugaban con esta mezcla que, evidentemente recuerda en parte al realismo mágico latinoamericano. Hablo, por ejemplo, de El beso de la mujer araña de Manuel Puig, que tiene algo similar estructuralmente hablando. En esta mezcla entre lo cotidiano y lo absurdo, leí Los vivos y los muertos de Joy Williams. También leí a Lorrie Moore y Si este no es mi hogar, no tengo un hogar. También leí El maestro y Margarita, de Bulgákov, donde me topé con un gato parlante. Creo que un poco por azar —y no solo por azar—, cuando tienes el foco puesto en algo, comienzas a ver cosas. En ese momento, llegaron a mí un montón de relatos — literatura norteamericana, latinoamericana, europea del siglo XIX…— y todos contenían ese componente fantástico. 

Has estudiado Literatura Comparada y te especializaste en la relación entre cine y literatura. Es algo que también atraviesa esta historia, es un libro de grandes imágenes. 

Sí. Es es el lugar desde donde  escribo siempre. Yo ve un montón de pelis y siempre he tenido muy presente el cine, ¿desde que era muy pequeña. Y sí creo que la manera en la que miro el mundo es muy muy cinematográfica, incluso el ritmo es cinematográfico.

¿Cómo ha sido pasar del relato a la novela? ¿Tienes algún ritual a la hora de escribir?

Ha sido ha sido un paso muy grato porque yo disfruto mucho escribiendo y disfruto mucho abstrayéndome de la realidad. Un relato, al fin y al cabo, te ocupa más o menos, a mí al menos, 10 días escribirlo, dos semanas. Sin embargo, estuve un año escribiendo esta novela. Tengo bastante disciplina, me siento prácticamente todos los días a escribir si estoy dentro de de un proyecto. Durante todo ese año de pensarla y escribirla, me iba a ella siempre que quería, en cualquier momento. Si estaba esperando, si estaba aburrida o si estaba en cualquier situación, como en la cola de Correos, mi mente se iba ahí y pensaba en cómo hacer avanzar la historia. Eso es muy grato, es un bálsamo, es como una vía escape extraordinaria. Escribiendo me lo paso muy bien.

 

 

Tras una década sin saber nada de ella, la narradora de esta novela sorprende a Tía Lidia sentada en una cafetería de Madrid. Ese momento, como una aparición fantasmal, desencadena una serie de recuerdos, y los dos años que la protagonista convivió con su tía caen en cascada.

El ataque de las cabras es una historia de crecimiento, pero también una crónica familiar que hará las delicias del lector. Con un flujo narrativo que alterna el desarrollo emocional típico de los primeros años de juventud con las hilarantes fábulas de una cabra insolente, la narradora irá descubriendo poco a poco tragicómicos secretos familiares que le permitirán entender las rarezas de su familia.

Como una maga que quizá se hizo escritora para poder lanzar sus hechizos en forma de historias, Laura Chivite despliega su indiscutible talento y su singular sentido del humor para explorar el paso del tiempo con sus penas y decepciones revelándonos, página tras página, una exquisita sabiduría.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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