Durante siglos, la placenta ha sido un órgano tan sagrado como desconocido. La hemos enterrado, venerado, comido o, más recientemente, desechado sin siquiera mirarla. En ese tránsito de lo simbólico a lo clínico —en el que la sabiduría ancestral quedó a un lado—, no solo hemos dejado atrás el potencial del órgano más desconocido: hemos olvidado una lección sobre el presente.
Hace poco, durante una formación como doula, asistí a un seminario titulado simplemente Placenta. Me sorprendió el respeto con el que se hablaba de ella, la profundidad con la que se abordaba su papel en la gestación. No era una clase sobre biología: era una conversación sobre vínculo, nutrición y memoria. Algo hizo clic en mí.
Pensé en cómo la placenta —ese órgano efímero y extraordinario— acompaña al bebé durante toda su estancia en el útero. Late, respira, sostiene. Cuando el bebé nace, la placenta completa su misión y muere. Su trabajo queda atrás, casi siempre sin ser visto. Con frecuencia, ni la observamos cuando es parida. La olvidamos. Pero mientras existió, vivió en un tiempo sin relojes: el presente absoluto.
Quizá por eso me impresiona tanto su enseñanza. Mientras la placenta hace su trabajo, no hay ansiedad ni expectativa: solo presencia. Nutre, oxigena, filtra. Está, simplemente. Y, sin embargo, una vez el bebé sale al mundo, el órgano que lo sostuvo se convierte en residuo. No deja de ser una metáfora precisa de nuestra desconexión con lo natural. En muchas culturas, las placentas se entierran bajo un árbol o se guardan en rituales domésticos. No es superstición: es memoria biológica. En cambio, en nuestras sociedades tan tecnificadas, preferimos pensar que el cuerpo es una máquina, no un territorio. Hemos delegado la sabiduría de los ciclos a los laboratorios y con ella hemos diluido la conciencia del misterio. No se trata de oponer ciencia y tradición; la ciencia nos ha salvado la vida, pero quizá nuestras ancestras sabían algo que nosotros olvidamos: que la salud no solo se mide en datos, sino también en vínculos.
Incluso la ciencia, cuando se libera del sesgo patriarcal, empieza a hablarnos de cooperación. Nos enseñaron que el espermatozoide más rápido fecundaba al óvulo, pero hoy sabemos que no hay carrera: hay elección y el óvulo decide. Su membrana se abre solo ante un espermatozoide compatible, mientras otros lo escoltan y protegen. Una coreografía de colaboración, no de competencia. Me gusta pensar que esa revelación científica está en sintonía con el cambio cultural que vivimos: dejar atrás la lucha de fuerzas para reencontrarnos en la colaboración.
El nuevo enfoque hacia la placenta y la gestación consciente rescata esa misma idea: la de un proceso compartido, en equilibrio y presencia. Las prácticas artísticas, los rituales y los actos simbólicos que buscan honrar la placenta —desde plasmar su huella en un lienzo hasta plantarla junto a un árbol— son intentos por recuperar esa conexión. Sin embargo, nos preguntamos si la verdadera esencia radica en el acto o en la conciencia del gesto. Volver a mirar la placenta, entonces, es también volver a mirar nuestra forma de estar en el mundo: no como sujetos que controlan, sino como cuerpos que acompañan. No como madres que “deben”, sino como mujeres que “están”.
Mi propio camino hacia la maternidad no ha sido sencillo. A día de hoy, no he podido ser madre, aunque lo he deseado profundamente. Ese deseo me llevó a recorrer un camino de heridas y miedos, hasta crear el Journaling del embarazo consciente Conversaciones con mi bebé, un cuaderno que invita a vivir la gestación desde la consciencia y la presencia. Surgió de mi curiosidad por entender cómo las emociones de la madre atraviesan la placenta y llegan al bebé, y cómo las heridas o los miedos pueden transmitirse antes de nacer. Tanto la maternidad como la no maternidad son formas de aprendizaje. Hijos nacidos o no, todos nos enseñan algo esencial: nos devuelven a nosotras mismas. Nos obligan a detenernos. Nos enseñan a mirar hacia dentro. Y nos recuerdan que nadie nos prepara para ser madres, pero tampoco para no serlo. Ambas experiencias nos transforman y nos reclaman lo mismo: estar presentes.
La placenta, al final, no es solo un órgano: es una maestra silenciosa. Nos recuerda que toda creación —un hijo, una idea, una nueva versión de nosotras mismas— necesita presencia, cuidado y una entrega que no busca reconocimiento. Quizá ahí empiece la verdadera maternidad: en esa manera de acompañar la vida, incluso cuando no es la nuestra.
Pitágoras decía que «el inicio de la sabiduría es el silencio». Tal vez tenía razón. En un tiempo que nos empuja a la distracción constante, el silencio es lo que nos devuelve al cuerpo, a la respiración, al presente. Y es ahí —en ese espacio quieto, donde la vida ocurre sin que la forcemos— donde la placenta nos sigue enseñando lo esencial: estar vivas aquí y ahora.
Cristina Bayés es escritora, coach de consciencia y doula en formación.
Puedes encontrarla en cristinabayes.com

DIARIO JOURNALING CONVERSACIONES CON MI BEBÉ
Este diario-guía pretende ser una ayuda hacia el embarazo consciente. Busca acompañar a la futura mamá en esta nueva función que tiene que será, al mismo tiempo, que ella pueda ofrecer el mejor acompañamiento a su hijo o hija. Desde @somosflorysemilla entendemos la maternidad como un acompañamiento a un nuevo Ser que quiere encarnar aquí, en la Tierra. Y, como persona, ese humano tiene un alma. El alma es energía. De manera que no se puede destruir, solo transformar y cambiar de plano. Es por eso que el alma de nuestro bebé existe desde tiempos inmemoriales y ha vivido ya otras vidas. Esta vez, ha decidido nacer en tus brazos. Su alma tiene una consciencia al igual que la tuya. Y aunque todavía no pueda expresarse, puede sentirnos, entendernos y oírnos desde antes de nacer, y desde antes de estar creciendo dentro de nuestro cuerpo.
Si te gusta lo que lees, este diario-guía te puede ayudar a comunicarte con el alma de tu bebé desde el primer día.






