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LUCÍA SOLLA SOBRAL: FLORES QUE NO ALIMENTAN

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El control rara vez llega haciendo ruido: suele ser sibilino, sigiloso y difícil de ver si no tienes acostumbrada la vista. Comerás flores (Libros del Asteroide, 2025) de Lucía Solla Sobral es, entre otras cosas, la cartografía de ese paso minúsculo que va del cuidado al mando. Su novela se coloca en el lugar más difícil: la zona intermedia, donde el halago es método, el tiempo es herramienta y la casa bonita es el decorado perfecto para que no se note la jaula.

Meses después de la muerte de su padre, Marina —recién graduada— conoce a Jaime, veinte años mayor. Marina está en duelo y busca una forma de estar en el mundo. Jaime llega con un guion de solvencia y madurez en forma de certezas y planes. Él deslumbra con planes, restaurantes y la promesa de una vida cómoda; ella se muda, se separa de su mejor amiga Diana —con la que comparte piso— y acepta un amor que empieza como salvación y se vuelve trampa. Comerás flores narra ese desplazamiento sutil del halago al dominio, de la admiración a la dependencia, mientras la amistad intenta hacer de refugio. Sin juzgar la fascinación inicial —¿quién no quiso que la vida fuera como en las películas alguna vez?—, la trama sigue con atención la ingeniería oculta de la dependencia: pequeñas renuncias, amistades que se enfrían, el descuido del cuerpo y la salud.

La manera de escribir Solla Sobral se mueve entre la delicadeza y la incisión. Hay una ética clara: no hacer del dolor un espectáculo, sino un campo de sentido donde identificar señales —gaslighting sin panfleto, paternalismo con modales, recompensas que llegan cuando has pasado la prueba…—. Leída desde la maternidad (o su periferia), la novela abre preguntas útiles: ¿qué modelos afectivos transmitimos? ¿Cómo enseñamos a detectar el control cuando la puesta en escena es impecable? ¿Qué papeles juegan las amigas cuando el relato oficial dice que “todo va genial”? Comerás flores no ofrece moralejas, sino reconocimiento. Y eso, en literatura, es una forma de cuidado.

 

¿Qué imagen te empujó a escribir Comerás flores?

La primera imagen que visualicé y que escribí fue la de Marina subiendo fascinada las escaleras del edificio de Jaime. En el primer borrador, esa escena contenía toda la novela, era prácticamente un resumen. Mientras Marina avanzaba por esas escaleras, iba recordando todo lo que pasó para llegar hasta ahí y todo lo que le sucederá por ir a esa casa. Esa escena tenía todos los hilos de los que yo debía tirar para escribir toda la historia.

¿Qué te interesaba explorar de una relación entre una mujer joven y un hombre con el que se lleva tantos años de diferencia?

La relación de poder que se genera cuando hay tanta desigualdad. Un hombre mayor no tiene por qué ser más inteligente ni más responsable o estable, pero sí tiene más experiencia, más vivencias, más recursos y, sobre todo, tiene la admiración de la persona a la que saca veinte años. En este caso, como en la mayoría, la diferencia de edad va de la mano de una diferencia de clase. Él tiene todo de su lado: capital social, económico y cultural. Ella acaba de salir al mundo con un título universitario que no le garantiza un buen salario y con la muerte de su padre. ¿Cómo se puede construir una relación sana si la persona más vulnerable tiene mucho más camino que recorrer y la otra se aprovecha de esa distancia? 

Cuando el halago se convierte en método de control, ¿qué señales tempranas dirías que pasamos por alto?

Dependerá de las vulnerabilidades de cada persona. En el caso de Marina, el elogio excesivo a su cuerpo y, a la vez, señalar lo mucho que come, le acentúa su inseguridad y se vuelve más dependiente de su imagen. Jaime también se aprovecha de la ausencia del padre de Marina y juega con ese rol.

Es muy difícil percibir las señales cuando estás dentro de una relación de maltrato o muy desigual, pero hay halagos que buscan aislarnos cuando nos hacen creer que solo esa persona nos entiende, por ejemplo y otros se convierten en recompensas y, por lo tanto, hay un castigo si no cumples con sus expectativas. También hay halagos tan excesivos —lo que ahora llamamos love bombing que son peligrosos porque generan dependencia y promueven la manipulación.

¿Por qué decidiste anclar el comienzo de tu novela en el duelo de la protagonista por la muerte de su padre?

Yo misma tuve que entender a Marina y es importante saber de dónde parte. Una de las ausencias más importantes de Marina y por donde es más fácil acceder a sus inseguridades es la muerte de su padre. Marina todavía está lidiando con ese dolor y con todo lo que precede a la muerte: los hospitales, los turnos para pasar la noche como acompañante y el miedo que se queda dentro cuando escuchas otra vez la sirena de la ambulancia.

Tampoco le entusiasma su trabajo; se ha resignado con solo veinticinco años. Y Jaime sabe todo lo que tiene que hacer y decir para crear una dependencia.

¿Qué importancia concedes a la amistad como contrapeso del control amoroso?

La amistad nos puede recordar cómo era nuestra vida fuera de esa relación. Nuestras amigas suelen ser las que nos advierten, nos sostienen y nos ayudan a dar cada paso después de salir de la catástrofe. Pero no podemos olvidar que no todas las personas logran conservar a sus amigas. Tenemos que tratar de cuidarnos y no exigirnos imposibles. Ellas también tienen derecho a estar mal, a enfadarse o a no poder más.

¿Qué reacciones esperas entre lectoras jóvenes y mayores que quizá hayan vivido este tipo de vínculos asimétricos?

Ojalá entiendan que no tienen la culpa de lo que les ha ocurrido o de lo que les está pasando. Ojalá se sientan apoyadas, escuchadas y aliviadas. Debemos cambiar el foco: el problema no eres tú, el problema es quien se está aprovechando de tu vulnerabilidad para hacerte tanto daño.

¿Qué autoras y lecturas te han acompañado durante la escritura de tu libro?

En la casa de los sueños de Carmen María Machado, Dos o tres cosas que tengo claras y Bastarda de Dorothy Allison, Podrías hacer de esto algo bonito de Maggie Smith y todas las poetas que me acompañan desde hace muchos años.

 

 

Meses después de la muerte de su padre y recién graduada, Marina conoce a Jaime, un hombre veinte años mayor que ella que irrumpe en su vida colmándola de atenciones y planes. En poco tiempo, su día a día da un vuelco: pasa de compartir piso con su mejor amiga Diana, de ir a conciertos y de salir de fiesta a instalarse en el cómodo apartamento de Jaime y cenar cada fin de semana en los mejores restaurantes.

Deslumbrada por la sofisticada vida adulta y el encanto de Jaime, quien también se gana a su familia, Marina se ve sumergida por completo en su mundo, comenzando a olvidar lo que la definía.

Con una prosa que oscila entre la delicadeza lírica y la crudeza visceral, Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, explora qué significa ser joven, madurar y construirse una identidad. Una novela sobre las distintas caras del amor y los espejismos de las relaciones desiguales, las dificultades del duelo y la amistad como refugio.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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