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MARIO GARCÍA-ATUCHA Y LA FILOSOFÍA DE BLAS DE UMBE

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En Blas de Umbe (Pre-Textos, 2025), el músico y escritor Mario García-Atucha (Bilbao, 1998) construye una novela que avanza desde un gesto aparentemente sencillo —poner a un perro a narrar su vida— hacia un territorio mucho más ambicioso: el de pensar la condición humana desde su frontera más cercana, la animalidad. Blas llega siendo apenas un cachorro a uno de los chalets de Umbe-Mendi, un barrio de caseríos de madera levantados en la ladera de un monte. A partir de ese momento, la novela sigue su existencia a lo largo de los años, mientras observa —con una mezcla de intuición, afecto y desconcierto— la vida de la familia que lo adopta.

La casa, el jardín, los paseos por el monte o por la costa se convierten en escenarios recurrentes de una narración que avanza al ritmo del tiempo doméstico. Los niños crecen, los adultos cambian, los cuerpos envejecen y las relaciones se transforman, mientras Blas permanece como testigo cercano de esa vida compartida. La novela está organizada en tres grandes movimientos —juventud, madurez y vejez— que acompañan tanto el recorrido del propio Blas como el de quienes lo rodean.

Lejos de ser un simple recurso narrativo, la elección de un perro como narrador introduce una pregunta que atraviesa el libro: qué significa ser humano cuando se observa la vida desde la frontera entre lo animal y lo cultural. Blas percibe antes de comprender, siente antes de nombrar, y desde esa posición limitada —solo en apariencia— y profundamente sensible, el relato explora cuestiones que van desde el deseo y la admiración hasta la enfermedad, la pérdida y el paso del tiempo.

En ese sentido, Blas de Umbe funciona también como una reflexión sobre los límites: los del lenguaje, los de la identidad y los de la propia vida. Bajo la apariencia de una historia familiar, la novela propone una mirada que combina observación cotidiana y ambición filosófica, preguntándose qué queda de nosotros cuando el misterio de vivir se reduce, finalmente, a la experiencia del cuerpo y del tiempo.

 

¿Cómo ha sido el proceso de escritura?

Ha sido un proceso que ha durado cuatro años, que ha pasado por distintas fases, pero caracterizado por una constante: la total claridad en la imagen o idea poética que quería transmitir, así como el medio para hacerlo. Fue una especie de revelación que tuve en Umbe al principio, tal y como cuento en el epílogo. La noche de ese mismo día ya sabía lo que quería hacer: servirme del animal más domesticado de todos —el perro— para hablar de nuestra animalidad y de nuestro deseo tan contradictorio de trascender. Usando un simple perro, ya se sabe desde el comienzo que esa trascendencia es imposible, hasta irrisoria. Esto era clave.

Blas de Umbe se abre con una frase muy clara: «Yo no me acuerdo de haber nacido». Desde ahí, la novela se construye desde una memoria parcial, corporal, no del todo consciente. ¿Qué te daba esa voz que no te daba una voz humana?

Me encanta que menciones algo como eso, es mirar muy fino. El libro, sin lugar a dudas, tiene varias premisas filosóficas y una de ellas es el materialismo. Sé que hay muchos tipos de materialismo, pero en este caso me refiero a aquel que entiende que todo pensamiento cultural complejo primero pasa por un proceso histórico y biológico y que esto ocurre a nivel individual también; comenzamos viviendo de una manera poco reflexiva y nos vamos descubriendo a nosotros mismos primero a través de nuestro propio cuerpo. El primer autoconocimiento, irónicamente, es el comienzo de la alienación, porque intentamos alcanzar a entender nuestro espíritu cuando, en realidad, no lo tenemos. Somos la frontera con otras cosas. Y esto es algo corporal, muy importante en el alma de esta narración.

Blas entiende antes el mundo que el lenguaje. ¿Te interesaba, quizá, explorar la idea de que la experiencia precede a la palabra?

Es justo lo que quería decir con la respuesta a la anterior pregunta. El lenguaje es un refinamiento referencial que acaba desbordando un uso práctico para alcanzar un plano abstracto, pero este plano abstracto —poético, religioso— no puede existir sin el primer momento del lenguaje más sencillo. Y ese primer momento está condicionado por la medida de nuestro cuerpo. Pienso, por ejemplo, cómo nuestro sistema numérico es decimal porque tenemos diez dedos. Y luego, cómo las ideas abstractas o más poéticas acaban siendo ejercicios de llevar al límite conceptos del día a día.

En el libro aparece varias veces la noción de “límite”: lo que Blas puede sentir, pero no decir. ¿La escritura también fue un ejercicio de contención?

Es esencial el límite, porque aspirando a la trascendencia, con lo que uno se encuentra es con que, a lo sumo, puede hacer referencia a una irreductibilidad. Por ejemplo, nuestra posición social o familiar nos determina para no poder ser o alcanzar ciertas cosas. Se me viene a la cabeza que en el libro Blas desarrolla una relación de admiración y “amor” por la amiga de su dueña. Esta relación no tiene sentido práctico alguno. Qué demonios: el hecho de que Blas sea un perro y aun así quiera ser “algo” más es eso mismo. Para mí, Blas quiere ser un hombre de la misma manera que nosotros queremos ser ángeles.

 

 

He concluido que mi gran problema deriva justamente de que me llamasen tantas veces guapo siendo aún pequeño. Sí, así debe de ser, porque creyéndome más que el resto gracias a tanto halago, debo de haber desarrollado durante toda mi vida un instinto megalómano, y eso no es más que un instinto creativo. Ese instinto a un hombre lo convierte en un infeliz, pero a un perro lo convierte directamente en una broma. El cuerpo me ha pedido ser mucho más de lo que soy, y en parte lo he conseguido, ya que me convertí en el perro más especial de Umbe.

 

 

El espacio doméstico tiene un peso muy fuerte en la historia. ¿Pensaste en el lugar como en un personaje más?

El espacio es un homenaje: es la casa de mi abuela en Umbe y yo quería homenajearla. Aun así, diría que es esencial que no haya demasiadas variaciones en el espacio. El libro quiere reiterar constantemente la idea filosófica que he tratado previamente en otras respuestas y, para ello, no puede haber grandes variaciones de lugar.

En la novela hay entusiasmo y cariño, pero también tensiones y silencios que Blas percibe sin entender del todo. ¿Te atraía una mirada algo ingenua sobre los conflictos de la adultez?

No. No es ingenua: es muy seria y muy real. La interpretación de la vida que hay en Blas de Umbe es muy negativa, en la que la trascendencia no es posible, en la que estamos destinados a la muerte y en la que nuestra individualidad ni siquiera es redonda o clara; somos el resultado errático de nuestros apetitos y de cómo el mundo nos ha hecho. Sin embargo, la propia familia es una materialización de un espíritu que sí parece que aguanta el embate temporal a pesar de la muerte, como dinámica cultural que se rige por unos valores límite o que se planta inconscientemente sobre ellos. Y además, es ante todo lo que yo mismo he visto: a mi Amama Puli, Paula Moreno Mínguez, como ejemplo de alguien que, a pesar de lo duro de la vida, siempre la miró desde la dulzura y la falta de cinismo. Se puede, si se quiere.

Al inicio, cuando Blas llega a la casa, Amama Paula es la última en coger a Blas y afirma: «Este perro es muy especial». ¿Qué te permitía que esa frase viniera de ella y no de otro personaje?

Es dos cosas: lo primero, que mi propia abuela daba importancia a los seres más débiles o secundarios. Lo segundo, que introduce desde el comienzo eso tan especial que caracteriza a Blas, como una premonición.

Más adelante, la estructura del libro la acompaña hasta la vejez. ¿Te parecía importante que todas las generaciones atravesaran el tiempo de la novela junto a Blas?

Hace poco le conté a alguien que al principio un escritor intenta buscar el realismo temporal siendo muy exquisito con las fechas, los tiempos y el encaje “coherente” de los años. Es un error: un ritmo literario puede ser realista sin ser coherente y viceversa. El libro necesitaba totalizar la vida de Blas y demostrar que, tras él, seguía la vida. Y para hacerlo, me he permitido muchos recursos.

A medida que avanza la novela, el cuerpo —humano y animal— empieza a fallar. ¿Fue difícil escribir el deterioro sin caer en lo sentimental?

La perspectiva para ello debía ser algo “estoica”, aunque ahora esté tan malograda o desprestigiada esta idea.

¿Eres consciente de la carga filosófica que has dibujado en el cuerpo y la mirada de un perro, del morro al rabo?

Me conmueve que hayas entendido tan bien la novela… De corazón.

Ahora que la novela está fuera y recibiendo los primeros feedbacks, ¿qué te gustaría que el lector se llevara consigo después de cerrar el libro?

Me gustaría que le conmoviera lo bien señalado que está el misterio.

 

 

«En este asombroso debut, Mario García-Atucha nos ofrece una novela ambiciosa pero de espíritu sencillo, más desnuda que compleja, llena de sensibilidad y de poesía, definitivamente buena y bonita en el sentido más noble. Y es literatura joven (que no juvenil), pero también es literatura de vocación eterna, casi épica, dada su concepción del mundo, del paisaje, de la familia y de las cosas cercanas e inmortales que, como dice hacia el final un personaje, uno «busca querer amar».

Por su calidad y, sobre todo, por su libertad, por su soberana y consciente manera de ir a su aire, esta es una de las óperas primas más sorprendentes y convincentes que han aparecido en los últimos años en la literatura española».

Juan Marqués

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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