Ayer tu padre me decía que había notado que el surco que conecta tu nariz con tu labio era más largo. Tu nariz era más grande y tu boca era ya la de una niña.
Te metes en la cama con una edad y te despiertas con una luna más. Tú lo estás sintiendo también. Te sorprende la longitud de tus brazos que ahora llegan donde antes no alcanzaban. Cuando eras un bebé, recuerdo medirte en segundos; pasaba la mano por todo tu cuerpo, desde el primer pelillo de tu cabeza aún blanda hasta la uña de tu dedo gordo de tu pie diminuto. Mediste 3 segundos, luego 5… Tus extremidades ya no están tan cerca las unas de las otras. Tu piel ya no está revuelta. Tus rodillas están definidas y te dejan correr tan rápido como puedes. Ahora ya te hago cosquillas en tu sobaquín como Patrick Swayze a Baby y tú te ríes. Un día veremos Dirty Dancing juntas. Miras mis tetas y bromeas diciendo que vas a beber de ellas. Fueron tu alimento durante dos años y medio mi vida. Ahora bebes a morro de las botellas de agua. Las abres tú sola y las bebes.
Yo no necesito tiempo sin ti, si te soy honesta. Dime si estoy volviéndome loca, pero siento que el mundo nunca encuentra el equilibrio, ni siquiera está la intención de buscarlo. Nos tambaleamos de un extremo a otro como el balancín del parque de al lado de casa. ¡Y lo bien que se está en el medio qué! Estás en equilibrio, miras a un lado, al otro, ves si te gusta, lo exploras, lo sientes y quizá decides si quieres inclinarte más hacia un lado. Tengo la sensación de que la coherencia está en el gris. Valoro a las madres que se “escapan” de su rutina para ocuparse de sí mismas es maravilloso. En contraste, advierto que el éxtasis está tan puesto ahí. Decir en alto “no necesito tiempo sin ti”, me hace experimentar incomodidad, sintiéndome como una madre intensa, acaparadora y/o dependiente. Necesito ratos a solas conmigo, con tu padre, con todo lo que me hace también feliz, pero no necesito esa escapada de nosotras.
Cuando digo que tu edad me da vértigo, es así. Verte crecer nos hace cumplir años a mí, a mi madre, a mi abuela… hace extenderse las generaciones y ¡madre mía!, se me llenan los ojos de lágrimas confundidas entre la alegría y un profundo desconsuelo. Me reconforta dormir contigo y sentir las grietas de tu grandeza al estirarse mientras soñamos. Amo que me cuentes que no te acuerdas de lo que has soñado al despertarte como si fuera la primera incógnita del día. Amo el olor de tu aliento en medio de las estrellas. Aprovecharé mi tiempo contigo, sea donde sea; es lo más grande que tenemos y quiero dedicártelo, dedicármelo. No pienses que es cuestión de culpa, a esa maldita, la tengo castigada en una esquina. Quiero el tiempo contigo porque ayer eras un bebé y hoy eres una niña, ¿me entiendes?






