SOCORRO VENEGAS: ESCRIBIR DESDE LA LENGUA QUE FALTA

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La escritora y editora mexicana Socorro Venegas escribe desde hace tiempo en un territorio que no termina de coincidir con los géneros. Ahí están sus novelas —La noche será negra y blanca, con el Premio Nacional de Novela Ópera Prima «Carlos Fuentes», o Vestido de novia— y sus libros de cuentos —de Todas las islas a La memoria donde ardía—, pero también un trabajo editorial que ha modificado el mapa de lectura en español: desde el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México impulsó Vindictas, una colección dedicada a recuperar a escritoras latinoamericanas que habían quedado fuera de la conversación. Esa doble condición —escribir y hacer espacio para que otras escriban— atraviesa también Leche de silencio (Páginas de Espuma, 2026), un libro difícil de etiquetar: ensayo que se vuelve autobiografía, memoria que roza la ficción, conversación entre madre e hija donde lo que está en juego no es solo una lengua que no se heredó, sino la forma en que esa ausencia ha modelado el cuerpo, el vínculo y la mirada. Desde sus primeras páginas —«No estoy preguntando si mis recuerdos son verdaderos…»—, el texto avanza como quien construye un refugio con lo que tiene a mano: fragmentos, preguntas, restos. Y es en ese gesto íntimo donde se cuela la necesaria denuncia política del silencio.

En el prólogo de tu libro prometes algo que cumples al definirlo como “lhíbrido”. ¿Qué significa para ti ese término y qué te permitió esa forma de trenzar géneros que una novela clásica no te habría permitido?

Lo primero que quise escribir fue un ensayo. Tenía muy claro que quería explorar la situación de las lenguas originarias hoy. Me conmovía mucho algo que recordaba de mi maestro, el escritor Carlos Montemayor: que el indio que se valora es el que está en los museos, pero al de carne y hueso se le desprecia y se le quiere eliminar. Investigando me di cuenta de que no se quería eliminar las lenguas originarias, sino a los indígenas. Esa es la realidad que está detrás de la desaparición de las lenguas, de este lingüicidio al que me refiero en el libro.

Empecé a escribir pensando que sería más sencillo porque no era ficción, pero el libro se fue moviendo. Dejaba de ser ensayo y se volvía autobiografía, autobiografía de mi madre, memorias, y algo que descubrí leyendo a María Zambrano: la confesión, ese momento en que la vida y la verdad se encuentran. La experiencia de conversar con mi madre desbordó cualquier género, nunca me ha interesado ponerle una etiqueta. Soy una escritora explorándose, buscándose, y buscando también a su madre.

Leche de silencio nace de una pregunta muy concreta: «¿por qué no hablo la lengua de mi madre?». ¿Qué te ha transformado más: hacerte la pregunta o intentar responderla?

En estas páginas mi madre y yo nos movimos de lugar. La transformación más importante fue mi disposición a querer entender su lengua, a hacer preguntas que nunca le había hecho. Empecé a imaginar cómo sería hablarla. Y también reconocí algo con mucha honestidad: nunca di un paso hacia allá, hacia querer aprender, aunque hoy existen cursos para aprender náhuatl y yo nunca he ido a inscribirme.

Me fui dando cuenta de algo cuando ella empezó a darme pequeñas lecciones de náhuatl; nunca lo había hecho. Decía algunas palabras, hacía una pausa esperando que yo repitiera, y me explicaba qué significaban. Eso ocurrió gracias a este libro, a que empezamos a conversar, a que ella vio por primera vez un interés genuino de mi parte.

Ahí entendí otra cosa: que había una distancia entre nosotras hecha de mi desconocimiento de su lengua. No poder tener una conversación en náhuatl ha sido un elemento de distancia que no reconocíamos, pero que sí sentíamos. Donde más lo percibí fue con mi abuela materna. Para ella era muy claro: yo era otra cosa, no me hablaba igual que a sus otros nietos. Este libro ha sido una oportunidad de hacer un zurcido, de acortar esa distancia. Un zurcido hecho de lenguaje, de una manera de decirle a alguien que lo amas: «quiero saber tu lengua». Y, en su caso, «quiero enseñarte la mía».

Cuando no heredas la lengua, heredas una ausencia. Sin embargo, en el libro hay una decisión muy clara: tu madre es una mujer con nombre propio: Elia. ¿Por qué?

Quería ver a Elia como una mujer. Necesitaba esa confianza para que me hablara. A veces hay cosas que una madre no puede decirle a un hijo, y yo quería evitar esa barrera. Quería reconocerle una existencia más allá del vínculo. Creo que ella lo entendió y tuvo la generosidad de dejarse ver.

Por eso casi siempre es Elia, no mamá. Solo la llamo mamá en momentos muy centrales. Con las otras mujeres no necesitaba ese desplazamiento. Pero con mi madre sí: la tenía tan cerca que no la veía.

El libro señala una violencia estructural —de lengua, de clase, de origen— pero no se convierte en consigna. ¿Cómo se escribe lo político sin que la escritura se vuelva previsible?

Esa es la parte que tiene más registro ensayístico. Sentía que había momentos indispensables en los que tenía que dejar claro que esto no es ficción, que los datos son verificables. Si persiste este racismo, esta discriminación, las lenguas van a seguir desapareciendo. No deberíamos normalizarlo.

También necesitaba traer otras voces, otras experiencias, mostrar cómo otras personas han vivido el paso de una lengua a otra. Hay un contraste muy claro: Elia no tuvo la oportunidad de decidir si quería hablar en náhuatl o en español. Se vio obligada por un mundo que no le iba a responder en náhuatl, que la iba a confinar por toda la carga racista que implicaba.

Hay una frase que condensa mucho: «De Elia aprendí a ocultar la raíz; me negó su lengua porque no quería que me doliera el origen».

Esa era su manera de proteger. Para mí era importante no idealizarla, verla también en sus claroscuros. Así como supo protegerme al no enseñarme su lengua, también reconozco que en otros momentos no tenía tan claro qué quería para mí. Yo muchas veces sentí que me equivocaba, que no era la hija que esperaba. En el libro digo: «soy la inesperada».

Ahora hay una reconciliación. No solo acepta que soy escritora, sino que ha escrito conmigo este libro.

Cuando escribes desde la memoria, ¿en qué momento dejas de recordar y empiezas a intervenir?

No sabría decir en qué momento paso de un estado a otro. Recurro a la memoria como experiencia vital, pero no descarto que haya recuerdos que existen porque los he necesitado. No me interesa verificar si algo ocurrió o no ocurrió. Y no creo que eso le reste verdad.

No siento que pase de fuera a dentro. Es como nadar siempre en esas aguas. Igual que con los géneros: no me interesa establecer límites.

Al final de tu libro aparece una imagen muy concreta cuando dices que «escribir es como poner una flor por última vez en el pecho de un amado.» Para hacer ese gesto, algo hay que soltar. ¿Qué has tenido que aceptar?

Sí. Es un reconocimiento: te he contado esta historia y me puedo despedir. No es la primera vez que me pasa. En Ceniza roja, que es un diario de duelo, ocurrió algo parecido. Para poder hacer un cierre, el único mecanismo que conozco es contar una historia.

Este libro se escribe para alguien a quien has querido y de quien tienes que despedirte. Tiene que ver con la muerte de mi hermano. Cuando éramos niños, nunca pensamos que no volvería. Cuando se iba al hospital, creíamos que regresaría como siempre. Yo creo que no nos despedimos. En ese momento no había nadie que te preguntara si habías podido despedirte. Y era importante.

En el libro también aparece la infancia como lugar donde todo empieza.

Este es un libro que tiene varias capas, y que una de esas capas tiene que ver con lo que es para un niño, una niña, la niña que yo fui, enfrentar la muerte, conocerla. Yo digo que ahí se acaba la infancia. Me empeñé en acompañar a mi padre a un funeral y me tocó ver a la mejor amiga de mi hermano muerta y saber que se podía morir. Me fascina el mundo de los niños; literariamente es una exploración también de mi literatura, porque yo creo que esas experiencias que ocurren en la infancia no terminan de crecer en uno. Siguen allí, se quedan, hay algo larvado que ahí se queda y que para mí sale en la escritura.

 

 

¿Por qué yo no hablo la lengua de mi madre? Con esa pregunta, realizada desde la memoria enraizada en el silencio, Socorro Venegas construye una revolución atravesada por la dignidad de una vida en los márgenes, la revaloración de las lenguas originarias, el diálogo colectivo del duelo, la infancia como territorio trágico y el misterio de las maternidades.

En estas páginas mestizas que oscilan entre la memoria poética, el ensayo inestable, la autobiografía imaginaria, la novela sin ficción, la autora se apropia de un río de voces, de testimonios forjados a sangre y fuego, de un dolor que es lengua que no siempre se articula para escucharse. Sus páginas elevan una épica íntima, una belleza imborrable, una meditación social y política, una resistencia de nuestras ancestras desde hace más de quinientos años. Las mujeres de este libro aman y resisten, se equivocan y, en sus silencios, cargan secretos de los que no se sienten orgullosas: están vivas. Sus palabras son un abrazo.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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