© Jairo Vargas Martín

LARA MORENO: “EL AMOR SÍ ES UNA COSA TANGIBLE”

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Me sucede una cosa con la escritura de Lara Moreno (Sevilla, 1978), y es que, además de leerla, la escucho. Cuando leo sus relatos, indefectiblemente, escucho su voz. Esto, que habitualmente me sucede cuando leo su poesía, me ha pasado de nuevo durante la lectura de Ningún amor está vivo en el recuerdo (Lumen, 2025), un libro en el que Lara traza una cartografía emocional hecha de relatos mínimos y temblores profundos. Estas historias no tienen giros efectistas ni explosiones narrativas: lo que escribe es lo que el silencio contiene. Ningún amor está vivo en el recuerdo reúne textos escritos entre 2008 y 2024: relatos perdidos en revistas, cuentos que nunca llegaron al papel y otros nuevos que nacieron como respuesta o continuación de los anteriores. Lejos de ser una antología dispersa, entre sus relatos no deja de darse la conversación. Un hilo invisible atraviesa cada historia: el desamor, la pérdida, el cuerpo, la tensión de lo cotidiano. Y aunque el título pueda engañar, no es un libro sobre el amor; más bien, trata sobre lo que queda cuando el amor se va en una conversación que puede ser eterna porque está habitada por todas las cuitas de lo cotidiano.

En esta entrevista, hablamos con Lara sobre territorios interiores, sobre la memoria de los cuerpos y sobre ese punto exacto donde la literatura toca lo vivido. Porque eso hacen sus relatos: rozar la vida con una precisión que, a veces, asusta y otras, arropa.

Cuando leo el título: Ningún amor está vivo en el recuerdo, me da por pensar que es al contrario. Que en el recuerdo, el amor sigue vivo porque no toca la tierra. Pero luego leo el primer relato y digo: «Ah, pues mira, Lara tenía razón». ¿Cómo es eso? Porque creo que no soy la única que piensa que tener algo idealizado, en mente, es una forma de mantenerlo vivo.

La intención de sacar esta frase del relato y ponerla en el título era precisamente plantear esa reflexión, que parece contradictoria. En el relato, efectivamente, nos damos cuenta de que no lo es. Estoy echando tierra, por supuesto, sobre el amor romántico y todo esto que ya llevamos tiempo desmontando de muchas maneras, pero también es un alivio, no pasa nada. Quiero decir: cuando el amor está vivo, está vivo en la realidad. Y cuando solo está en el recuerdo, ya no está vivo. El amor sí es una cosa tangible.

Has hecho una conjunción de relatos escritos desde 2008 hasta ahora. ¿Qué te hizo mirar atrás y unir esta nueva producción a esos cuentos anteriores?

En realidad fue al revés: primero vino la idea de recopilar lo anterior: relatos publicados, inencontrables o incluidos en antologías que al final, tristemente, se pierden. Esta idea estaba incluso antes de La ciudad, mi anterior libro. Entonces, la idea era, simplemente, recopilar lo que mereciera la pena y pudiera dialogar con mis últimos libros. Pero con el tiempo, y con la ayuda de mi editora, Carolina Reoyo, lo que iba a ser solo dos o tres inéditos, cada vez más se iban cayendo los antiguos y subiendo los nuevos. Me di cuenta de que podía haber un hilo conductor muy particular, una conversación entre estos relatos. Algunos relatos que originalmente iba a incluir se quedaron fuera porque no entraban en esa conversación. Y no escribí más nuevos porque teníamos que cerrar el libro, si no, habría seguido escribiendo.

Es un poco como el amor que, de repente, crece de forma exponencial.

Exacto. Pero tampoco son relatos de amor; el título puede confundir.

Si algo atraviesa estos relatos, ciertamente, no es solo el amor; también el desamor, el duelo, el cuerpo. Nunca nos cansamos de hablar de esto: de desamor, de relaciones familiares… 

En los relatos, aunque solo nos asomemos un poquito a las cosas, el trazo es breve, pero trata grandes temas. En estos relatos se habla de la soledad, de la muerte, de la enfermedad, del miedo, de cómo nos relacionamos con nuestra familia, amigos, desde la infancia hasta la vida adulta. Son grandes temas en lo cotidiano, por eso podemos estar toda la vida hablando de ello.

¿Hay algún lenguaje en el que te sientas más cómoda? Escribes poesía, novela, relato…

Son géneros muy diferentes, y también podría meter ahí, incluso, el artículo de opinión, que a veces también parte del yo. Como género, son tan particulares que requieren cosas distintas. La novela exige arquitectura y logística, pero dentro de la novela hay momentos de gracia, de enajenación, que aparecen muy de vez en cuando. En el relato, eso tiene que aparecer siempre. Y el poema es solo eso. Entonces, me siento cómoda cuando llego a ese lugar, que está en todas partes.

En este libro hay territorios: habitaciones, casas, pero también geografías más amplias. Pienso en Melilla, por ejemplo, donde el territorio se vuelve una amenaza. ¿Cómo construyes esos territorios?

En realidad, si como tú bien dices, asociamos el territorio a la amenaza, es porque el relato lo permite de forma metafórica y rápida —en la novela tendríamos que desarrollar esto con todo el fragor de lo prosaico—. El relato de Melilla, uno de los más largos, ahora lo veo como un relato sobre la blanquitud, también sobre la ansiedad. La protagonista es joven, está perdida en un engaño, con una identidad en ese momento que está asociada a una farsa que viene desde otro lugar; en este caso, además, de un tipo mayor. Entonces, en ese momento de pérdida, va a encontrarse a Melilla y se enfrenta a sí misma, con su ansiedad y con su blanquitud.

Yo no he estado en Melilla; tuve que documentarme mucho para escribir, intentar hacerme un mapa de la ciudad, no solo de la parte más geográfica, sino cómo funciona esa frontera, cómo se respira allí. Pero al final, lo importante de ese relato no es el mapa, sino ese momento en que ella huye de un chaval que la lleva a un sitio desconocido, la agarra del brazo y la insulta, y se produce ese pequeño grito. Ese espacio no es Melilla: es ella, esa pérdida, ese grito. Está también leyendo a Margaret Atwood, en la niña que se hace pis pegada a una puerta o en este pueblo donde está una madre con su bebé recién nacida, con un bebé al que no encuentra. El relato permite atravesar grandes territorios para llegar siempre al mismo grito de soledad y pánico que siempre tiene el mismo tamaño.

Hay un relato muy impactante, el de la rata, en el que cunde el silencio. No se cuenta algo con claridad: no es una ventana por la que entre el sol, sino que cuentas desde una ventana cerrada.

Es un relato duro que me ocurrió de verdad. Fue en casa de mi chico. No vivía allí, pero encontré una rata en el portal y, al cerrar la puerta, la maté. En el relato aparece ya muerta porque la editora me dijo que no era verosímil, pero fue así. Es un relato de silencio, de desencuentro entre dos personas a punto de tomar una decisión unilateral que va a separarlos por completo, están en un abismo total. Cuando destrocé el cráneo de la rata, yo viví ese momento embarazada, y aborté. La rata fue un símbolo de toda esa duda, de ese rechazo; todo era amenaza. Todo lo que ve, lo ve distorsionado, en pánico, con rechazo. El paisaje entero se levanta con una rata.

Hay mucho padecimiento en los cuerpos que narras. Cuerpos atravesados por la tensión, el miedo, el rechazo… ¿Querías hablar de eso?

En comparación con La ciudad, este libro es una gozadera —risas—, pero siempre digo que no es la alegría de la huerta. He disfrutado muchísimo escribiéndolo y durante el proceso de edición. Ha sido un proceso gozoso, aunque sea una sucesión de terrores.

Y los cuerpos: El cuerpo de esa mujer narrada por su expareja: con una chaqueta, fría, insegura, con toda la fragilidad, la carta de lo cotidiano, el peso del miedo a no estar en el lugar correcto. El cuerpo de la mujer en el osteópata, cuando la llama su madre y recibe una llamada que lo transforma todo. Son cuerpos atravesados por la tensión, el miedo, la incertidumbre. No son cuerpos tan machacados como los de La ciudad, pero sí extrañados, tensos. Todos esos grandes temas de los que hablábamos están atravesando nuestra espina dorsal.

Ya para terminar: ¿hay algo que nunca te preguntan y que te gustaría que se preguntase?

Cada vez menos se pregunta por el proceso de escritura, sobre el oficio en sí. Ahora hay mucho foco en lo temático, lo social, lo político, lo testimonial, lo que está ocurriendo afuera. Pero esa parte del oficio, que es muy íntima, también da mucha información sobre los textos. Es cierto que no queda bien en titulares, pero para quienes escribimos es muy importante. Habla de cómo habitamos la escritura.

 

lara moreno

 

Una mujer se reencuentra con un antiguo amante, pero entre ellos solo queda un profundo vacío. Otra siente que la soledad le aprieta el cuello una noche en Melilla. Una familia debe abandonar su casa de madrugada para no morir en un incendio. Un asesino contiene su perversidad el día de su cumpleaños. Un hombre imagina a su exmujer afrontando la cotidianidad sin él. Una pareja se enfrenta a una decisión que dinamitará su amor mientras una rata corretea por el portal de su casa. Dos vecinos conviven con la incomunicación y los prejuicios durante años.

En estos relatos, gran parte de ellos inéditos, Lara Moreno aborda con sutileza los ángulos escondidos de las relaciones humanas y los temibles silencios que con frecuencia las atraviesan.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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