© Victoria Gabaldón

Querida mamá:

Mañana es tu cumpleaños y, sin embargo, el calendario no sabe qué hacer con nosotras. Miro el día; lo marco con un corazoncito. Vuelvo a cada 27 de abril como si el tiempo siguiera siendo una línea recta y no esta grieta en la que vivo desde que te fuiste, hace casi seis años.

Son ya demasiados años pensando que avanzo a poquitos y volviendo atrás, descendiendo la escalera, deshaciendo lo andado, viendo cómo los avances se convierten en retrocesos. Un psiquiatra llamó a este proceso mío “duelo patológico”. Mi miedo absoluto a morir y a enfermar también tiene nombre y está escrito en mi expediente médico: nosofobia. Desde que papá se fue en 2019 y mucho más desde que tú te fuiste en 2020, convivo con la posibilidad de la muerte. Si tengo que hacerme una ecografía, paso dos semanas augurando la peor de las noticias posibles. Cuando me levanto de la camilla, me tiemblan las piernas. Es como si la vida hubiese aprendido a crujir siempre en el mismo sitio. Con vosotros vivos yo me sentía inmortal, como si vuestra existencia hiciera de suelo firme y seguro para mi caminar. Desde que no estáis, la muerte se ha vuelto concreta, íntima, insoportable a ratos.

Y, en medio de todo, la vida. Una hija y un hijo. Dos seres que dependen de mí para todo lo importante. Cuando siento que no puedo con todo y quiero apagarme un ratito, los miro y pienso que no puedo fallarles, que no puedo desaparecer, que tengo que quedarme y sostener esto aunque no siempre sepa cómo hacerlo. Siento que no tengo defensa como madre desde que no estás. Sigo necesitando escuchar de tu boca, como antes, que soy una buena madre. Sabías, porque lo habías sufrido a mi lado, que he criado a mi hija en soledad. Que nunca he tenido una buena relación con su padre desde que nos separamos cuando ella tenía ocho meses. Que nos comunicamos lo justo y lo necesario, y que nunca ha sido fácil.

Lo que nunca esperaba decirte es que creo que estoy empezando a salir de tu muerte. Y no ha sido por el tiempo, ni por la terapia, ni por una comprensión repentina de la vida: ha sido por otro duelo. Tú no lo sabes, pero me separé hace algunos meses después de trece años de relación. Casi un tercio de mi vida. Más de la mitad de mi vida adulta. Una vida entera, si lo pienso despacio. Y desde entonces, me veo inmersa en una tristeza que tiene otra textura, otro ritmo y otra manera de ser. Quizá sea por eso que tu pérdida, que durante años lo ha ocupado todo, ha salido de plano. No porque me importe menos, ni porque esté resuelta —no lo está—, sino porque ahora hay otra herida que reclama el espacio. Una herida más concreta, cotidiana y, sobre todo, más visible.

Me siento culpable al escribir esto. Siento como si, al dolerme tanto esta otra cosa, te estuviera soltando a ti. Como si al no ocupar tú el centro de mi dolor, te estuviera traicionando. Pero también siento algo de alivio al reconocer que quizá no era que no supiera vivir sin ti, sino que estaba atrapada en el momento exacto en que te perdí y en todo lo que se perdió contigo. Ya no eres mi obsesión y, en parte, aunque no lo sepa explicar bien, siento que este otro duelo era justo lo que necesitaba para salir del estancamiento y del miedo en el que estaba inmersa.

Es abril y sigo en duelo, pero ya no es solo tuyo. Ahora es una superposición rara de pérdidas: tú, papá, la vida que imaginé y que ya no está. Y, sin embargo, entre todo eso, hay días en los que soy muy feliz con lo que queda, con quien se queda, con quien recién llega y con lo que empieza en nuestra vida siendo tres. No sé si esto es salir; no sé si hay una salida como tal, pero creo que estoy entendiendo que el dolor ya no es una sola cosa inmensa e inabarcable, sino varias capas entre las que me abro camino y que cada vez me resultan menos áridas y más respirables.

Mañana es tu cumpleaños. Como todos los años, lo voy a celebrar. He quedado con una amiga para desayunar. Voy a comprarte flores en la plaza de Tirso de Molina —ya han llegado las primeras peonías coral—. Tomaré un aperitivo con un amigo cuya hermana comparte cumpleaños contigo y que, por desgracia, ya tampoco está. Brindaremos por vosotras. Compraremos una tarta y soplaremos las velas los niños y yo. Seguiré escribiendo. Escribiéndote. Seguiré haciendo nuestra revista. Cuando me vaya a la cama, desearé muy fuerte que te cueles en mis sueños, que me abraces y me digas lo que tanto necesito escuchar. Que, aunque a veces no apruebes mis métodos, sabes que lo estoy haciendo lo mejor que sé y puedo.

Mamá, que seamos muy felices en tu día y en todos los que vendrán.

Escrito por:

Etiquetas:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel