Durante más de cuarenta años, el psicoanalista Stephen Grosz (Indiana, Estados Unidos, 1952) ha escuchado cómo el amor se cuenta, se deforma y, a veces, se rompe en la consulta. En su último libro, Trabajos de amor (Debate, 2026), Grosz convierte esas conversaciones en un mapa preciso y nada complaciente de nuestras relaciones: historias de personas que no logran conectar del todo, que caminan en círculos queriendo avanzar —y no lo consiguen—, que confunden cuidado con miedo o deseo con refugio.
Es una mañana soleada de marzo en Madrid y Grosz encadena entrevistas en la sede de su editorial acompañado de una intérprete. Tiene las manos grandes, el cuerpo grande, la sonrisa amplia. La silla se le queda pequeña. Espero mi turno —vamos con retraso— y enseguida entiendo por qué: Grosz no responde, se queda a charlar. Escucha, piensa, se toma su tiempo al responder. Cuando por fin me siento frente a él, soy consciente de que esto no es solo una entrevista de interés cultural. Ninguno de los periodistas que estamos aquí hemos venido solo a hacer nuestra pieza, hay algo más: una curiosidad menos disciplinada y más íntima, media hora de terapia sobrevenida, como si todos esperáramos que alguien nos descubra algo nuevo —o, al menos, más honesto— sobre ese territorio que seguimos llamando “amor” y que habitamos de manera insistente, casi tozuda, sin terminar de entenderlo del todo.
La primera pregunta que quiero hacerle, supongo, es tan fácil como difícil: ¿qué es el amor?
Como has leído el libro, ya sabrás que no considero que el amor sea un sentimiento. Lo que creo es que el amor es el trabajo que tenemos que hacer para vernos a nosotros mismos y a las personas a quienes amamos. Realmente me encanta la cita de Iris Murdoch que incluí en el prólogo; considero que ella es magnífica. Murdoch dice que «el amor es el descubrimiento de la realidad», «la dificilísima constatación de que algo distinto de uno mismo es real». Y me gusta también que el amor entre en el mundo tal como es, no como es nuestra fantasía o lo que tememos. El trabajo está en intentar vernos en los otros, de eso se trata el amor para mí. Y esto es lo que lo hace parecido al psicoanálisis. La vida debería tratarse de eso: de ver el mundo tal y como es.
Usted insiste en desmontar las ficciones con las que nos contamos el amor y quería saber cuál es la más peligrosa para usted porque parece la más convincente de todas.
Recordarás que, en el libro, hay una historia acerca de un hombre que se ve atrapado y no ve a su pareja. Disfruta con el placer de tener la razón, el de estar enfadado e indignado, de preguntarse cómo pudiste hacer esto y lo otro. Y yo creo que todos hacemos eso. Nos construimos un muro alrededor nuestro, no vemos a nuestra pareja al otro lado del muro y el muro es la idea que tenemos de ellos, no quiénes son de verdad. Y el renunciar a esa superioridad y admitir que quizá hemos cometido un error, que nos hemos equivocado, que no lo vimos bien y pedir disculpas es algo muy complicado de hacer para todos nosotros. Me incluyo a mí mismo y a todo el mundo que conozco. Hay que intentar salir de eso para poder ver a la otra persona.
Usted plantea que el amor no es una promesa sino una tarea. ¿En qué momento dejamos de vivir el amor como algo que nos sucede y empezamos de verdad a ejercer ese “trabajo del amor”?
Soy amigo de la poeta británica Wendy Cope —una poeta brillante— y ella, en muchas ocasiones, dice que la primera parte del amor es divertida, muy sexy y llena de ilusión, pero luego empieza la parte difícil y eso es realmente el amor. Y eso puede ocurrir por muchas razones, buenas y malas, y por eso se juntan las personas. Parte del libro piensa en ese momento.
Muchas de las historias sobre las que escribe muestran que realmente no sabemos qué deseamos. ¿Qué parte de nuestro deseo es la que más nos cuesta reconocer? Pienso, también, en cómo se construye el deseo desde las películas que vemos, los libros que leemos, las historias que escuchamos o las expectativas que tenemos, es decir, desde su vertiente cultural.
Es una pregunta muy profunda y moderna en el sentido de que nos engañamos a nosotros mismos acerca del amor: el quién, el qué, el dónde. Nos engañamos, pero al mismo tiempo tenemos el poder para deshacer algunas cosas con las que nos mentimos. No solos, algunas veces sí, otras veces no. El psicoanálisis puede resultar de ayuda en ese sentido porque empezamos a pensar. Una paciente mía, no hace mucho tiempo, pensó que estaba enamorada de un hombre. El hombre se marchó durante un mes y me di cuenta de que ella no le echaba de menos, no parecía que le echara de menos nada. Comencé a buscar dolor o infelicidad como pistas de cuánto le quería, y me pareció que le había elegido porque no necesitaba verle: lo que ella tenía era miedo a la intimidad. Entonces sí, creo que tienes razón: nos engañamos. Pero si empezamos a escuchar nuestros sentimientos, entonces podemos decir: espera un momento, quiero estar con esta persona o estoy eligiendo a esta otra por alguna razón.
No dejo de observar, en mi entorno más próximo, que la infelicidad aparece como un lugar “seguro”. ¿Qué tiene de tranquilizador permanecer en una forma de amor que nos hace daño? ¿Por qué no sabemos salir de ahí?
Es una pregunta muy importante porque está en el límite de las habilidades de un psicoanalista. Y es muy interesante porque, por supuesto, la gente crece en familias donde puede haber mucha infelicidad y crece conociendo esa infelicidad. Quizás resulte que esa infelicidad es más familiar que el placer para esas personas y, como están familiarizadas con ello, lo ven como algo más seguro que el placer o la felicidad. Yo eso no lo voy a poder saber desde el principio, porque la gran mayoría de las personas vienen a mi consulta porque son infelices y quieren ayuda para cambiar, y eso es genial porque la infelicidad es mi aliada. La infelicidad me ayuda porque motiva al paciente a venir, a hablar y a trabajar sobre ella. Y a lo largo del tiempo, quizá vayan notando que mejoran, que son felices, pero luego recaen en ese sufrimiento.
Quizá la gente crezca en familias donde hay un sufrimiento competitivo. Por ejemplo, con una madre que diga: «Yo sufro muchísimo por culpa de tu padre, no tienes ni idea de lo que sufro». Pasa con trastornos como la anorexia: hay muchísimas cosas que las personas pueden hacer para aliarse con el sufrimiento. Hace poco escribí sobre esto en un artículo en The New York Times que recomiendo mucho leer —y que puedes leer aquí—.
También hay relaciones en este libro en las que el cuidado o la entrega esconden un miedo al abandono, algo muy común en nuestras relaciones contemporáneas. ¿Cómo es posible romper ese patrón sin dejar de amar?
En el libro menciono a un colega mío, el doctor Glasser, que tiene una teoría, la del Core Complex, que es exactamente lo que tú estás diciendo. Tenemos miedo de que nos abandonen si nos alejamos. Y por otro lado, si nos acercamos demasiado, tenemos miedo de someternos y perder nuestra identidad. El problema está en que somos humanos y nunca acertamos. Quizá mi mujer me llama mucho por teléfono o no me llama lo suficiente. Quizá no descuelgue el teléfono cuando yo quiero hablar con ella o esté llamándome y no quiero que me llame en ese momento. No hay ninguna solución ahí, solo intentar hablar de ello. Intentamos encontrar una manera de hacer que funcione con las personas a las que amamos. Es parte del ser humano.
Repetimos, quizá sin ser conscientes, ciertas formas de amar, lo que hemos visto en nuestras casas. De alguna manera, tendemos a reproducir vínculos. Cuando crecemos, podemos pensar que el vínculo que reproducimos no es el adecuado. ¿Qué margen real tenemos para no reproducir con nuestros hijos aquello que hemos vivido, recibido, aprendido o dado como válido, pero que no lo es?
Lo único que podemos hacer es leer, pensar y hablar con las personas que amamos; ellas nos dicen cosas de nosotros. Si estás en terapia, tu terapeuta te va a ayudar con eso. Cuando nacemos, llegamos al mundo siendo totalmente inútiles. Nuestra primera relación es una relación de desigualdad. Muchas personas vienen a mi consulta diciendo que quieren una relación equitativa, pero lo que ellos conocieron de niños fue una gran desigualdad. Pero incluso eso puede invertirse porque el bebé puede aprender a dominar a la madre llorando, haciendo que la madre esté ahí, sirviéndole, y la madre piensa que tiene que hacer todo lo que quiere el bebé para que no llore. Ahí existe una relación de poder. Eso funciona en las parejas también. La gente viene a terapia no simplemente porque todo sea repetición, sino porque quiere que todo sea nuevo. Quiere amar de forma distinta y está dispuesta a probar lo que sea para liberarse de lo de antes.
¿Existe alguna manera de dar por terminado “el trabajo del amor”, es decir, de separarse o divorciarse de buena manera, evitando los estragos que causa en nosotros amar tanto a alguien para, más tarde, odiar tanto?
Hay un capítulo en mi libro, Conexiones, en el que cuento que estoy cenando con dos psicoanalistas y sus parejas; yo estaba soltero. Yo tenía 40 años y ellos tenían unos 50 y me encantaban sus matrimonios, me parecían estupendos. Ellos me conocían y me veían con una novia, luego rompiendo con ella, luego con otra… y una de ellas me preguntó qué buscaba en mi futura esposa. Yo le contesté: «Alguien que se porte bien en un divorcio. Quiero a alguien que, en la peor situación posible, sea la mejor persona posible: justa y bondadosa». Ese es uno de los mejores criterios para encontrar pareja. Elige a una persona que sea buena y que, cuando te la imagines en vuestro divorcio, sepas que va a actuar bien. Escuché este consejo de otra persona y creo que es un consejo muy sabio. Ese es el único consejo que te puedo dar.

Basándose en más de cuarenta años de conversaciones sinceras y sorprendentes con sus pacientes, el célebre psicoanalista Stephen Grosz se pregunta: ¿qué nos impide enamorarnos? ¿Y qué debemos hacer para permanecer enamorados?
En estas breves pero impactantes historias reales, el autor nos adentra en la vida de personas que no logran conectar plenamente con sus parejas, cónyuges, padres o amigos. Con paciencia y empatía, Grosz ayuda a cada paciente a trazar un mapa de su mundo interior para descubrir los miedos y deseos inconscientes que sabotean sus relaciones. Un hombre cuida obsesivamente a todo aquel que le rodea, con la esperanza de evitar que lo abandonen; otro se retrae del mundo, incapaz de vivir plenamente hasta que logra afrontar un trágico romance; el adulterio y la traición separan a dos matrimonios amigos, pero el amor persiste entre ellos de manera sorprendente. Cada uno trabaja con Grosz para descifrar el lenguaje de su corazón y aprende a entregarse a la difícil realidad de conectar verdaderamente con otra persona.
Más que simples historias clínicas, estos encuentros de sufrimiento cotidiano —y tremendo alivio—, hábilmente representados, son breves testimonios reales, marcados por la profunda comprensión de Grosz de la condición humana y de los obstáculos que enfrentan en el camino hacia la verdadera conexión.






