EL AMOR NUNCA FUE SOLO AMOR

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Voltaire decía: «El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón». Tres siglos después, este aforismo sigue teniendo el mismo sentido y credibilidad. Y es que, aunque las civilizaciones hayan evolucionado y algunas creencias se hayan transformado o incluso se hayan añadido nuevas, el amor parece ser un sentimiento perenne a lo largo de los siglos. Parece que dentro del amor de pareja o pasional se desvelan diferentes descripciones y representaciones del mismo. Y, aunque a nivel fisiológico y emocional, el amor, desde los inicios literarios y artísticos de los que tenemos constancia, desvela una amplia gama de sentimientos y emociones como la pasión, la euforia, la calma, la confianza, el cuidado, la ansiedad, los celos, el miedo, la admiración o la traición, entre otros, sí que se han observado ciertas evoluciones o distinciones a nivel sociocultural del constructo de pareja.

Si nos remontamos al Antiguo Egipto, podemos observar que el amor y la pareja no se diferenciaban mucho del concepto actual. Normalmente, se basaban en la convivencia, la estabilidad emocional y el amor romántico. Las mujeres egipcias gozaban de gran independencia, manteniendo sus bienes y gestionando sus propiedades, y tenían derecho al divorcio; el matrimonio se formalizaba mediante el consentimiento de ambas partes. Para los egipcios, el sexo era un elemento básico de la vida; por lo tanto, no era algo que hubiera que evitar o de lo que avergonzarse. Ya entonces, en el Imperio Nuevo, se hallaron poemas de deseos sexuales y románticos. Había un poema del Imperio Nuevo que decía: «No me dejas actuar con sensatez». Sin embargo, los matrimonios se podían disolver por varias razones, como la falta de hijos o el adulterio. Y esto no suponía ningún estigma social, ya que ambos podían reiniciar sus vidas con otras personas.

En la Antigua Grecia hay un giro exponencial: los matrimonios no ocurrían por amor, sino que eran una decisión social y financiera tomada por el padre de la mujer. En las clases altas se consideraba un medio para aumentar las finanzas y el estatus social de la familia. Un elemento fundamental era la dote como acuerdo matrimonial. Y si el hombre se quería separar, tan solo tenía que devolver la dote y la mujer volvía al padre. En cambio, la mujer lo tenía más difícil: debía presentar sus motivos frente a un magistrado y contar con la aprobación parental. La mujer debía permanecer en casa para evitar cualquier acusación de infidelidad. A diferencia de las atenienses, las espartanas gozaban de algo más de libertad, ya que sus maridos pasaban la mayor parte del tiempo en la guerra y, por tanto, ellas tenían que administrar las tierras y los trabajadores esclavos durante su ausencia.

El amor romántico fue muy tratado en este periodo desde la filosofía y la poesía. Como dato curioso, la creencia de las almas gemelas tiene sus raíces en El banquete de Platón. El amor romántico no se solía relacionar dentro del matrimonio, sino que se enfocaba mayormente en las relaciones homosexuales extramatrimoniales entre hombres. En contrapartida destaca Safo, poeta de la isla de Lesbos, en cuyos poemas y escritos exponía el amor que albergaba hacia otras mujeres y describía el amor como algo hermoso y doloroso. La sexualidad de las mujeres estaba rodeada de estigma y recelo, ya que su papel principal era concebir hijos. Para los hombres, en cambio, era socialmente aceptable tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, ya fuera con otros hombres, mujeres o jóvenes.

Damos un salto a la Edad Media, donde la Iglesia se convirtió en un pilar fundamental para cualquier Estado y sociedad. Los clérigos eran los consejeros morales que diferenciaban el bien del mal incluso en el espacio privado, las relaciones familiares y las prácticas sexuales. Su objetivo fue acabar con las malas praxis como el concubinato, el adulterio, el incesto y la homosexualidad para imponer el buen orden social. Los hombres eran, pues, los encargados de mantener a la familia y las mujeres de cuidar al esposo, los hijos y la casa. El sexo fuera del matrimonio era pecado y la mujer tenía que llegar doncella al matrimonio. Debía haber absentismo del goce o disfrute en las relaciones sexuales, ya que el acto coital tenía una finalidad reproductiva. En casos muy excepcionales, el matrimonio podía ser absuelto por el Papa, pero en sí era un vínculo indisoluble.

Paralelamente, en el sur de Francia aparecen relatos del “amor cortés”, en los que se relataba una pasión extramatrimonial y secreta entre un noble y una dama. Paradójicamente, el caballero se sometía a la dama tratándola como un ser superior. A finales del periodo, en España aparecieron los romanceros, en los que se narraban historias de amor, pasión y desventuras en todos los estratos sociales. Destacó Florencia Pinar, que ayudó a poner nombre a la sexualidad femenina y al amor.

En el Renacimiento y el Siglo de Oro, el matrimonio y las relaciones de pareja se vieron encorsetados con las mismas reglas que en la Edad Media. Pero el conocimiento pasó de los monasterios a las universidades y, aunque prohibidos, en los manuales médicos se recogieron técnicas anticonceptivas como el “coitus interruptus” u otras que favorecían el aborto. Apenas hubo cambios para la mujer, pero algunas pudieron recibir cultura superior y en Italia tuvieron mayor libertad, una libertad que incluía el sexo. Y aun habiendo un régimen eclesiástico muy controlador, proliferaron los afrodisíacos. Tanto en la escultura como en la pintura y la literatura se observa un destape del cuerpo. La visión renacentista pasa del amor divino al amor humano. Igualmente, la Inquisición vigilaba a los grupos conocidos como iluminados, frailes y monjas “dados a la lujuria y a otros placeres terrenales”. Como María de Cazalla, que mencionó que cuando practicaba el acto carnal con su marido «estaba más allegada a Dios que si estuviese en la más alta oración del mundo». En ese periodo, para la Iglesia, la lujuria y la brujería estaban ligadas de la mano, y una oleada salvaje de caza de brujas se extendió por Europa. En el Siglo de Oro, a pesar de las limitaciones de la época, María de Zayas retrataba el amor en sus novelas desde el desengaño, criticando la misoginia y defendiendo la libertad femenina frente a los engaños masculinos.

Y en medio de esta historia aparece el Romanticismo, en el que, si el amor no duele y no mata, no es amor. Se considera la época de la imaginación, de la libertad de pensamiento y de la oda a la naturaleza. La mujer sigue sometida a un matrimonio dominado por el hombre y se convierte en objeto de deseo; las mujeres son las amadas que causan dolor. Son consideradas seres de admiración, pero bajo un estereotipo muy concreto: mujer virgen e ingenua, normalmente indefensa, rozando lo infantil. Paralelamente al rol de la mujer virgen, aparece la mujer adorada, hermosa y repleta de cualidades, llamada la femme fatale. Y el tercer rol sería el de la ramera, que no encajaría en ninguno de los anteriores. Pero es también un periodo transformador en la literatura de las mujeres: ellas conquistan el mundo de las letras, hecho que permitió redefinir y cuestionar el papel de la mujer en la sociedad. Destacan escritoras como Mary Shelley, Emily Brontë o Ann Radcliffe. El Romanticismo no solo fue una corriente literaria, sino también un estado de ánimo, una forma de ver el mundo que priorizó las emociones, la naturaleza y la libertad por encima de la racionalidad. Este movimiento continúa siendo una fuente de inspiración y estudio, destacando la importancia de la emoción y la imaginación en la creación poética.

Hoy, en la contemporaneidad, el amor continúa transformándose. bell hooks defendía el amor como un acto de cuidado, respeto y responsabilidad mutua, lejos de la dominación o la dependencia emocional. En cambio, Byung-Chul Han señala cómo las relaciones actuales están atravesadas por la inmediatez, el consumo y el miedo al compromiso profundo. En una época marcada por las aplicaciones de citas, la hiperconexión y la individualidad, el amor parece debatirse entre la necesidad de intimidad y el temor a la vulnerabilidad. Tal vez, después de siglos de historia, el amor siga siendo el mismo misterio que intentamos comprender desde distintos lenguajes, épocas y cuerpos.

 

 

Mónica Montserrat es Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria.

Puedes encontrarla en monicamontserrat.com

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria, lleva más de 20 años ejerciendo y tratando problemas con adolescentes y adultos.

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