"La Ronde", 1898. Henri Eugène Le Sidaner

Cada amigo representa un mundo en nosotros, un mundo que posiblemente no nace hasta que ellos llegan,


y es solo en este encuentro que un nuevo mundo puede surgir.

Anaïs Nin

 

Hay una escena que se repite en la experiencia de muchas madres, aunque rara vez se nombre: el momento en que una se da cuenta de que no puede sola. No porque falte amor, capacidad o deseo, sino porque criar desordena profundamente la vida psíquica, el cuerpo, el tiempo y la identidad. En ese punto, cuando el ideal de la madre autosuficiente se resquebraja, aparece una pregunta tan antigua como urgente: ¿quién me sostiene a mí?

Desde hace años circula la idea de que para criar hace falta una tribu. Pero la tribu no es una abstracción ni una consigna bonita. Es una red concreta de vínculos afectivos, y muy a menudo esa red está compuesta por amistades entre mujeres. Amistades que escuchan, que acompañan, que contienen, que no exigen explicaciones cuando el cansancio se vuelve crónico o cuando las emociones se desbordan.

La amistad, lejos de ser un vínculo secundario, ocupa un lugar central en la vida emocional. La filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir lo intuyó con claridad: la amistad es uno de los espacios privilegiados donde una puede ser reconocida como sujeto, no solo como rol. En la maternidad, donde tantas veces quedamos reducidas a funciones —madre, cuidadora, sostén—, ese reconocimiento se vuelve vital.

 

La amistad como espacio psíquico

Desde una mirada psicológica, la amistad puede pensarse como un espacio intermedio: no es fusión, no es obligación, no es dependencia estructural. Es un vínculo elegido, sostenido por el deseo de estar con el otro. Donald Winnicott hablaba de la importancia de los espacios transicionales, aquellos lugares donde podemos jugar, crear, ser sin sentirnos amenazadas. La amistad cumple muchas veces esa función.

En la maternidad, ese espacio se vuelve imprescindible. Porque maternar remueve capas profundas de la historia personal, reactiva vínculos tempranos, despierta miedos, culpas, ambivalencias. Poder compartir todo eso con otras mujeres, sin juicio ni idealización, tiene un efecto profundamente regulador.

La escritora y pensadora Adrienne Rich, en Nacemos de mujer, señalaba que la experiencia materna necesita ser narrada colectivamente para no volverse opresiva. El aislamiento emocional, decía, es uno de los mayores peligros para las madres. La amistad aparece entonces como un antídoto frente a ese aislamiento.

 

Contra el mito de la rivalidad entre mujeres

Durante siglos se sostuvo que las mujeres no sabían ser amigas. Que entre nosotras solo había competencia, celos, comparación. Esta idea no es inocente: ha servido para debilitarnos, separarnos y reforzar la dependencia de otros vínculos considerados “más importantes”.

La literatura y la filosofía han empezado a desmontar ese mito. Simone Weil, por ejemplo, pensaba la amistad como un vínculo basado en el respeto radical por la autonomía del otro. Para ella, una amistad verdadera no exige coincidencia absoluta ni fusión emocional. Al contrario: se sostiene en la distancia, en el reconocimiento de que el otro no nos pertenece.

Desde la psicología, sabemos que idealizar los vínculos es tan dañino como devaluarlos. La amistad entre mujeres no está libre de conflicto, y no debería estarlo. Como señalaba Beauvoir, todo vínculo humano está atravesado por tensiones: deseo de cercanía, necesidad de reconocimiento, miedo a la pérdida. El desafío no es eliminar el conflicto, sino poder habitarlo sin destruir el lazo.

En la maternidad, donde las comparaciones abundan —cómo duerme tu hijo, cómo lo alimentas, cómo concilias—, la amistad puede convertirse en un espacio donde esas comparaciones se suspenden. O, al menos, donde pueden ser nombradas y pensadas sin culpa.

 

La tribu como red de cuidado

La filósofa Carol Gilligan, desde la ética del cuidado, mostró cómo las mujeres tienden a pensar los vínculos desde la responsabilidad afectiva y la interdependencia. No como debilidad, sino como forma de inteligencia emocional. La tribu, en este sentido, no es solo compañía: es una red de cuidado mutuo.

Cuidar no es solo hacer. Es estar disponible emocionalmente. Es escuchar. Es sostener silencios. En la amistad entre mujeres, el cuidado suele circular de manera más horizontal, sin roles fijos. Hoy sostengo yo, mañana tú. No hay contrato, no hay deuda eterna.

En contextos sociales que exaltan el individualismo y la autosuficiencia, esta forma de vínculo resulta casi subversiva. La escritora bell hooks hablaba del amor como una práctica ética y política. Podríamos decir lo mismo de la amistad: elegir sostenernos entre mujeres es una forma de resistencia cotidiana.

 

Literatura y amistades que sostienen

La literatura está llena de ejemplos donde la amistad es un eje vital. No solo en las grandes epopeyas, sino en los diarios, las cartas, las memorias. Anaïs Nin no solo escribió sobre sus amistades: escribió desde ellas. Sus diarios muestran cómo los vínculos afectivos eran fuente de autoconocimiento y transformación.

También Virginia Woolf entendió la importancia de las redes entre mujeres. En sus ensayos y cartas, aparece una y otra vez la idea de que ninguna mujer crea ni vive en soledad. Que hacen falta otras para pensar, para escribir, para sostener la propia voz.

En la maternidad, aunque no todas escriban, hay algo profundamente narrativo en la experiencia. Contar lo que nos pasa, ponerle palabras, escuchar relatos ajenos, nos ayuda a organizar la vivencia psíquica. La amistad se convierte así en un espacio de simbolización: lo que se dice deja de pesar tanto.

 

La amistad frente al agotamiento materno

Desde la psicología, sabemos que el agotamiento emocional no se resuelve solo con descanso físico. Hace falta descarga afectiva, reconocimiento, validación. Muchas madres llegan a la consulta diciendo: «Estoy cansada, pero no sé de qué». A menudo, lo que falta no es tiempo, sino sostén emocional.

La amistad ofrece algo que otros vínculos no siempre pueden: la posibilidad de ser vista más allá del rol materno. De recordar quiénes éramos antes y quiénes estamos siendo ahora. De permitirnos dudar sin sentirnos fallidas.

La escritora y psicoanalista Julia Kristeva hablaba de la maternidad como una experiencia de transformación radical del sujeto. En ese proceso, decía, es fundamental no quedar atrapada en una identidad única. La amistad ayuda a mantener abiertas esas otras dimensiones del yo.

 

Elegir, cuidar, dejar ir

No todas las amistades sobreviven a la maternidad. Y eso también duele. Los tiempos cambian, las prioridades se reordenan, algunas distancias se vuelven inevitables. Aceptar eso forma parte de una mirada madura sobre los vínculos.

Cuidar la tribu no implica aferrarse: implica respetar los movimientos, los silencios, los límites. A veces la tribu se transforma, se achica, se amplía. A veces hay que volver a buscarla.

Como decía la poeta Louise Glück, en los vínculos siempre hay una conciencia de pérdida. Saber que nada es eterno no le quita valor a lo vivido; al contrario, lo vuelve más intenso.

 

La tribu como gesto de humanidad

En un mundo que exige demasiado y ofrece poco sostén, apostar por la amistad entre mujeres es un gesto profundamente humano. No idealizado, no perfecto, pero real. Es reconocer que somos interdependientes, que necesitamos de otras para criar, para pensar, para vivir.

Tal vez la tribu no sea un grupo fijo ni una estructura estable. Tal vez sea ese conjunto cambiante de mujeres que, en distintos momentos, nos prestan su mirada, su escucha, su presencia. Y a quienes, cuando podemos, les devolvemos lo mismo.

Como escribió Anaïs Nin, cada amistad crea un mundo nuevo en nosotras. En la maternidad, esos mundos no solo nos transforman: nos sostienen. Y en ese sostén compartido, quizás, se vuelve un poco más habitable la experiencia de estar vivas.

 

Mónica Montserrat es Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria.

Puedes encontrarla en monicamontserrat.es

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria, lleva más de 20 años ejerciendo y tratando problemas con adolescentes y adultos.

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