David Refoyo (Zamora, 1983) es poeta, novelista y publicista. Ha publicado las novelas 25 centímetros (DVD Ediciones, 2010), El día después (Ediciones Lupercalia, 2014) y Los restos (Editorial Dieci6, 2025), además de los poemarios Odio (La Bella Varsovia, 2011), amor.txt (La Bella Varsovia, 2014), Donde la ebriedad (La Bella Varsovia, 2017), El fondo del cubo (Visor, 2020, accésit del XXX Premio Jaime Gil de Biedma y finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León) y Redención (La Bella Varsovia, 2022). En su último poemario, Las ganas de comer Oreo (La Bella Varsovia, 2026), desplaza su mirada hacia la experiencia de la crianza sin convertirla en un territorio idealizado. Sus poemas hablan de los hijos, sí, aunque también del miedo, del aprendizaje del lenguaje, de las palabras que heredamos y de las que dejamos de entender, de la fragilidad con la que intentamos sostener una vida mientras el mundo sigue ocurriendo alrededor.
HUYE DE QUIEN te diga resiliencia.
Ya los indios hablablan a través del humo:
primero los exterminaron,
luego les robaron el lenguaje.
Así sucede siempre en la conquista,
así sucede también en el amor.
Así en estos versos de hombre blanco.
Este primer poema ya funciona casi como una advertencia: «Huye de quien te diga resiliencia». Parece que hay desconfianza hacia el lenguaje contemporáneo, el bienestar e incluso cierto lenguaje emocional. Desde tu experiencia, ¿qué palabras crees que han perdido sentido alrededor de la crianza?
Hay muchísimas palabras que se han vaciado de tanto usarlas. A mí me llaman especialmente la atención, quizá por mi trabajo en publicidad, palabras como “resiliencia”, “sostenibilidad”… Son términos que se ponen de moda y, al cabo de un tiempo, desaparecen. Eso me hace desconfiar mucho del lenguaje que se emplea desde el poder.
En cuanto a la crianza, no sé si podría señalar palabras concretas que se hayan vaciado del todo. Creo que es más una cuestión emocional que lingüística. Lo que sí percibo es una dulcificación constante de los procesos: todo se presenta como algo precioso, casi publicitario. Y la otra cara —el reverso— a veces es bastante más compleja, incluso oscura, y eso no se cuenta. Da la sensación de que nos rodean las campañas a favor de la natalidad, sobre todo ahora que nacen menos niños. A mí me interesaría más que se hablara de la experiencia real y no tanto del marco institucional. Porque, tal y como está planteado, muchas veces es puro maquillaje: discursos sin políticas reales detrás. Si de verdad se quisiera fomentar la natalidad, habría que actuar sobre las condiciones materiales —trabajo, vivienda, sueldos— y reducir el estrés estructural en el que vivimos.
PRIMERO
fuiste una noticia acalorada
que desarboló el verano;
una imagen borrosa.
un bultito en el vientre:
las ganas de comer Oreo.
Un cuerpo sin cuerpo en busca de
acomodo hacia la puerta de salida.
Un peso que crecía como un remordimiento.
Luego te pusimos nombre:
te engendramos.
El título, Las ganas de comer Oreo, convierte un antojo de embarazo en algo casi simbólico. ¿Te interesaba partir de lo aparentemente banal para hablar de algo mucho más grande?
Sí, completamente. La idea del libro es esa: hablar de pequeñas banalidades que, en apariencia, no van a ningún sitio, pero que en lo íntimo acaban sosteniendo el sentido de la existencia. No hay nada más grande que eso. El título fue el original con el que envié el libro, aunque luego dudé bastante. Estuvimos semanas valorando alternativas con el editor, pero al final volvimos a este porque resumía mejor la esencia. El libro toca muchos temas —el lenguaje, la crianza, incluso una parte más oscura—, pero ese detalle mínimo, un antojo en mitad de la noche, acaba concentrándolo todo. Es mirar hacia lo pequeño para hablar de lo grande.
Una idea muy potente recorre el libro: aprender a hablar y aprender a amar parecen procesos casi inseparables. El lenguaje aparece como herencia, frustración, juego, vínculo. ¿Cuándo supiste que el libro también iba a ser, en el fondo, un libro sobre el lenguaje?
Creo que en nuestro caso fue algo que coincidió en el tiempo. Cuando mi hija era muy pequeña, el vínculo con su madre era mucho más fuerte, tanto física como afectivamente. A medida que fue creciendo y empezó a descubrir el lenguaje, también se fue abriendo más hacia mí. Entonces, más que una decisión consciente, fue una experiencia: ver cómo el desarrollo del lenguaje iba acompañado de un cambio en el vínculo. Desde mi punto de vista, esas dos cosas empezaron a ir de la mano.
También aparecen muchas referencias culturales: otras escritoras y escritores, una tradición literaria que se mezcla con lo doméstico —la pediatra, la piscina, escenas muy cotidianas—. ¿Buscabas, de alguna manera, romper esa frontera que parece existir entre alta cultura y experiencia doméstica?
Sí, totalmente. Esa distinción entre alta y baja cultura, que en poesía sigue muy presente, no me interesa en absoluto. Creo que hay cultura en todas partes, y también hay poesía en todas partes. Cuando era más joven, intentaba escribir sobre grandes temas —la libertad, el sistema económico— con un lenguaje grandilocuente, queriendo abarcarlo todo. Con el tiempo he entendido que esas mismas cuestiones se pueden abordar desde lo más pequeño y cotidiano. Una visita al pediatra puede contener un poema; jugar en la alfombra con tu hija también. Romper esas barreras me parece no solo necesario, sino enriquecedor, especialmente en lo poético.

«La infancia es más larga que la vida», reza Ana María Matute en uno de los epígrafes con los que arranca este libro, y que nos recuerda cómo de borroso es frecuentemente el límite que hay entre lo que ya sabíamos, lo que aprendemos con los años y, en especial, todo aquello que vamos olvidando. En los versos de estos poemas, una nueva vida acaba de llegar al mundo y, en un gesto absoluto de supervivencia, el poeta se pregunta de qué manera puede transmitirle sus lenguajes, sus afectos y sus pasiones y sus palabras, sus formas —a veces conocidas, otras desconocidas— de amor.
Con una lírica al límite del lenguaje, con la experiencia de quien sabe que «nombrar algo es engendrarlo», Las ganas de comer Oreo es una reflexión sobre la paternidad, sobre los idiomas, sobre las culturas y sobre las genealogías a través de las cuales las transferimos.






