Miro la única foto que tenemos los cuatro juntos; nos la hizo mi madre hace casi tres años en la estación de Chamartín cuando dejamos Madrid para venirnos a vivir a Valencia. Yo con Xilu, de apenas dos meses en la mochila de porteo, tratando de sostenerla pese a que todo a mi alrededor se movía como si ya estuviera en ese tren en marcha; mi hijo Mün con su cuerpito de cuatro años esbozando una sonrisa ante lo desconocido y mi pareja Minke haciendo como que sabía exactamente los motivos por los que dejábamos todo lo que nos resultaba conocido, cómodo y familiar a cambio de una larga lista de posibilidades sin garantía alguna.
Recuerdo que en ese momento me vino a la memoria la frase de una amiga del instituto a la que me había encontrado días antes por casualidad esperando un semáforo en la calle Delicias; ella, con su pelo recién moldeado y sus uñas perfectas, y yo, con mis ojeras y la camiseta vieja que usaba para dormir manchada de leche, tratando de calmar a la niña que no parecía tener hambre ni sueño, sino esa tercera opción imposible de satisfacer, ese «hazte cargo de esta desazón desesperada» que siempre les surge a las criaturas en los momentos más inoportunos. Tratando de proyectar su voz por encima del rugido de los coches, Claudia me dijo que tenía una niña preciosa y que a ella también le hubiera gustado ser madre, pero que no había encontrado hasta entonces una pareja estable. En ese momento me pregunté si se me notaría el tambaleo, el caos absoluto que marcaba el ritmo de mi vida en aquellos meses postparto, y me reí por dentro de mi atrevimiento de traer dos criaturas a este mundo sin haberme preguntado en ningún momento si mi relación de pareja tenía solvencia alguna y qué narices significaba eso en cualquier caso.
Me pregunto a qué nos referimos cuando hablamos de una pareja estable si no hay una sola cosa en la naturaleza que lo sea, si no hay mayor ficción en este planeta nacido del caos que la estabilidad. Qué le pedimos a una relación para considerarla lo suficientemente solvente como para merecer la pena, y qué es exactamente «la pena» en una relación. Supongo que una combinación de esas tardes de domingo en que te preguntas qué hago aquí, el sabor amargo en la lengua tras las discusiones estúpidas y perfectamente evitables, ese desfiladero que te tienta a decir, una por una, las frases más hirientes, las peores, las que hasta ahora solo te habías dicho a ti misma en tu privadísimo y acogedor monólogo interior. La sensación de vacío después del sexo, cuando ese sexo en realidad ha sucedido casi más por la necesidad de rellenar un hueco que parecía que se llenaba así, pero justo en este instante, en este después, aun con el sudor del otro en la espalda, descubres con absoluta certeza que, lejos de llenar el hueco, lo vacía más y lo hace más profundo. Y esas nubes cargadas de tormentas caducadas que desde primera hora de la mañana te miran con desconfianza y te preguntan sin preguntar si estás segura de que quieres esto y no lo otro. Esa es «la pena» que se sostiene entre dos cada día que decidimos seguir con el acuerdo que nunca firmamos y cuya letra pequeña no deja de proliferar.
¿De qué material ignífugo debe estar constituida una relación para que apruebe el examen, para que sea capaz de sostener los primeros años de crianza, las noches en vela, la enfermedad del uno y de la otra y las crisis diminutas que se cuelan como la arena del parque en cada bolsillo y luego ruedan por las esquinas del salón formando una pátina de suciedad imposible de barrer de forma efectiva? ¿Cuál es la señal que indica que vamos bien, que hemos sido capaces de construir un nido de razones lo suficientemente firmes como para convencernos de que esto se parece a una familia, que resultamos creíbles cuando esperamos todos juntos en la estación de tren con las maletas hechas entre discusiones?
El equilibrio no es otra cosa que una danza sostenida con la posibilidad de caer; lo mismo en las relaciones: si hay compromiso, que sea en cuidarnos aun cuando todo se caiga, que lo que permanezca sea el deseo de cuidar, incluso cuando la desilusión, la decepción o el hastío nos estalle en la cara o cuando ya no encontremos en los ojos del otro un lugar donde quedarse.






